Círculo de lectura # 202 – Febrero de 2026
“Impedir
a tiempo, con esa fuerza más”
Por:
Editorial de La Tizza – 22 de diciembre de 2025
Las
recientes acciones del gobierno de Donald Trump — el anuncio de un bloqueo
naval y la consolidación de una zona de exclusión aérea sobre Venezuela — no
son movimientos aislados ni meras expresiones intempestivas; tampoco son los
actos de un loco ni las improvisaciones de un outsider en la política
estadounidense. Constituyen una escalada calculada dentro de un escenario
regional e internacional que, peligrosamente, se ha ido alineando para hacer de
la intervención militar una opción factible en los planes del poder imperial.
En el
centro de la tormenta se encuentra la necesidad estratégica que tienen los
Estados Unidos de reconfigurar su hegemonía en declive. El llamado «Corolario
Trump» es la actualización impúdica de la vieja Doctrina Monroe: América Latina
y el Caribe sigue considerándose espacio vital y campo de experimentación. Para
un imperio que percibe el fin de su ciclo de dominio global incontestado, la
Venezuela bolivariana — con todas sus contradicciones y a pesar de su asedio —
representa el obstáculo simbólico y material más robusto. Su control
significaría no solo apoderarse de las mayores reservas petroleras del planeta,
sino también enviar un mensaje de disciplinamiento a cualquier proyecto de
soberanía en Nuestra América.
Estrategia
de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, noviembre de 2025
Toda política exterior es, en esencia, una
proyección de la política interna.
Donald
Trump se encuentra asediado: una base electoral fracturada, procesos judiciales
que no terminan y revelaciones escandalosas, como los Expedientes Epstein,
erosionan su gestión. En ese contexto, la creación de un enemigo externo
espectacular se convierte en una tentación poderosa. El «efecto bandera» — esa
oleada de apoyo patriótico que suele recibir un presidente en crisis durante un
conflicto bélico — es un salvavidas histórico. La Ley de Poderes de Guerra le
ofrece, además, la herramienta perfecta: la posibilidad de ordenar una acción
militar «limitada» por hasta sesenta días sin autorización del Congreso. Una
guerra corta, de alto impacto mediático y un «bajo» costo político podría ser
el distractor perfecto para sus graves problemas internos.
El
panorama geopolítico de América Latina parece favorecer a los Estados Unidos.
La proclamación de José Antonio Kast en Chile, heredero político de la
dictadura de Pinochet, y la presidencia de Javier Milei en Argentina, son ejemplos
claves. A ellos se suma el suicidio político del MAS en Bolivia, el
autoritarismo lacayo de Noboa en Ecuador y de Bukele en El Salvador, y la
inestabilidad plutocrática en Perú. Ese eje reaccionario y oligárquico
configura el flanco político favorable a una intervención en Venezuela.
Frente
a eso, las fuerzas progresistas y de izquierda aparecen desarticuladas, sin una
coordinación continental efectiva, con una vocación de poder debilitada,
demasiado «bien portadas» y respetuosas del orden capitalista y, en muchos
casos, más enfocadas en aprender a ceder que en construir y disputar hegemonía.
Brasil, Colombia, México y Uruguay están llamados a tener un papel mucho más
activo y beligerante, con independencia de sus opiniones sobre el gobierno venezolano.
Durante
años, mediante un cerco mediático global y cierta complicidad interna, se ha
construido a Venezuela como la víctima propiciatoria, el «Estado fallido» cuya
desestabilización justifica cualquier medida.
Se ha
alimentado la ilusión de que «entregando» a Venezuela se calmará la voracidad
del imperialismo. Es una trampa mortal.
El
imperialismo no se sacia; es la bestia antropofágica por excelencia, cuya
hambre solo crece con cada nuevo bocado. Creer que las concesiones aplacarán su
apetito es un suicidio histórico.
Ante
tal escenario, ¿qué forma concreta adoptaría la agresión? La historia reciente
de intervenciones norteamericanas sugiere que han aprendido la lección del
empantanamiento que sufrieron en Irak y Afganistán. Una invasión terrestre
masiva y una ocupación prolongada de Venezuela pueden tener un alto costo
humano, económico y político. Por ello, el bloqueo y la zona de exclusión
funcionan como instrumentos multidimensionales. Más allá del aislamiento
logístico, son una gigantesca operación psicológica y de inteligencia.
El
objetivo último podría no ser el desembarco de marines, sino forzar la
defección de las Fuerzas Armadas venezolanas mediante sobornos, amenazas y
promesas de inmunidad, o la aceptación de salidas negociadas, onerosas y
subyugantes. Apuestan a un quiebre interno.
Si esa
vía falla, la opción alternativa es el «modelo israelí», ensayado en Gaza,
utilizado contra Hezbollah y aplicado a Irán: un ataque quirúrgico con drones o
misiles de precisión contra el liderazgo político y militar en Miraflores o
instalaciones claves. Sería una acción rápida, de alto impacto visual y bajo
costo aparente — en vidas estadounidenses — , destinada a decapitar a la
conducción política de las fuerzas bolivarianas y generar un caos controlado
que facilite un cambio de gobierno. Buscan el máximo efecto desestabilizador
con el menor despliegue convencional.
Frente
esa amenaza existencial, los pueblos de América Latina y el Caribe no pueden
refugiarse en la complacencia ni el análisis estéril. El imperialismo solo
comprende el lenguaje de la fuerza y la resistencia organizada.
La
única filosofía posible es la de la solidaridad militante y activa.
Si
Rusia y China son — como le atribuyen muchos movimientos del campo popular —
los poderes globales emergentes, contrapeso de la decadente hegemonía
noratlántica; si son, como pregonan en cada foro internacional ante el babeante
aplauso de algunos compañeros, los parteros de un orden multipolar, ¿por qué
contemplan impasibles el desenvolvimiento del asqueroso tablero de la
geopolítica? ¿Es esa la promesa en la que no pocos cifran sus esperanzas de un
nuevo orden mundial? ¿El «mundo basado en reglas» de Gaza? ¿La multipolaridad
de los «patios traseros»? Nunca como hoy estuvo tan claro que la responsabilidad
principal es nuestra, de los pueblos. Venezuela somos todos. El primer
proyectil que estalle sobre su cielo será la declaración de guerra contra la
soberanía de toda la Patria Grande.
Ninguna
nación estará a salvo en un continente recolonizado, salvo la transnación
burguesa sometida.
Debemos
preparar una movilización continental capaz de converger en la defensa de la
soberanía venezolana por todas las vías posibles. Un verdadero frente
antimperialista. Lo que se decide en Venezuela no es la posibilidad o la
existencia del camino socialista, el gobierno de «fulano» o la política
económica: se decide el derecho que tiene un pueblo soberano a ser, a existir,
a disponer de sus recursos y a la rebeldía contra el conquistador. Y eso atañe
a todos los pueblos y a todas las personas sin alma de esclavo.
También,
el destino de la izquierda hemisférica se decide allí. No puede calificarse
sino de servil y autofágica la actitud de esas izquierdas timoratas y
desdentadas que, para mendigarle una migaja de respeto a los «que nunca han
respetado a los pueblos ni a las personas dóciles», han dado su espalda a
Venezuela desde hace años, o dudan de ella pidiéndole fe de bautismo y pruebas
de pureza doctrinal, o se suman a lo que contra ella se esgrime para doblegar
su soberanía y su resistencia, o abiertamente conspiran con los enemigos de los
pueblos para devolver a Venezuela al redil yanqui. Traidores. Nada han
aprendido aún del tsunami de la ultraderecha continental, que pretende
coronarse con la «solución final venezolana». Nada han entendido de lo que
sería una Venezuela en manos del imperialismo norteamericano otra vez y de la
derecha fascista venezolana: un nuevo cuartel general para la ultraderecha en
el hemisferio, un fascismo alimentado con petrodólares, dispuesto a destruir
todo lo que parezca izquierda más allá de sus fronteras. Ese apetito y
disposición no lo han disimulado jamás los venezolanos de ultraderecha.
En
cuanto a nosotros, un pueblo que ha conseguido y resuelto las cuestiones más
importantes de su historia con la prédica de los fusiles, sabemos desde
nuestros primeros años de vida el espíritu y el carácter del imperialismo.
Muchos cubanos y cubanas dentro y fuera de Cuba, que dominamos los fundamentos
mínimos para la guerra de todo el pueblo, estaremos dispuestos en el instante
decisivo a defender a Venezuela por todas las vías posibles. Legarle a las
futuras generaciones un hemisferio occidental libre de imperialismo es un
compromiso irrenunciable.
Nos
asiste una certeza fundamental: solo si los Estados Unidos entienden, en sus
fríos cálculos, que el costo de invadir será insoportablemente alto por la
respuesta unida de los pueblos, se podrá torcer este rumbo belicista. El
verdadero peligro no es solo que Trump se atreva, sino que nosotros, los pueblos,
no estemos a la altura de la historia si lo hace. Que nuestro compromiso sea,
como convocara el Che, el de «correr la misma suerte», lejos de toda salida
timorata.
En la
defensa de Venezuela se juegan la dignidad y la libertad de todo un continente.
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