marzo 02, 2023

Círculo de Lectura # 167 – Marzo de 2023

Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en la clausura del Congreso Pedagogía 2003, en el teatro "Karl Marx", el 7 de febrero del 2003

 Versiones Taquigráficas – Consejo de Estado

 Queridos educadores de los 40 países aquí representados;

 Distinguidos invitados:

 Siempre he pensado que la educación es una de las más nobles y humanas tareas a las que alguien puede dedicar su vida. Sin ella no hay ciencia, ni arte, ni letras; no hay ni habría hoy producción ni economía, salud ni bienestar, calidad de vida, ni recreación, autoestima, ni reconocimiento social posible.

 El acceso al conocimiento y la cultura no significa por sí solo la adquisición de principios éticos; pero sin conocimiento y cultura no se puede acceder a la ética. Sin ambos no hay ni puede haber igualdad ni libertad. Sin educación y sin cultura no hay ni puede haber democracia.

 Hace más de cien años José Martí afirmó categóricamente y sin réplica posible: "Ser culto es el único modo de ser libre".

 En nuestro país, al triunfo de la Revolución, el analfabetismo, aunque nuestro Ministro habló de 23,6 por ciento, yo, que nací en pleno campo y de mi infancia guardo no pocos recuerdos, puedo dar fe de que allí menos del 20 por ciento de los ciudadanos apenas sabían leer y escribir con muchas dificultades, y muy pocos llegaban al sexto grado. En la ciudad había más escuelas, era menor el número de analfabetos.

 Tales datos estadísticos tienen un valor muy relativo. Tratando de indagar sobre el número de graduados de sexto grado al triunfo de la Revolución, la cifra calculada apenas rebasaba las 400 mil personas, en una población de aproximadamente 7 millones de habitantes. ¡Y cómo sería aquel sexto grado! Los fríos números no suelen reflejar las realidades. En aquella época, por tanto, más del 90 por ciento de los ciudadanos, sumados los analfabetos totales y los funcionales, no rebasaban el sexto grado.

 No dispongo todavía con exactitud del número de graduados universitarios en 1959. Dudo mucho que pasaran de 30 mil.

 Después de más de cuatro décadas luchando, día tras día y año tras año, por la educación y superación de nuestro pueblo, buscando siempre la mayor calidad posible, hoy, con una población de más de 11 millones, son muy pocos los ciudadanos que no posean por lo menos 9 grados de escolaridad, mientras el número de graduados universitarios e intelectuales alcanza la cifra aproximada de 800 mil. Cuba ocupa hoy el primer lugar en el mundo —incluidos los países más desarrollados— en varios índices relacionados con la educación, como son, por ejemplo, el número de docentes per cápita, el número de alumnos por aula y los conocimientos de Lenguaje y Matemáticas de los niños de Primaria. Ninguno nos aventaja en otros índices como escolarización y retención escolar, porcentaje de graduados de sexto y noveno grados. Realmente en pocos países se presta tanta atención a la educación y la formación cultural de niños, adolescentes y jóvenes.

 Seríamos un ejemplo de vanidad, chovinismo, autosuficiencia e inmodestia si les dijéramos que estamos satisfechos de lo que hemos hecho. Nuestra educación tiene todavía muchas deficiencias y lagunas. Aun cuando observo que en nuestra Patria no existe un solo niño sin escuela o maestro, incluso si se trata de un solo alumno en los lugares más apartados de nuestras montañas; que tampoco hay un solo niño o adolescente con deficiencias físicas o retraso mental compatible con la posibilidad de estudiar que no cuente con una escuela especial a su alcance; que a pesar de que los centros de enseñanza superior se han multiplicado por más de veinte veces y existen cientos de miles de becas para aquellos que necesitan albergarse para estudiar; que a pesar de que jamás han faltado fondos para la educación y esta ha recibido atención priorizada; que contamos con cientos de miles de profesores, maestros y trabajadores al servicio de la docencia —entre los que sin duda se encuentran muchos de los mejores y más abnegados, consagrados y valiosos ciudadanos con que cuenta la Revolución—, no hemos sido capaces de alcanzar todavía un sistema educacional óptimo.

 Esto podría expresarse en el hecho real de que nuestros niños de Primaria, que hoy ocupan tan destacado lugar a nivel mundial, pueden adquirir y adquirirán tres veces más conocimientos de los que hoy alcanzan.

 Es conocido que la enseñanza secundaria, que en nuestro país comprende séptimo, octavo y noveno grados, constituye hoy un desastre en el área de la educación a nivel mundial. En esta edad crítica para los adolescentes, cuando más necesitan de educación esmerada y atención máxima, han prevalecido viejas concepciones, nacidas en sociedades elitistas y cuando la educación masiva, que hoy todos los países del mundo requieren, ni siquiera se soñaba.

 No pretendo poseer la exclusividad de la verdad, pero albergo la más profunda convicción de que el sistema imperante es descabellado.

 Se ha impuesto la superespecialización en esos grados y edades. Numerosos grupos de 25, 30 y a veces más alumnos son atendidos por un profesor que imparte sus conocimientos a 200 o más alumnos de varios grupos; no puede conocer siquiera los nombres de sus alumnos, el medio familiar y social en que viven, establecer contacto con sus padres, comprobar las características peculiares de cada uno de los estudiantes a los que imparte clases, ni ofrecer atención diferenciada a cada uno de ellos, siendo todos diferentes. El fraude escolar se multiplica y los conocimientos finales del estudiante apenas rebasan el 30 por ciento de los conocimientos establecidos por los textos, que se suponen esmeradamente elaborados.

 Debo añadir que al existir en nuestro caso, por tradición o exceso de complacencia, un acatamiento exagerado a lo que constituye una supuesta vocación única de los jóvenes, al preguntársele a cada uno de ellos, ya con doce grados de escolaridad, qué materia deseaba estudiar como aspirante a profesor, sus gustos no coincidían ni coincidirán jamás con la necesidad y frecuencia semanal de las asignaturas establecidas por el Programa. Invariable y eterno resultado: nunca alcanzaban los profesores.

 No ocurría así con la enseñanza primaria, en la que hasta el cuarto grado el educador transita con el mismo grupo, compartiendo entre dos la tarea en los grados quinto y sexto.

 Cambio abrupto y total del séptimo al noveno grado: si en la Primaria alguien se ocupaba de cada uno de ellos, en la Secundaria todos se ocupaban de todos y nadie de uno en particular.

 No se crea que resulta fácil ante los propios docentes abordar este tema. Como alternativa, hemos defendido la idea del profesor integral para los grados séptimo, octavo y noveno, capaz de impartir las asignaturas correspondientes a esos grados, excepto las de Idioma y Educación Física, transitando junto a sus alumnos los tres años y en proporción de un profesor por cada 15 alumnos.

 La idea ha sido y sigue siendo sometida a rigurosa prueba. Ante la necesidad de urgentes cambios, estamos preparando a miles de profesores emergentes, seleccionados en todo el país entre jóvenes con doce grados, consagrados hoy a estudios intensivos con notable entusiasmo.

 Nos reconfortan los resultados docentes obtenidos. Es igualmente muy alentador que muchos de los profesores, habituados a laborar bajo la concepción tradicional, se hayan ofrecido para impartir clases de dos, tres y más materias, incluso a ejercer como profesores integrales, lo que ha significado ya importantes avances, entre otros la reducción de las escaseces en las asignaturas de más frecuencia y menos atracción para la gran masa que ingresa en las carreras pedagógicas.

 En la enseñanza secundaria se aplicará rigurosamente la doble sesión y el suministro de alimentos a la hora de almuerzo, comenzando por la Capital de la República, donde todo siempre es más complicado.

 En la enseñanza media superior —diez, once y doce grados—, tanto básica como técnica profesional, se elaboran ideas que inevitablemente incluirán una combinación de profesores especializados con el principio de la atención diferenciada. Nadie piense que estas ideas reducirán el número de profesores o producirán excedentes entre los que hoy desempeñan sus funciones en las secundarias; por el contrario, se elevará el número de docentes en todos los niveles, y de ser necesario se crearán reservas, que entre otras cosas permitirán la constante superación del cuerpo de profesores.

 Invertí un mayor espacio en este punto por su enorme importancia en relación con la edad de mayor riesgo por la que deben pasar todos los niños, en un país donde el ciento por ciento de éstos cursan ese nivel de enseñanza. Aspiramos a que en éste los conocimientos se multipliquen por cinco.

 Lo dicho hasta aquí me permite afirmarles que en Cuba, donde ustedes nos hacen el honor de reunirse por octava vez, se está llevando a cabo una revolución verdaderamente profunda en el campo de la educación. Esta será fruto de la necesidad de enfrentar 44 años de bloqueo, guerra política y económica, incluidos más de diez años de período especial, al derrumbarse el campo socialista y desintegrarse la URSS.

 La vida nos condujo en los últimos tres años a una gran batalla de ideas y a la necesidad de profundizar en la visión crítica y no autocomplaciente de nuestra obra y nuestros objetivos históricos.

 Hay nuevas y más elevadas metas y una importante enseñanza. Estamos actualmente realizando programas que ni siquiera habríamos soñado en nuestros primeros años de jóvenes y radicales revolucionarios, cuando atacamos el Cuartel Moncada, desembarcamos del yate Granma y alcanzamos el triunfo en 1959 tras 25 meses de guerra.

 Vivir largos años y acumular tal experiencia no constituye un mérito de ninguno de los que sobrevivimos, sino más bien un privilegio en el que no poco influyó el azar.

 En el tiempo transcurrido, el mundo, su complejidad y sus problemas han cambiado mucho, y se han hecho más graves. Nuevas e insospechadas tecnologías también han surgido.

 Es cierto que erradicar el analfabetismo total en un año constituyó una proeza; hacerlo con el funcional llevó inevitablemente muchos años. Hoy, con un gran capital humano y en valores morales, gran espíritu internacionalista y una elevada cultura política, cualquier objetivo en la educación y la cultura, tanto artística como política, incluidos conocimientos básicos sobre la historia, la economía, las humanidades y las ciencias, está a nuestro alcance.

 Estas apretadas palabras sintetizan someramente la esencia de la revolución educacional que mencioné.

 Al contar hoy con medios fabulosos para trasmitir conocimientos y cultura, unido a la introducción de nuevos conceptos en la organización y el perfeccionamiento del sistema educacional, nada de extraño tiene que les haya hablado de multiplicar por tres, por cuatro y hasta por cinco, según el caso, los conocimientos que hoy reciben nuestros niños, nuestros adolescentes y nuestros jóvenes estudiantes.

 El futuro desarrollo de nuestra educación tendrá una enorme connotación política, social y humana. Tal vez sea, desde mi punto de vista, lo más importante que puedo decirles en este encuentro, si algún valor tienen mis palabras.

 Las ideas son hoy el instrumento esencial en la lucha de nuestra especie por su propia salvación. Y las ideas nacen de la educación. Los valores fundamentales, entre ellos la ética, se siembran a través de ella.

 La educación no se inicia en las escuelas; se inicia en el instante en que la criatura nace. Los primeros que deben ser esmeradamente educados son los propios padres, de modo especial las madres, a quienes por naturaleza les corresponde la tarea de traer los niños al mundo. Es imprescindible que ellas, ya adultas y madres, y también el padre, conozcan lo que debe o no hacerse con el niño, desde el tono de voz a emplear hasta cada uno de los detalles sobre la forma de atenderlo, todo lo cual influirá en la salud física y mental de éste. Entre otros deberes, jamás deberán descuidar la forma en que se le alimenta, ya que es decisivo en el desarrollo de su capacidad intelectual durante los primeros dos o tres años de su vida. De lo contrario, arribará al preescolar con una capacidad mental por debajo del potencial con que nació.

 Todo lo anterior se vincula estrechamente con lo que llamamos vías no formales de educación. Este decisivo sistema tiene la posibilidad de apoyarse en un factor natural tan extraordinario como el instinto materno.

 La educación —digámoslo con una frase fuerte— es lo que convierte en ser humano al animalito que nace con los instintos naturales que rigen el comportamiento de toda especie viviente.

 Los conceptos de igualdad, justicia, libertad y otros son relativamente recientes en la sociedad humana. Durante miles de años reinaron la esclavitud, la explotación, las desigualdades más crueles, abusos y crímenes de todo tipo contra los seres humanos. Aún perduran de una forma u otra, en la inmensa mayoría de los países del mundo.

 "Un mundo mejor es posible", han proclamado y repiten cada vez con más fuerza cientos de miles de intelectuales y dirigentes sociales. Ese mundo mejor, que dependerá de variados factores, no sería concebible sin la educación.

 Entre los más crueles sufrimientos que afectan a la sociedad humana —y lo menciono deliberadamente, como se explicará después— está la discriminación racial. La esclavitud, impuesta a sangre y fuego a hombres y mujeres arrancados de África, reinó durante siglos en muchos países de este hemisferio, entre ellos Cuba. Millones de nativos indios la padecieron igualmente.

 Mientras la ciencia de forma incontestable demuestra la igualdad real de todos los seres humanos, la discriminación subsiste. Aun en sociedades como la de Cuba, surgida de una revolución social radical donde el pueblo alcanzó la plena y total igualdad legal y un nivel de educación revolucionaria que echó por tierra el componente subjetivo de la discriminación, ésta existe todavía de otra forma. La califico como discriminación objetiva, un fenómeno asociado a la pobreza y a un monopolio histórico de los conocimientos.

 La discriminación objetiva, por sus características, afecta a negros, mestizos y blancos, es decir, a los que fueron históricamente los sectores más pobres y marginados de la población. Abolida aunque sólo fuera formalmente la esclavitud en nuestra Patria hace 117 años, los hombres y mujeres sometidos a ese abominable sistema continuaron viviendo durante casi tres cuartos de siglo como obreros aparentemente libres en barracones y chozas de campos y ciudades, donde familias numerosas disponían de una sola habitación, sin escuelas ni maestros, ocupando los trabajos peor remunerados hasta el triunfo revolucionario. Otro tanto ocurría con muchas familias blancas sumamente pobres, que emigraban del campo a las ciudades.

 Lo triste es observar que esa pobreza, asociada a la falta de conocimientos, tiende a reproducirse. Otros sectores, de clase humilde la inmensa mayoría, pero en condiciones mejores de vivienda y trabajo, así como mayores niveles de conocimientos, que pudieron aprovechar mejor las ventajas y posibilidades de estudios creadas por la Revolución e integran hoy el grueso de los graduados universitarios, tienden igualmente a reproducir sus mejores condiciones sociales vinculadas al conocimiento.

 Dicho con palabras más crudas y fruto de mis propias observaciones y meditaciones: habiendo cambiado radicalmente nuestra sociedad, si bien las mujeres, antes terriblemente discriminadas y a cuyo alcance estaban sólo los trabajos más humillantes, son hoy por sí mismas un decisivo y prestigioso segmento de la sociedad que constituye el 65 por ciento de la fuerza técnica y científica del país, la Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país, aun cuando en numerosas áreas de gran trascendencia, entre ellas la educación y la salud, desempeñan un importante papel.

 Por otro lado, en nuestra búsqueda de la más plena justicia y de una sociedad mucho más humana, hemos podido percatarnos de algo que parece constituir una ley social: la relación inversamente proporcional entre conocimiento y cultura, y el delito.

 Sin tratar de exponer todavía con más extensión y profundidad este fenómeno, se ha podido ver que los sectores de la población que viven todavía en barrios marginales de nuestras comunidades urbanas, y con menos conocimientos y cultura, son los que, cualquiera que sea su origen étnico, nutren las filas de la gran mayoría de los jóvenes presos, de lo cual podría deducirse que, aun en una sociedad que se caracteriza por ser la más justa e igualitaria del mundo, determinados sectores están llamados a ocupar las plazas más demandadas en las mejores instituciones educacionales, a las que se accede por expediente y exámenes, donde se refleja la influencia de los conocimientos alcanzados por el núcleo familiar, y más tarde ocupar las más importantes responsabilidades, mientras otros sectores, con menor índice de conocimientos cuyos hijos suelen asistir por las razones expuestas a centros de estudio menos demandados y atractivos, estos constituyen el mayor número de los que desertan del estudio en el nivel medio superior, alcanzan un menor número de plazas universitarias y nutren en una proporción mayor las filas de los jóvenes que arriban a las prisiones por delitos de carácter común.

 La mayoría de estos últimos adicionalmente proceden de núcleos que se han disuelto y viven con la madre, con el padre, o con ninguno de los dos. No ocurre igual si el núcleo disuelto es de padres graduados en las universidades o son intelectuales.

 Como la educación es el instrumento por excelencia en la búsqueda de la igualdad, el bienestar y la justicia social, se puede comprender mejor por qué califico de revolución profunda lo que hoy, en busca de objetivos más altos, tiene lugar con la educación en Cuba: la transformación total de la propia sociedad, uno de cuyos frutos será la cultura general integral, que debe alcanzar a todos los ciudadanos. A tales objetivos se vinculan más de cien programas, que junto a la batalla de ideas se llevan adelante, algunos convertidos ya en prometedoras realidades.

 La propia vida material futura de nuestro pueblo tendrá como base los conocimientos y la cultura. Con ellos nuestro país, en medio de una colosal crisis económica mundial, avanza en distintos frentes. Estamos ya a punto de reducir a menos del tres por ciento el desempleo, lo que técnicamente se califica como un país de pleno empleo.

 Más de cien mil jóvenes entre 17 y 30 años que no estudiaban ni disponían de trabajo, hoy asisten de manera entusiasta a los cursos donde refrescan y multiplican sus conocimientos, por lo cual reciben una remuneración.

 Tal vez la más audaz decisión adoptada en fecha reciente ha sido la de convertir el estudio en una forma de empleo, principio bajo el cual se han podido dejar de utilizar 70 fábricas azucareras, las menos eficientes, cuyos costos en divisas convertibles superaban los ingresos que producían.

 La enseñanza de la computación se inicia en la edad preescolar. Se utilizan exhaustivamente los medios audiovisuales. Para el uso de estas técnicas, los paneles solares, con un costo y gasto mínimos, suministran la electricidad necesaria al ciento por ciento de las escuelas rurales que carecían de ella.

 Se crean nuevos canales educativos. A través de ellos, el programa Universidad para Todos imparte cursos de idiomas y otros muchos de variadas materias y creciente prestigio, aparte de programas escolares.

 Las Ferias anuales del Libro se realizan ya en las 30 mayores ciudades del país. Tiene lugar una explosión de la cultura artística. En 15 Escuelas de Instructores de Arte, casi 12 mil jóvenes cursan estudios después de rigurosa selección. Miles de trabajadores sociales se gradúan cada año.

 Créanme que me limito a citar un número muy reducido de programas; pero no debo dejar de señalar que la enseñanza de nivel superior ha dejado de tener por sede únicamente a las universidades. En todos los municipios del país se desarrollan escuelas donde se imparte estudios universitarios a jóvenes y a trabajadores, sin necesidad de moverse a las grandes ciudades. Apenas sin darnos cuenta, viejos conceptos acerca de la educación superior han desaparecido.

 Nuevas ideas e iniciativas se abren paso con impresionante fuerza.

 No sé qué les habrán explicado en este encuentro, ya que no he tenido el privilegio de participar en él por el excesivo trabajo y compromisos ineludibles en otras áreas. Gustoso, sin embargo, hice un recuento mental y escribí aceleradamente estas líneas, ya que los que dirigen el evento me hicieron, en nombre de ustedes, el honor de invitarme. Al escribirlas, les ahorré con seguridad horas de discurso, que en mi entusiasmo y amor por la educación habría podido generar aquí.

 Dije hace un buen rato que las ideas eran el más importante recurso para salvar la humanidad. No es porque crea idealistamente que las ideas obran milagros por sí solas. Simplemente proliferan y se multiplican en las épocas de crisis como una necesidad, y las preceden como las aves que anuncian las primaveras o los inviernos.

 Hoy el mundo se sumerge cada día más en una gran e inédita crisis. Toda la amargura que ustedes vienen expresando en cada encuentro y expresan cada vez más ante la negación de recursos para la más sagrada de las tareas que la humanidad demanda, la educación, tendrá su momento de premio, de luz y de esperanza.

 Por ello, no desalentarse jamás ni olvidar aquello que ya mencioné: "Un mundo mejor es posible." Se lo asegura alguien que ha vivido soñando y más de una vez ha tenido el raro privilegio de ver convertidos en realidades sueños que ni siquiera había soñado.

 ¡Muchas gracias!♦


 

 

febrero 15, 2023

Síntesis y conclusiones del Círculo de Lectura Nº 166

 Síntesis y conclusiones del Círculo de Lectura Nº 166

“Compromisos”

Es un texto tomado de la revista “Cuba Socialista” escrito por Enrique Ubieta Gómez, ensayista e investigador cubano y autor de varios libros, donde él hace un análisis de los hechos ocurridos en Cuba el 11 de julio de 2021 cuando se produjeron varios actos subversivos en diferentes ciudades de la isla. Ante ésta situación se trata de entender las causas actuales e históricas y aprender de los errores cometidos. En principio se trató de otro “golpe blando” como el denominado “Movimiento San Isidro” ocurrido en noviembre de 2020, una farsa contrarrevolucionaria apoyada por el Gobierno de los Estados Unidos para subvertir el orden constitucional en Cuba. Se debe entender que el enfrentamiento de base es con el capitalismo trasnacional, a partir del triunfo de la Revolución a solo 90 millas de las costas estadounidenses. Por otro lado, hay un descontento social ya que el bloqueo ha provocado un estrangulamiento económico y ha sido responsable de la muerte de ciudadanos cubanos. La pandemia de COVID-19 también ha afectado a la población debido a la falta de insumos médicos. Hacen ya décadas que el capitalismo trasnacional, cuya cabeza visible son los Estados Unidos, trata de romper con la unidad de la Revolución. A todo esto el pueblo cubano con el liderazgo de Fidel, ha implementado la “Batalla de ideas” con el protagonismo social de los jóvenes cubanos. El internacionalismo médico es un ejemplo de la práctica de solidaridad para lograr mayor justicia social. Así es que este nuevo siglo se encontró con un ataque frontal al comunismo para diluir la ideología de la Revolución, sobre todo, después de la desaparición física de Fidel. Desideologizar a la juventud cubana, revertir el impacto ideológico del internacionalismo médico, desvalorizar el deporte revolucionario, destruir una construcción ideológica unitaria, la negación de lo ideológico como un obstáculo o rémora del pasado, desdibujar el acto revolucionario vaciándolo de contenido para confundir a la juventud desmovilizada por el uso cada vez más intenso y coordinado de las nuevas tecnologías para la penetración cultural. Recordando que la ideología que parte del marxismo es radicalmente anticapitalista, los ataques se centran al Partido Comunista Cubano, objeto de una permanente demonización. Lo cierto es que en los últimos años se debilitó la capacidad movilizativa del país por la aplicación de algunas políticas que priorizan la iniciativa individual, a lo que la ideología liberal avanzó en algunos sectores de la sociedad. Es necesario construir y reconstruir consensos. Para impedir la pérdida del rumbo, se debe recurrir a la fuerza de la unidad colectiva del pueblo en su conjunto. Es necesario movilizar a las masas dándole protagonismo a los jóvenes revalorizando la ideología de la Revolución. Y finaliza diciendo: Estos hechos nos recuerdan hacia dónde hay que mirar, creo que hay conciencia de ello, y por eso, ahora, somos más fuertes.

Durante el posterior debate se acordó que este texto demuestra que es necesario saber reconocer los errores para poder aprender de ellos, y no volverlos a cometer, y que en el caso cubano la fuerza de la unidad es esencial para lograrlo. Se recordó que en el año 1960, un año antes de la invasión mercenaria por Playa Girón, ya el gobierno de Estados Unidos dejó sentado por escrito los fundamentos de su genocida política contra Cuba, cuando el seis de abril de 1960 Lester D. Mallory, Vice Secretario de Estado Asistente para los Asuntos Interamericanos, en un memorándum secreto del Departamento de Estado definía: “La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”. También se recordó que antes de lo anterior, en el año 1953, Allen Dulles un oficial de alto rango de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), organismo antecesor de la Agencia Central de Inteligencia CIA, escribió un libro titulado “El Arte de la Inteligencia” donde afirma que …“pronto llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuantas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá…”…“nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos y pervertiremos”… ….“El objetivo final de la estrategia a escala planetaria, es derrotar en el terreno de la ideas las alternativas a nuestro dominio, mediante el deslumbramiento y la persuasión, la manipulación del inconsciente, la usurpación del imaginario colectivo y la recolonización de las utopías redentoras y libertarias, para lograr un producto paradójico e inquietante: que las víctimas lleguen a comprender y compartir la lógica de sus verdugos”. De allí la importancia de la permanente reideologización del pueblo cubano, especialmente de su juventud. Se recordó la frase de José Martí: “ser cultos para ser libres”.

Finalmente hemos acordado abordar en el próximo Círculo de Lectura el texto de un discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso de Pedagogía del 7 de febrero de 2003.

Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba, 04 de febrero de 2023

enero 28, 2023

Círculo de Lectura # 166 – Febrero de 2023

 Círculo de Lectura # 166 – Febrero de 2023

“Compromisos”

Por Enrique Ubieta Gómez - Ensayista e investigador cubano. Director desde 2016 de la cuarta época de la revista Cuba Socialista. Autor de varios libros.

Tomado de: Cuba Socialista

La guerra que se nos hace nos obliga a mirarnos mejor, y a auscultar nuestras debilidades e insuficiencias. Pero no será posible que comprendamos a cabalidad lo que pasa en nuestras ciudades, sin entender lo que sucede en el mundo, y la peculiar relación de nuestro país con los centros mundiales de poder.

Para entender el 11 de julio habrá que hablar primero de otras muchas cosas sin relación aparente. Habrá que mencionar una circunstancia histórica determinante: Cuba instauraba su República en Armas, machete en mano, y daba el impulso definitivo a la conformación de su nación, en el instante en que a 90 millas de sus costas, nacía y se desarrollaba el imperialismo. La radicalidad del pensamiento de Martí y la de Fidel responden, como explicaba el primero en su última carta, a ese hecho.

El obstáculo externo que enfrenta la independencia cubana no se reduce a la confrontación de intereses con uno o dos o muchos gobiernos norteamericanos; quiero decir, no se trata solo de un conflicto bilateral entre el Gobierno estadounidense y el Gobierno cubano, aun cuando el principal obstáculo para nuestro desarrollo sea el extraterritorial bloqueo comercial, económico y financiero de los Estados Unidos.

El enfrentamiento de base es con el capitalismo trasnacional —ese es el enemigo estructural—, porque el camino que elegimos es el de la soberanía nacional y la justicia social. No habrá paz. Es una guerra que no conoce normas éticas y en la cual no existen comportamientos o soluciones de convivencia que no se sustenten en la fuerza o la conveniencia.

Nunca antes el bloqueo ha sido, de una manera tan directa y palpable, responsable de la muerte de ciudadanos cubanos. Antes, parecían ser solo números, sumatorias de pérdidas ―abstractas‖ que unos presentaban y otros negaban con cinismo. La muerte, desde luego, se tragaba a incautos balseros en alta mar, o a niños y adultos en los hospitales, carentes de los medicamentos necesarios. Pero esos muertos parecían ser el resultado de decisiones personales o de enfermedades incurables.

La pandemia de COVID-19 al elevar el número de contagios y de muertes, extenderse en el tiempo y tocar con su impredecible dedo a cualquier vecino o familiar, incrementa el miedo y la frustración —que es acrecentado por los errores humanos, por el cansancio de hombres y mujeres que trabajan día y noche por salvar vidas en los hospitales y fuera de ellos o, ¿quién lo duda?, por el atolondramiento burocrático—, sobre todo ante la insuficiencia de respiradores artificiales, de balones de oxígeno, de camas o de antígenos.

El bloqueo se ha endurecido, y obstaculiza la adquisición de medios e insumos, de materias primas para la fabricación de medicamentos, de cada dólar que pueda contribuir a solventar las necesidades del pueblo, del petróleo necesario para la vida. La guerra es total. Los precarios recursos del país son redirigidos al sector de la salud (se fabrican respiradores, se crean y se producen vacunas y antígenos) y a la producción y compra de alimentos. Pero la prensa trasnacional y sus pequeños satélites culpan al gobierno de ser ineficiente. La disputa no es por la verdad, es por el poder.

La existencia de reclamos en el sector poblacional más afectado por el estrangulamiento económico (pandemia + recrudecido bloqueo), podría asumirse como natural, y aunque es un resultado planificado por los hostigadores, la irrupción de protestas no es la consecuencia lineal de esas condiciones. La pandemia y las crecientes y sostenidas dificultades materiales han generado también un espontáneo movimiento de solidaridad ciudadana, que se tradujo, por ejemplo, en el arribo a la ciudad de Matanzas, cuando esta era el epicentro de la enfermedad y parecía definitivamente colapsada, de cientos de voluntarios de todas las provincias: estudiantes, profesionales, artistas, cuentapropistas.

¿Podría un país pequeño y de recursos limitados en rebeldía (es decir, en guerra con la dominación trasnacional) acceder a una prosperidad material? Creo que sí, pero es imprescindible definir el concepto de prosperidad desde la cultura socialista. No puede olvidarse que la cultura hegemónica en el mundo es la capitalista, y que la que llamamos socialista es apenas una contracultura sin una inserción económica estable en el mercado global.

Alemania del Este estaba obligada a competir en bienes de consumo con el Oeste, y a pesar de que el nivel de vida de los alemanes orientales era muy alto —no solo con respecto a los países de economía más débil— , fracasó en el empeño; el consumismo (un término muy diferente al de consumo) resultado de una relación en esencia capitalista entre los seres humanos y los objetos, necesario tanto para el crecimiento económico de ese sistema como para la reproducción de sus valores, acabó imponiendo sus normas inalcanzables y contradictorias para el socialismo. La prosperidad en términos miamenses no solo es inalcanzable en el contexto de una guerra de intereses trasnacionales, también es indeseable para el proyecto nacional de Cuba.

Hace décadas que el capitalismo trasnacional —cuya cabeza visible son los Estados Unidos—, trabaja en el desmontaje de la unidad (consenso) de la Revolución. Se me dirá con razón que la propia realidad resultante del llamado Período Especial reabrió y estimuló las desigualdades latentes en la sociedad cubana y que la estrepitosa caída del llamado campo socialista desestructuró el discurso y desdibujó el horizonte.

Fidel era consciente de ello, y en la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado lanzó dos cruzadas en apariencia ajenas una de la otra, pero enlazadas, que más allá de la teoría resituaban a la ideología de la Revolución en su verdadero centro: de los humildes, por los humildes, para los humildes. Me refiero a la Batalla de Ideas en lo interno (el rescate, protagonizado por los jóvenes, de los más desfavorecidos por circunstancias biográficas y sociales) y al internacionalismo médico cubano, una tradición de la Revolución que era retomada en las nuevas condiciones.

La Batalla de Ideas no rescataba a los jóvenes ofreciéndoles mejoras materiales, sino dotando sus vidas de sentido, haciéndolos saltar desde los márgenes de la sociedad al protagonismo social.

En cuanto al internacionalismo médico, me atrevo a decir que sus efectos estaban concebidos más hacia adentro que hacia afuera, aunque en última instancia la solidaridad revolucionaria, socialista, no concibe fronteras. Su sentido era más ideológico que económico. Las dos retomaban la práctica de la solidaridad, que es el corazón del socialismo en su largo y permanente proceso de conquista de la justicia total. Ambos programas buscaban reciclar desde el protagonismo juvenil, la vocación revolucionaria.

Entre los años 1999 y 2000, en pleno tránsito de siglos, conviví con los médicos y enfermeros cubanos del Programa Integral de Salud en Centroamérica. Los internacionalistas percibían apenas 50 dólares mensuales y eran ubicados en las zonas más apartadas de cada país, sin mayores comodidades. La misión era asumida con orgullo. En los últimos años, el Contingente Henry Reeve ha relanzado ese espíritu quijotesco, nunca desaparecido en las múltiples misiones dispersas en el mundo, pero no siempre asumido de la misma manera por todos sus integrantes. Desde la primera gran misión en Paquistán, pasando por el heroico combate al ébola en África occidental, pero sobre todo, por su magnitud y significado, en estos casi dos años de pandemia, el Contingente encarna el sentido revitalizador de la ideología revolucionaria concebido por Fidel.

El imperialismo necesitaba diluir la ideología de la Revolución —sobre todo, después de la desaparición física de Fidel—, que en el caso cubano es el nudo que sella la unidad. En la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado intentó fracturar y desacreditar los nexos del marxismo con la tradición cubana de pensamiento, en especial con el legado martiano. Pero en el nuevo siglo se concentró en el ataque frontal al comunismo.

―Hay ideología allí, y solo allí —asumo la interpretación del filósofo cubano Rubén Zardoya—, donde se ponen en juego los ideales sociales, donde se producen, circulan y se consumen ideales sociales‖.

Cito los esfuerzos paradigmáticos de la estrategia imperialista: revertir el impacto ideológico del internacionalismo médico cubano convirtiéndolo mediáticamente en una mera transacción comercial, en la que el trabajador de la salud dejaba de ser héroe para ser ―esclavo‖. Es decir, anular su excepcionalidad de hombre-mujer nuevo, dispuesto a salvar vidas a riesgo de la propia sin un interés de lucro, para insertarlo en el mundo de la compra-venta e igualarlo, con pérdidas materiales, al resto de sus colegas del mundo.

No se trata solo de impedir nuestras posibles ganancias económicas, entiéndase: para el enemigo es más importante que parezca que todo se trata de pérdidas y ganancias; desvalorizar el deporte revolucionario y oponerlo al profesionalismo —en el que algunos de nuestros deportistas pueden hacerse millonarios—, convencernos de que este es superior y que fue un error habernos alejado de él y sobre todo, de que los triunfos deportivos cubanos, en la burbuja amateur, eran una ilusión propagandística del gobierno revolucionario. En ambos casos —más en el segundo que en el primero—, esas campañas enemigas encontraron defensores ingenuos o malignos en el seno de nuestra sociedad. Ha sido muy positiva en mi opinión la movilización de los brigadistas cubanos del Contingente Henry Reeve hacia el interior del país, porque rompe con el falso concepto de que existen dos solidaridades, la externa y la interna.

La intención de desideologizar a la juventud cubana, que como he dicho en otras ocasiones, no es más que una reideologización en sentido inverso, discurre en los circuitos intelectuales por tres caminos:

La reactivación de las líneas ideológicas que precedieron a la unidad de los revolucionarios cubanos, superadas o congeladas por la victoria de la unidad fidelista, tanto de las corrientes derrotadas (por ejemplo, el anticomunismo), como de aquellas que se integraron a la nueva visión, cualitativamente diferente a todas. En este sentido, se ensalza el período de intensa lucha ideológica que precedió a la conformación de esa unidad, como un momento de máxima creatividad. Léase como demostración de la falsedad de esa tesis, el aleccionador libro ―La historia en un sobre amarillo‖. El cine en Cuba (1948–1964) de Iván Giroud, publicado de forma reciente por el ICAIC.

La interpretación del diálogo o de la unidad como el lugar de convergencia de todas las ideologías, sin la preeminencia de ninguna. Se argumenta que la diversidad actual de la sociedad cubana exige la aceptación de todas las corrientes ideológicas, así como del multipartidismo. Recordemos que, de cuántas ideologías existen, solo la que parte del marxismo es radicalmente anticapitalista. En este punto los ataques se centran en el Partido Comunista —objeto de una permanente demonización— que constitucionalmente rige los destinos de la Patria. Es necesario comprender el contexto regional, donde los esfuerzos de construcción de caminos anticapitalistas se sustentan más en concertaciones políticas ideológicamente diversas, que en una construcción ideológica unitaria como la cubana. Ello debido fundamentalmente al hecho de que esas experiencias regionales surgen de elecciones burguesas, multipartidistas, y de que, a pesar de las medidas revolucionarias, siguen siendo democracias burguesas, al menos de manera formal. No puede desconocerse tampoco el hecho de que muchos teóricos y antiguos militantes perdieron la fe y han renunciado en los hechos a la superación del capitalismo, aunque su discurso siga apelando al anticapitalismo.

La negación de lo ideológico. La ideología como dogma a superar, como un obstáculo o rémora del pasado que impide la aceptación de soluciones pragmáticas. El pueblo no necesita ―discursos‖, sino comida, dicen, como si las formas de producción y distribución de alimentos, en cualquier país y momento histórico, no respondieran a determinados modelos de sociedad. Como si las ideas, los ideales (las metas, los horizontes) no se articularan en palabras; como si la ideología revolucionaria pudiese existir solo en palabras, de espaldas a la práctica.

La estrategia enemiga es clara: desdibujar el acto revolucionario vaciándolo de contenido, para confundir a la juventud desmovilizada. Puños en alto, huelgas de hambre (o simulacros de ellas), madres pagadas vestidas de blanco como las dignas Abuelas de la Plaza de Mayo, consignas recicladas. Traigo un ejemplo reciente: un grupo de mujeres enjoyadas, reunidas en una calle de Miami, porta carteles de apoyo a la candidata presidencial de la derecha peruana, y corea ―peruanos unidos, jamás serán vencidos‖. Comparan al inexistente Movimiento de San Isidro (cuyos representantes alaban al imperialismo), con el poderoso Black Lives Matter (antisistema), pero este, sabiamente, no cae en la trampa; y a los que ultrajan los símbolos nacionales en Cuba y piden la invasión de su Patria por el ejército de los Estados Unidos, con los que desacralizaban la bandera y el himno del imperialismo estadounidense para protestar contra la invasión a Vietnam o más reciente, contra el asesinato de afroamericanos por la policía.

La contraofensiva imperial acusa ahora a los líderes de la izquierda de fraude y corrupción —lo que de manera habitual sucede con los líderes de la derecha—, sometiéndolos a juicios donde la verdad y la mentira se solapan. Mienten a conciencia cuando hablan de desaparecidos en Cuba. Enrolan a incautos, a personas buenas e ignorantes, cuando piden que cese la represión en el país (¡no en Colombia, no en Chile, no en los Estados Unidos!).

La izquierda y la derecha son presentadas como lo mismo. Nos han dicho, con inusitado cinismo, que vivimos en la era de la posverdad. Un joven contrarrevolucionario, ante las evidencias incontestables de que su lidercillo simulaba la huelga de hambre (mientras la Unión Europea y los Estados Unidos clamaban por su vida), ripostó: ―no me importa que sea mentira, seguiré diciendo que es verdad‖. El 11 de julio, en Cárdenas, una muchacha que participaba en la manifestación contrarrevolucionaria respondía a un funcionario del Partido sobre si recibía o no dinero por ello: ―Sí, ¿y qué? A ti también te pagan‖.

Sobre el uso cada vez más intenso y coordinado de las nuevas tecnologías para la penetración cultural, la conformación de estados de opinión, de consensos contrarrevolucionarios, la invención de realidades y la propagación de mentiras elaboradas de forma consciente, la convocatoria y la conducción de los manifestantes por parte del imperialismo, se ha escrito bastante en estos días. El estudio de lo ocurrido antes, durante y después del 11 de julio, es revelador. Prefiero, no obstante, dejar a otros este importante tópico que apunta sobre todo a las formas empleadas en el combate, para insistir en sus contenidos.

¿Cuáles son los reclamos? ¿A qué se refieren con ese término? Escuché algunas consignas abstractas como ―libertad‖, o como ―Patria y vida‖ (que en realidad es solo la primera parte de la consigna ―Patria o muerte‖, si se atiende al hecho de que después de Patria no hay una ―y‖ sino una ―o‖), algunas ofensas groseras al Gobierno y a los gobernantes cubanos, pero no reclamos. Pude escuchar también y seguir los del grupo que se concentró frente al Ministerio de Cultura el pasado 27 de noviembre —no todos eran artistas—, cuyo liderazgo fue acaparado de forma rápida por figuras de reconocidos vínculos con entidades oficiales o paraoficiales del gobierno estadounidense.

En este caso, con un poco más de elaboración, emergía la añorada reideologización envuelta en reclamos de carácter liberal-burgués, uno de ellos en verdad inusitado (que jamás el capitalismo ha practicado contra sí): que se permita, sin interferencias, el derrocamiento del modelo socialista. Tanto fue así, que los que pidieron un diálogo, huyeron de él cuando fueron convocados. Insisto en esto, para los que subestiman la necesaria defensa de la ideología revolucionaria; en los últimos años se debilitó la capacidad movilizativa del país mientras se aplicaban políticas que priorizan la iniciativa individual, y la ideología liberal avanzó en algunos sectores de la sociedad.

Los llamados reclamos en estos grupos están marcados por esa ideología. Es ridículo hablar de empoderamiento popular, si en los verdaderamente afectados por la pobreza, el bloqueo y la pandemia, no se manifiesta una conciencia de clase. Aceptamos el diálogo en los marcos de la Constitución socialista (partido dirigente, ideología martiana, marxista, leninista y fidelista), que fue votada por una abrumadora mayoría de cubanos. A nadie se someterá para ello a exámenes ideológicos.

La ideología revolucionaria no puede entenderse como discurso, y jamás podría esconderse en la abstracción. Si la estrategia imperialista es vaciar de contenido las consignas y los símbolos revolucionarios, la nuestra es proteger y hacer crecer esos contenidos. Y aquí sí nos corresponde mirarnos por dentro, rescatar la mirada fidelista que construya un horizonte de prosperidad diferente al de los explotadores.

Ese horizonte tiene que ser ambicioso, mientras más pequeño, más viciada serán las aguas, y los remeros dejarán de cumplir con su función: nuestra meta es la justicia total, aunque sepamos que es una utopía solo en parte realizable. Si ese horizonte no se asume como sueño colectivo, cada uno trazará su propia ruta, se acomodará a sus propias expectativas, se ocupará de sí mismo.

Para ello es preciso construir y reconstruir consensos, una y otra vez, porque la realidad teje espontáneamente los suyos, y la maquinaria reproductora del imaginario burgués la envuelve en celofán. Los revolucionarios no administramos consensos hechos, construimos los nuestros. Rescatar y rescatar a los más desprotegidos, era la consigna de la Batalla de Ideas, y habrá que reintentarlo sin concesiones.

En una entrevista que me hicieran en 2017, a propósito de la crítica al centrismo, me preguntaron si los Lineamientos Económicos y Sociales del Partido, entonces recién aprobados, eran centristas. La pregunta recogía una de las confusiones más extendidas de los últimos veinte años. Respondí que la condición de cualquier programa político la determinaba su sentido: en este caso, la apertura de un camino de desarrollo para el socialismo anticapitalista en condiciones excepcionales —un solo país, pequeño y pobre, frente al imperialismo estadounidense y mundial—, y ese objetivo nos serviría de brújula para los ajustes necesarios.

La brújula no es la letra de un manual o de cualquier otro texto aprobado en un congreso; la brújula, como siempre dijo Fidel y ha repetido Raúl, es el pueblo.

Estrechamente vinculada con estos conceptos de alcance estratégico, verdaderamente estratégico para el presente y el futuro de la Patria —confirmaba Raúl en Santiago de Cuba, el primero de enero de 2014— , está la frase pronunciada por Fidel aquí, casi a esta misma hora, desde ese balcón exactamente, hace hoy 55 años, con la que, por su eterna vigencia deseo concluir mis palabras, cito: ―La Revolución llega al triunfo sin compromisos con nadie en absoluto, sino con el pueblo, que es al único que le debe sus victorias‖.

Cincuenta y cinco años después, en el propio lugar, podemos repetir con orgullo: ―¡La Revolución sigue igual, sin compromisos con nadie en absoluto, solo con el pueblo!‖. Desde luego, no se trata de hacer todo lo que la ―gente‖ dice o piensa (ya sabemos cómo se construyen en el mundo los estados de opinión, cómo repetimos opiniones prefabricadas como si fueran nuestras), que por lo general es lo que un grupito dice que ―la gente‖ dice. Estar con el pueblo es ser parte de él.

La esencia de un Gobierno revolucionario no se define en el arte de la gobernabilidad. Ello es un requisito, pero no el resultado de medidas de equilibrio que responden a coyunturas específicas. No hay que olvidar que bordeamos un precipicio, por un camino estrecho —en tanto no es posible atravesar la montaña—, y que todo ―colabora‖ para hacernos caer: el viento natural y un ejército pagado de sopladores de viento.

Nada garantiza que no nos despeñemos, solo la fuerza colectiva de nuestro pueblo y la plena identificación con los humildes puede impedirlo. Es el camino que debemos transitar. El crecimiento económico por sí mismo no define el triunfo final de ese recorrido.

Hay que movilizar a las masas, dar protagonismo a los jóvenes, redimir en actos la ideología de la Revolución. Lo sucedido el 11 de julio en Cuba no contiene un ―punto de giro‖ en la práctica política nacional, como desean los que no pueden ya distanciarse del concepto burgués-liberal de democracia, pero puede ser, más allá de su evidente planificación y monitoreo desde Washington, un golpe de brújula, que nos recuerda hacia dónde hay que mirar. Creo que hay conciencia de ello, y por eso, ahora, somos más fuertes.