1958:
El derrumbe
Por: Ciro Bianchi Ross [i]
- 28 diciembre 2024
El café
con leche ha tenido siempre un papel de importancia en la vida política cubana.
Se hace presente en los momentos más insospechados. Lo último que hizo el
dictador Fulgencio Batista en la madrugada del 1 de enero de 1959, antes de
salir de la casa presidencial de Columbia para un viaje sin regreso, fue
ordenar que le sirvieran una taza de café con leche.
Para
él, la situación estaba mala, mala de verdad. El oriente de la Isla estaba casi
totalmente controlado por los rebeldes. Fidel se proponía el ataque a Santiago
de Cuba, sometido ya a un cerco elástico, y en la región central Che Guevara y
Camilo Cienfuegos mantenían la iniciativa.
La cosa
no iba mejor en las propias filas batistianas. Ya para entonces el mayor
general Eulogio Cantillo Porras, jefe de operaciones antiguerrilleras, se había
comprometido con Fidel a encabezar el 31 de diciembre un pronunciamiento
militar en el cuartel Moncada y exigir desde allí la renuncia del Gobierno y la
captura de Batista y los grandes culpables. No cumplió nada de lo pactado. En
ese momento había por lo menos tres conjuras dentro del Ejército. En total
connivencia con el dictador, Cantillo aceptó la propuesta de un golpe militar
contra Batista orquestado por el propio Batista, que lo dejaría como dueño del
poder. Debía ocurrir el 6 de enero de 1959… Los acontecimientos se
precipitaron.
Llamada
desde Kuquine
Batista
comenzó a preparar su fuga en la noche del 22 de diciembre, cuando pidió al
general Francisco H. Tabernilla Palmero (Silito), jefe de la División de
Infantería Alejandro Rodríguez destacada en la Cuidad Militar de Columbia –el
pollo del arroz con pollo del Ejército cubano– y su secretario militar, que
averiguase con su hermano Carlos, jefe de la Fuerza Aérea, cuantos puestos
habría disponibles en los aviones “en caso de que tengamos que irnos”.
“Tres
aviones con 108 asientos”, respondió el coronel Carlos Tabernilla y el propio
Batista le ordenó entonces que a partir de ese momento tuviera los aviones y
sus tripulaciones preparados durante las 24 horas del día. Enseguida dictó a
Silito los nombres de los que se irían en cada uno de los aparatos y la
cantidad de familiares o allegados que podrían acompañarlos. Pidió a su
secretario que no archivara el documento, ya mecanografiado, sino que lo
mantuviera en sus bolsillos y no comentara el asunto con nadie. En atención a
esa orden, escribió el general Silito en sus memorias, no reveló lo que se
tramaba ni siquiera a su padre, el mayor general Francisco Tabernilla, jefe del
Estado Mayor Conjunto.
El 31
de diciembre, a las cinco de la tarde, uno de los empleados del Club de
Oficiales de Columbia avisó a Silito que lo llamaban por teléfono. Batista en
persona, algo inusual, le hablaba desde Kuquine, su finca de recreo en el
Guatao. Preguntaba si el general Cantillo había regresado ya de Santiago de
Cuba. Encargó a Silito que lo contactara no más volviera y le dijera que quería
verlo en la finca a las 8:30 de esa noche. Silito y Cantillo conversaron sobre
las seis de la tarde. No, Cantillo no podría encontrarse con el presidente a la
hora indicada pues era su aniversario de bodas y lo celebraría con una comida
familiar. Avisado, Batista cambió la cita para dos horas más tarde. Silito, en
cambio, debía personarse de inmediato en Kuquine.
Ya
allí, recibió la orden de informar a los incluidos en la lista del día 22 que,
con el propósito de esperar el año, deberían hacerse presentes sobre las 11 de
la noche en la casa presidencial de la Ciudad Militar. Los edecanes militares
de guardia ayudarían en las llamadas a Silito, quien se comunicaría, además,
con su hermano Carlos para decirle que esa noche era la de la partida. Un
inconveniente fue solucionado a tiempo: el jefe de la Fuerza Aérea había dado
permiso a los pilotos para que esperasen el Año Nuevo con sus familias.
Cantillo
llegó tarde a la cita. Conversó en privado con Batista durante quince minutos.
Al finalizar la reunión, el dictador pidió a Silito que traspasara a Cantillo
la jefatura de la División de Infantería e impusiera el cambio de mando a todas
las unidades destacadas en Columbia. Pidió a ambos que lo esperaran en la casa
presidencial y advirtió a Cantillo que no liberara al coronel Ramón Barquín y
sus compañeros, presos por conspiradores desde 1956.
La
mejor actuación
Lo que
sigue es confuso y ha sido contado de diferentes maneras según el papel que le
tocara jugar al testimoniante. Papo Batista, el hijo mayor del dictador, dijo a
quien esto escribe que no cabía hablar de fuga para aludir a los sucesos de la
madrugada del 1 de enero, sino de una salida ordenada, garantizada en todo
momento por el general Cantillo. De opinión similar era el general Roberto
Fernández Miranda, jefe del Departamento Militar de la Cabaña y cuñadísimo de
Batista.
El recuerdo
discordante lo ofrece Anselmo Alliegro, hasta ese momento presidente del
Senado. Llamado por Batista, entró al despacho presidencial y vio al dictador
sudado y nervioso. Frente a él, los generales más importantes. Exclamó al
verlo: “Qué le parece, Alliegro… estos señores me han dado un golpe de Estado”.
No nos llamemos a engaño, sin embargo. Gran simulador, Batista estaba
escenificando la que tal vez fuera la mejor actuación de su vida.
El
dictador llegó a la Ciudad Militar poco antes de las 12. Ya en la residencia
pidió a su hijo Jorge, de 16 años de edad, que despertara a sus hermanos y se
prepararan para un viaje al exterior. Enseguida saludó a las señoras que
conversaban con la primera dama e hizo apartes con algunos de los invitados. A
las 12, con una copa de champán en alto, felicitó a los presentes. El ambiente
no estaba para fiestas y muchos, con pretexto o sin él, se retiraron. El
teniente coronel Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de
Inteligencia Militar (SIM) y fiel de todo a Batista, se acercó a saludarlo. Lo
notó un tanto extraño. Le dijo: “Silito tiene órdenes para ti, Cúmplelas al pie
de la letra”.
Expedientes
X
Irenaldo
no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Batista se iría esa misma noche y
Cantillo asumiría el mando. Tuvo que sentarse para reponerse. Debía destruir
todo el archivo que contenía lo referente a los expedientes X, relativos a
personas que de manera encubierta trabajaban para la Policía y que se hallaban
infiltradas en las organizaciones revolucionarias. Cuando se recuperó de la
noticia de la huida volvió al salón de fiestas para conversar otra vez con
Batista y convencerlo quizás de que cambiase de propósito. No pudo hablarle.
Fue a su casa y se vistió de completo uniforme. Se trasladó a la sede del SIM y
quemó los papeles.
Batista,
mientras tanto, conversaba de manera individual con los jefes militares. José
Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt afirmaron en el libro Batista, últimos
días en el poder, una de las investigaciones más completas que existen sobre el
tema, que, aunque algunos estaban dispuestos a luchar hasta el final, a esas
alturas la guerra estaba irremisiblemente perdida.
No
obstante, si Batista decidía hacer frente en La Habana a los rebeldes, hubiera
contado con un impresionante dispositivo bélico. Unos 5 000 hombres se
concentraban en Columbia, más de mil en la Cabaña y más de 1 200 en la base
aérea de San Antonio de los Baños, sin contar 10 000 policías, un servicio
secreto enorme y un número indeterminado de colabores a sueldo. Tanques de guerra,
aviones, barcos… “Solo escaseaba, evidentemente, una motivación para arriesgar
la vida”, escribieron los autores citados.
Pasaron
los jefes militares al despacho presidencial y el mayor general Eulogio
Cantillo asumió el papel que le asignaron de antemano. Expresó:
“Señor
presidente: Los jefes y oficiales del Ejército, en aras del restablecimiento de
la paz pública que tanto necesita el país, apelamos a su patriotismo y a su
amor al pueblo, y solicitamos que usted renuncie a su cargo”.
Habló
Batista, pidió papel y pluma y escribió de su puño y letra la renuncia:
“Que en
la madrugada de este día se le presentan en su residencia los altos jefes
militares que tienen a su mando jefaturas máximas notificándole la
imposibilidad de restablecer el orden, considerando grave la situación que
confronta el país, y, dijo, que apelando a su patriotismo y su amor al pueblo
resignara su mandato. Expresó además que en igual o parecida forma se habían
dirigido a él altos representantes de la iglesia, de la industria del azúcar y
de los negocios nacionales. Que teniendo en cuenta las pérdidas de vida, los
daños materiales a la propiedad y el perjuicio evidente que se viene haciendo a
la economía de la República, y rogando a Dios que ilumine a los cubanos para
poder vivir en concordia y en paz, resigna sus poderes de presidente de la
República, entregándolos a su sustituto constitucional. Ruega al pueblo, dice,
que se mantenga dentro del orden y evite que lo lancen a ser víctima de
pasiones que podrían traer la desgracia a la familia cubana. En igual forma se
dirige a todos los miembros de las Fuerzas Armadas y a los agentes de la
autoridad para que obedezcan y cooperen con el nuevo gobierno y con las
jefaturas de los cuerpos armados del que se ha hecho cargo el mayor general
Eulogio Cantillo y Porras”.
Firmó
Batista el documento con sus iniciales, como era habitual. Firmaron los
generales y también Anselmo Alliegro como sustituto constitucional, porque el
vicepresidente, Rafael Guas Inclán, había renunciado para postularse como
alcalde de La Habana en las elecciones del 3 de noviembre.
El
último ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud!
Quedaron
solos Batista y Silito en la oficina presidencial. Pidió Batista a su
secretario militar que enviase a su casa de Daytona Beach, en la Florida, todo
el archivo y las obras de arte que adornaban el local, lo que saldría el mismo
día en el avión de las siete de la mañana. Antes de abandonar la oficina, tomó
los 15 000 dólares que días antes regalara a Silito y que este guardaba en una
de las gavetas de su escritorio.
Silito
y los ayudantes del presidente comunicaron la noticia a ministros,
parlamentarios, dirigentes obreros, políticos gubernamentales en general.
El
coronel Orlado Piedra, jefe del Buró de Investigaciones, informó a altos
oficiales de la Policía Nacional y en una caravana de más de 30 automóviles
condujo a muchos de ellos al aeropuerto militar. Una escuadrilla de tanques,
mandada por el general Cantillo, protegía el aeródromo y no eran pocos los
oficiales que habían acudido a despedir a su líder. Escribió Roberto Fernández
Miranda: “A pesar de todo aún tenía mando, y la escolta de ceremonias estaba en
posición de presenten armas como si el presidente saliese de gira”.
Al pie
de la escalerilla del avión tuvo Batista su último intercambio con Cantillo. Le
dijo finalmente: “En fin, Cantillo, no olvides mis instrucciones. De ti depende
el éxito de las gestiones que realices a partir de ahora…”.
Subió
por la escalerilla, se volvió hacia Cantillo y repitió la frase con la que
terminaba invariablemente todos sus discursos y alocuciones: “¡Salud! ¡Salud!
¡Salud!”
Cantillo
se comunicó entonces con el embajador norteamericano y le informó de los
acontecimientos. Decretó un alto al fuego, nombró nuevos mandos en los
institutos armados y procedió a constituir una junta cívico-militar que
encabezaría Carlos M. Piedra, el magistrado más antiguo del Tribunal Supremo.
Piedra no llegó a ocupar la Presidencia, pues cuando el más alto tribunal de la
nación se negó a tomarle juramento, desistió de ese propósito.
La
gestión de Cantillo en Columbia, al frente de un ejército desarticulado,
resultó efímera. A las nueve de la noche del propio 1 de enero el coronel Ramón
Barquín, acabado de salir de la prisión y todavía con el uniforme de preso, le
exigió el mando de las fuerzas armadas. El día 3, el primer teniente José Ramón
Fernández, que desde 1956 guardaba prisión en Isla de Pinos, detenía a Cantillo
en su residencia de la Ciudad Militar.
Mientras
tanto, Fidel, desde Palma Soriano y a través de las ondas de Radio Rebelde, no
acataba el cese de las hostilidades, negaba reconocimiento a la junta de
Columbia –tampoco reconocería a Barquín–, llamaba al pueblo a la huelga general
revolucionaria que impediría que la Revolución se viera frustrada en sus
propósitos, y advertía: “¡Revolución, sí!; ¡Golpe militar, no!”.
[i] Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista,
su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre
principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz
entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba
republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba
Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista
habitual.