Círculo de Lectura # 210
– Octubre de 2026
“Fidel,
hacedor de sueños y proezas”
Por:
Raúl Castro Ruz
Escribir
estas líneas trajo a mi memoria, como si no hubieran transcurrido los años,
cada momento vivido junto a quien comenzó siendo el hermano que siempre vi como
paradigma, y a fuerza de ejemplo, de marchar al frente en cada combate, mereció
ser reconocido por nuestro pueblo como su líder indiscutible.
Asumo
la elaboración de este prólogo como el más alto honor, a la vez que siento la
necesidad de subrayar apreciaciones y conclusiones vinculadas con el
pensamiento, la vida y la obra de Fidel, como lo llaman sus compatriotas y
muchos otros en el mundo, a quienes basta el nombre para identificarlo.
Él fue
mi más cercano maestro. Nunca olvidaré cuando me dio a leer el primer libro de
contenido político: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,
de Federico Engels. En lo adelante, me recomendó otros que me esclarecieron lo
que hasta entonces no alcanzaba a comprender.
Siendo
niños, compartimos un tiempo en la escuela La Salle, en Santiago de Cuba. Años
después, cuando se graduó de abogado, propuso a nuestros padres que me fuera
con él a La Habana para continuar mis estudios e ingresar a la Universidad.
En los
primeros años de la década del 50, Fidel intentó postularse como candidato a
representante por el barrio habanero de Cayo Hueso, con la idea de transformar
por vías constitucionales la triste realidad nacional. Poco después, el golpe
de Estado del 10 de marzo de 1952 lo convenció de que solo quedaba una vía para
alcanzar tal propósito: la lucha armada.
En
respuesta a aquel vergonzoso hecho, presentó ante el Tribunal de Urgencia de La
Habana un recurso de inconstitucionalidad y denunció en la prensa, en
particular en su artículo «Revolución no, zarpazo», la esencia criminal del
golpe que agudizaría de forma violenta la situación de la nación cubana.
Meses
después, el 28 de enero de 1953, año del centenario de José Martí, una
imponente manifestación de obreros, empleados, estudiantes y pueblo en general
partió de la escalinata universitaria hasta la Fragua Martiana. Así nació la
Marcha de las Antorchas y allí estuvo Fidel a la vanguardia de más de un millar
de jóvenes disciplinados y enardecidos.
Había
transcurrido casi un año desde que iniciara su tarea de ir aunando, en un
movimiento, lo mejor de la juventud ortodoxa, con el objetivo de organizar una
acción militar. Por aquellos tiempos sostenía: «hace falta echar a andar un
motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande». El pequeño sería el asalto
al cuartel Moncada y el grande, el pueblo combatiendo con las armas allí
capturadas.
Como
expresé en una ocasión, si Carlos Marx había afirmado que los protagonistas de
la Comuna de París estaban «prestos a asaltar el cielo», del ataque al Moncada
por varias docenas de jóvenes armados con escopetas de matar pájaros, podría
decirse que «trataron de tomar el cielo por sorpresa».
La
dictadura batistiana desató su ira contra los participantes en las acciones del
26 de Julio. Los sobrevivientes fuimos condenados en un juicio sin garantías
constitucionales. Mientras, Fidel fue juzgado en solitario, en una pequeña sala
del Hospital Saturnino Lora de Santiago de Cuba, allí asumió su defensa y se
convirtió en acusador implacable del régimen.
Su
alegato, La historia me absolverá, devino programa político de la Revolución.
¡Qué lejos de imaginarse estaban aquellos jueces y soldados que las palabras de
un prisionero juzgado en secreto, como para que nadie se enterara de lo que
allí decía, se convertirían en leyes de la nación para bien del pueblo!
Veintidós
meses después se anunció una amnistía debido a la presión popular y el dictador
insinuó incluirnos si renunciábamos a la lucha armada. Fidel sentenció desde la
prisión: «no queremos amnistía al precio de la deshonra».
Cuando
en mayo de 1955 se produjo el indulto sin condiciones, Fidel concentró sus
esfuerzos en demostrar a las masas que la guerra revolucionaria era inevitable
y sentó las bases de la organización del movimiento clandestino.
México
fue entonces la tierra que nos acogió. Residimos en casas-campamento, bajo un
reglamento riguroso, donde además de entrenamiento militar, estudiamos la
realidad cubana y obras de la cultura universal.
Con la
promesa de Fidel en 1956 de «ser libres o mártires», el 2 de diciembre
arribamos a las costas cubanas en el Granma. Pocos días después, tras afrontar
el hostigamiento, la persecución y el revés de Alegría de Pío, nos encontramos
nuevamente con el Jefe de la Revolución en un lugar de las estribaciones de la
Sierra Maestra conocido por Cinco Palmas. Éramos ocho combatientes con solo
siete fusiles, pero Fidel, con la infinita confianza en la victoria que jamás
abandonó, expresó: «¡ahora sí ganamos la guerra!». Su genialidad de líder
revolucionario fue decisiva para que aquel destacamento exhausto, que luego
pasaría por situaciones muy difíciles, se convirtiera en el victorioso Ejército
Rebelde.
Admiré
su intrepidez y capacidad de prever los planes del enemigo, su audaz idea de
crear nuevos frentes guerrilleros e invadir el centro y el occidente de la
Isla, que me anticipó en diciembre de 1957 en un lugar conocido como Balcón de
La Habanita, al regreso de la tropa que bajo mi mando libró acciones combativas
entre Pilón y Manzanillo. Parecía tener el don de la profecía, su inteligencia
y capacidad de análisis le permitían anticiparse a los acontecimientos.
De la
misma forma, su sensibilidad y humanismo fueron ejemplos para mí y el resto de
los combatientes. Nada le afectaba más que una vida tronchada por la vesania de
los asesinos del pueblo. Cada caído fue un duro golpe para él; al conocer el
vil asesinato de Frank País García exclamó: «¡qué monstruos!, no saben la
inteligencia, el carácter, la integridad, que han asesinado».
En
Fidel convergieron los rasgos y virtudes del jefe militar y el dirigente
político, que dejó profunda huella en todos nosotros: absoluta identificación
con los intereses del pueblo; profundos conocimientos militares; elevada
cultura, dada no solo por una vasta preparación profesional, sino por su
dimensión política, militar e ideológica; modestia y sencillez en el trato,
capacidad para formular con precisión sus ideas y habilidad para trasmitirlas
con tal pasión que las hacían suyas cuantos lo escuchaban.
No es
posible explicar la campaña victoriosa del Ejército Rebelde sin subrayar el
papel de su Comandante en Jefe. La proeza militar contra la Ofensiva de Verano
de la tiranía no tiene precedentes en la historia militar cubana y quizás
universal.
Un
pequeño Ejército no profesional, con escaso e inferior armamento, poco equipado
y apenas sin posibilidades de supervivencia, venció a fuerzas entre 30 y 50
veces superiores en número, armas y demás medios. El factor esencial de aquella
victoria determinante para el triunfo fue la sabia conducción de Fidel y su
convicción de que las ideas de los hombres son la fuerza moral determinante.
No fue
aquella mañana de julio de 1953, sino cinco años, cinco meses y cinco días
después, el 1.o de enero de 1959, cuando iniciamos la conquista del cielo, que
para un revolucionario significa el progreso, el bienestar y la felicidad del
pueblo. Desde su alegato en el juicio del Moncada, Fidel dejó claro que la
Revolución nacía comprometida únicamente con el pueblo.
Como se
advierte en el segundo volumen de esta colección, el poder revolucionario
reivindicó resuelta y definitivamente la soberanía nacional, negada desde 1898
por la intervención estadounidense. Emprendió de inmediato medidas radicales de
beneficio popular con la rebaja de los alquileres y las tarifas telefónica y
eléctrica, el plan de viviendas y ahorro, y, sobre todo, con la Ley de Reforma
Agraria, que eliminó el latifundio y entregó la tierra a quienes la trabajaban.
Esas medidas, junto a la nacionalización de las empresas extranjeras,
permitieron avanzar en la proyección socialista de la Revolución en un decisivo
proceso histórico con Fidel al frente.
Inmersos
en dar cumplimiento al programa del Moncada, los objetivos del proceso
revolucionario fueron delineados en la Primera Declaración de La Habana. Quedó
desterrada de nuestra tierra la explotación del hombre por el hombre, se fundó
la sociedad basada en el trabajo y el aporte colectivo y se trazó el camino de
lucha antimperialista. La Revolución de los humildes, con los humildes y para
los humildes había comenzado a fructificar. Cuando en abril de 1961 el
Comandante en Jefe proclamó su carácter socialista no hizo otra cosa que
ponerle nombre a una realidad ya existente.
En los
días sucesivos, bajo su conducción personal en Playa Girón el pueblo, los
combatientes del Ejército Rebelde, la Policía Nacional Revolucionaria y las
nacientes Milicias, propinaron al imperialismo yanqui la primera gran derrota
militar en América Latina; ese mismo año Cuba fue declarada Territorio Libre de
Analfabetismo, proeza de nuestra juventud al llamado del Comandante en Jefe.
Al año
siguiente enfrentamos la Crisis de Octubre, en la que Fidel demostró con creces
sus cualidades de estadista en defensa de los principios de la Revolución.
Poco
después, en 1965, en el camino de la consolidación de la unidad revolucionaria,
se constituyó el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba. El líder
de la Revolución, elegido por sus méritos Primer Secretario, afirmó que
teníamos ya un Partido con una única ideología verdadera y científica, heredero
del Partido de la independencia de José Martí. Esa noche nos leyó la
inolvidable carta de despedida del Che, el heroico guerrillero que fuera para
Fidel y todos nosotros, símbolo de los más altos valores humanos, ejemplo
extraordinario y paradigma de revolucionario.
El
Comandante en Jefe consagró su vida a la solidaridad y el internacionalismo, a
la lucha anticolonialista, antiapartheid y antimperialista, por la emancipación
y la dignidad de los pueblos. Siguiendo su ejemplo, permanecerá inquebrantable
nuestra fidelidad al marxismo-leninismo y el internacionalismo proletario.
Posiblemente,
no exista otro caso en la historia en que la dirección de una revolución haya
contado con el apoyo abrumador, la confianza y el entusiasmo consciente de las
masas, como la ofrecida por nuestro pueblo a su Revolución, sus dirigentes y
especialmente a Fidel, su querido e indiscutible líder.
En
1989, previsoramente nos advirtió sobre la posibilidad de la desaparición de la
URSS y el Campo Socialista, y aseguró ante el mundo que si se dieran esas
circunstancias, Cuba y la Revolución Cubana continuarían defendiendo las
banderas del socialismo. Cuando muchos en el mundo apostaban por su fin tras
producirse la debacle, fue determinante su liderazgo y relación entrañable con
el pueblo para que el país en las difíciles circunstancias del Período
Especial, preservara las conquistas fundamentales alcanzadas. Una década después,
frente a la despiadada ofensiva enemiga, pasó a la contraofensiva estratégica.
En su
persona coincidían dos grandes virtudes: su excelente pensamiento táctico y ser
a la vez un estratega militar y político. Cumpliendo el precepto martiano de
que trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras, perfeccionó
nuestra concepción estratégica Guerra de Todo el Pueblo, esencial en la
preparación del país para la defensa, y con ello profundizó y aportó al arte
militar cubano como nunca antes. De igual forma, las batallas a que nos convocó
por el regreso del niño Elián y de los Cinco Héroes, con la certeza de que
volverían a la Patria y la seguridad de que podríamos lograrlo con la unidad,
son ejemplo de su excelencia como estratega político.
Fidel
nos enseñó que sí se podía avanzar en la educación, la salud, la cultura y en
los decisivos campos de la ingeniería genética y la biotecnología; que podíamos
lograrlo pese al genocida bloqueo económico, comercial y financiero impuesto
por los gobiernos estadounidenses por más de seis décadas.
Tanto
en Cuba como en el cumplimiento de gloriosas misiones internacionalistas, nos
impregnó su invariable confianza en el triunfo y su fe en la victoria; fue un
experto en el empleo de las pequeñas fuerzas disponibles, supo poner a cada
hombre en el lugar y el momento preciso, nos enseñó a combatir lo mucho con lo
poco, lo fuerte con lo débil, la superioridad tecnológica con la inteligencia.
En las
páginas de esta edición se advierte el desarrollo de las relaciones bilaterales
con Estados Unidos y el resto de los países capitalistas, su capacidad para el
diálogo y la cooperación sobre la base del respeto y los principios. Ser un
antimperialista convencido no le impidió reconocer al pueblo estadounidense
méritos y expresarle solidaridad en momentos difíciles.
En
foros internacionales su voz se alzó en representación de los pueblos del
Tercer Mundo, al defender la paz y su derecho al desarrollo, denunciar al
imperialismo, la carrera armamentista y alertar sobre la imposibilidad
económica, política y moral de pagar la deuda externa. Aunó esfuerzos para el
fortalecimiento del Movimiento de Países No Alineados y lo convirtió en
mediador eficaz de conflictos ante los peligros de la guerra. En iguales
escenarios, advirtió sobre el costo que significaría postergar el cuidado del
medio ambiente para la supervivencia de la especie humana.
Con su
ejemplo de humanista revolucionario, sin apego a nada material, atendió
problemas globales y cotidianos. No dudó en ofrecer su propia sangre, en
brindar auxilio y asistencia médica a los damnificados ante la crecida de un
río, el paso de un huracán, un terremoto u otras catástrofes. Nos educó en el
verdadero sentido de la solidaridad: compartir lo poco que tenemos, no lo que
nos sobra.
Promovió
la unidad latinoamericana y caribeña y el principio de igualdad entre los
hombres. En ese empeño, Chávez fue su hermano de lucha. Desde temprano vio en
él a un líder y avizoró su futuro político, cuando todavía muchos ni lo
conocían. Juntos, no dejaron de promover cómo convertir sus sueños en realidad.
Ni en
los momentos más delicados de su estado de salud, dejó de aportarnos su
sabiduría y experiencia ante cada problema y decisión cardinal. Hasta sus
últimos días de vida lo vimos convertido en «soldado de las ideas»,
investigador y promotor de fuentes sostenibles para la alimentación animal y
humana.
Fidel
es Fidel. Fiel a la ética martiana de que «toda la gloria del mundo cabe en un
grano de maíz», insistió con fuerza en que su recuerdo de forma alguna pudiera
interpretarse como culto a la personalidad. El mejor monumento a sus ideales y
obra es continuar trabajando por hacer realidad su pensamiento, unidos en haz
apretado bajo la dirección del Partido.
Manifestó
su confianza en los jóvenes y la convicción de que perdurarían las ideas de los
comunistas cubanos. Legó a las futuras generaciones una obra basada en el
ejemplo personal y su férrea voluntad para alcanzar imposibles. Su legado nos
hace fuertes, nos une y es bastión inexpugnable en la defensa frente a los
intentos de destruir la Revolución.
En una
ocasión expresé que la permanente enseñanza de Fidel es que sí se puede, que el
hombre es capaz de sobreponerse a las más duras condiciones si no desfallece su
voluntad de vencer, si hace una evaluación correcta de cada situación y no
renuncia a sus justos y nobles principios.
Ante
los diputados de la Asamblea Nacional, repetí e hice mía la certera afirmación
del Che: «Y si nosotros estamos hoy aquí y la Revolución Cubana está aquí es,
sencillamente, porque Fidel entró primero en el Moncada, porque bajó primero
del Granma, porque estuvo primero en la Sierra, porque fue a Playa Girón en un
tanque, porque cuando había una inundación fue allá y hubo hasta pelea porque
no lo dejaban entrar. Por eso nuestro pueblo tiene esa confianza tan inmensa en
su Comandante en Jefe, porque tiene, como nadie en Cuba, la cualidad de tener
todas las autoridades morales posibles para pedir cualquier sacrificio en
nombre de la Revolución».
Ser
hermano de Fidel para mí es, además de un honor, un privilegio. Soy comunista
porque él me enseñó. Desde muy joven decidí acompañarlo en la construcción de
esta hermosa obra que es la Revolución Cubana.
Inmerso
en estas reflexiones, se agolparon en mi mente hechos que revelan la
multifacética personalidad de Fidel. Por su valor para las generaciones
futuras, intento resumirlos en pocas líneas, aun consciente de que heriría su
proverbial modestia de estar aun físicamente entre nosotros.
Fue el
mejor discípulo de Martí: arropado en sus ideas y convicciones de lucha pudo
completar la obra inconclusa del Maestro.
Fundó
el primer Estado Socialista del hemisferio occidental y en su consecución creó
un partido marxista-leninista, el Partido Comunista de Cuba, cuyos principios
autóctonos han sido probados por más de seis décadas de construcción
socialista. Sus aportes conceptuales sobre el Partido son garantía de su
funcionamiento y de su papel dirigente de la sociedad cubana.
Ratifico
lo que afirmé el 14 de junio de 2006: «El Comandante en Jefe de la Revolución
Cubana es uno solo, y únicamente el Partido Comunista, como institución que
agrupa a la vanguardia revolucionaria y garantía segura de la unidad de los
cubanos en todos los tiempos, puede ser el digno heredero de la confianza depositada
por el pueblo en su líder. Para eso trabajamos, y así será, lo demás es pura
especulación, por no decir otra palabra».
Dondequiera
que hubo que alzar la voz ante una injusticia que reparar, una causa justa que
defender, allí estuvo Fidel. A fuerza de valor, sacrificio y ejemplo emergió y
creció su autoridad. En 1959 expresé: «Fidel está dondequiera que se trabaje
(…), dondequiera que un cubano se encuentra laborando honradamente, dondequiera
que un cubano, sea el que fuere, se encuentre haciendo el bien. Dondequiera que
un cubano, sea el que fuere, esté defendiendo la Revolución».
Consecuente
con sus principios, Fidel no reparó en esfuerzos y sacrificios en aras de lo
que se proponía, hasta los límites extremos. Con absoluta franqueza confesó:
«milito en el bando de los impacientes. Milito en el bando de los apurados, de
los que siempre presionan para que las cosas se hagan y los que muchas veces
tratan de hacer más de lo que se puede».
Fue
maestro de generaciones que lo admiraron y siguieron. Ser como él es la
convocatoria a los revolucionarios cubanos, luchar por parecernos en sus
cualidades y ejemplo, y convertirnos en dignos constructores de la sociedad que
forjamos.
Los
cuadros tienen en Fidel el ejemplo supremo del dirigente por sus virtudes, el
estilo y los métodos de trabajo, que hizo del vínculo con las masas una de las
fuentes principales para aprender, investigar, estudiar y dirigir. Ante una
duda, un consejo necesario, acudamos a él con la certeza de encontrar sabia
respuesta.
El concepto
de Revolución que nos legó y que juramos enriquece la definición clásica y
deviene aporte en tiempos complejos, en arma contra el dogmatismo y en brújula
de cada batalla que libremos. ¡Nuestro mayor compromiso es hacer realidad sus
postulados!
A lo
largo de su vida, en Fidel se conjugaron las virtuosidades que concurren en un
genio militar: el estudio de la historia y las experiencias de las guerras de
independencia, pasando por la lucha y la guerra de liberación nacional, la
doctrina de la defensa del país, hasta la dirección victoriosa de las tropas
internacionalistas cubanas a 14 000 kilómetros de nuestra Isla. Sus aportes al
arte militar en diferentes contextos de la lucha, bien merecen ser estudiados y
aplicados cada vez que la situación lo exija.
Hacedor
de sueños y proezas, luchó contra los más diversos «molinos de viento» con la
fuerza renovadora y la hidalguía de un Quijote, el célebre personaje que tanto
admiró. La historia lo reconoce y reconocerá por la trascendencia de su obra.
Un trabajo
investigativo hizo posible estas Obras Escogidas de Fidel Castro Ruz,
compiladas en 23 tomos, son una selección de 690 trabajos de diferente
tipología: discursos, entrevistas, artículos, reflexiones, prólogos y otros
materiales, algunos inéditos o poco conocidos, que incluye acertadamente en el
último volumen la constancia de la entrañable amistad que lo unió a Hugo
Chávez, a quien definió como «el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano».
La
colección confirma lo que todos conocemos: Fidel reunía dotes de extraordinario
comunicador, de orador profundo y vivaz que cautivaba multitudes. Es parte
trascendente de la memoria histórica de la nación; no hay acontecimiento
esencial que no esté comprendido en estas páginas, aunque sería pretensioso
afirmar que está contenido lo más importante expresado por él. A la vez revela
lo mucho que resta por investigar y escribir sobre la epopeya de la Revolución
Cubana y su impacto en la historia y el futuro. Constituirá referente
imprescindible para profundizar en el pensamiento, la vida, la obra y el
ejemplo de nuestro eterno líder.
Para
quienes trabajaron en estas magníficas y oportunas Obras Escogidas, con entrega
martiana y fidelista, devino escuela y lecciones magistrales. Queda por delante
el reto colosal al Centro Fidel Castro Ruz de editar las Obras Completas, una
necesidad impostergable de la memoria histórica de la nación.
Las
actuales y futuras generaciones tendrán en ellas una fuente inagotable para
comprender los tiempos que vivimos y una formidable arma para continuar
defendiendo la Patria con la fuerza de Baraguá y el espíritu de la frase
inmortal de Maceo: «Quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su
suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha».
Infinitas gracias,
Fidel, por tus enseñanzas y ejemplo. Contigo ratificamos el compromiso que nos
inculcaste.