octubre 09, 2017

Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 102

Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 102

“Cubanidad y Cubanía”

Se trata de un texto tomado de Cubadebate en base a una intervención de  Miguel Barnet (novelista, ensayista y poeta cubano, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Fundación Fernando Ortiz) en el espacio Dialogar, realizado en la facultad de biología de la Universidad de La Habana, el 16 de mayo de 2017. Miguel Barnet define a la cubanidad como  la calidad de lo cubano, y a la cubanía como la vocación de ser cubano. Se han hecho muchas reflexiones teóricas sobre estos conceptos de qué es lo cubano, la cubanía y la cubanidad. Lo cierto es que la investigación acerca de este tema nunca estará agotada, porque la identidad es un proceso progresivo, continuo y permanente. Un gran estudioso teórico fue el antropólogo e historiador Don Fernando Ortiz cuya obra es todavía desconocida, quien define a Cuba metafóricamente como un ajiaco, producto de la universalidad desde el enfoque antropológico de la diversidad cultural. La cubanía es la esencia de la que se nutre la cubanidad. La cubanidad es el resultado de factores materiales, etnográficos, que definen la cubanía. La cubanidad es cómo nos comportamos, cómo hablamos, cómo sentimos, qué música nos gusta, qué arte nos gusta, es decir, la argamasa de lo cubano. La cubanía la puede sentir incluso una persona que no haya nacido en este país, que tenga la voluntad de ser cubano. Los conceptos de cubanía y cubanidad son peligrosos porque, si no están asimilados con una visión dialéctica profunda, pueden derivar en un nacionalismo estéril y hasta nocivo. Lo cubano como esencia o como matriz cultural etnográfica, mucho antes de ser motivo u objeto de teorizaciones, se expresó inicialmente en las artes con el aporte de músicos como Manuel Saumell e Ignacio Cervantes, o artistas plásticos como es el caso de Nicolás de la Escalera. Para tener una apreciación justa, equilibrada, de qué es la cubanía y qué es la cubanidad tenemos que mirarnos por dentro sin prejuicios, sin limitaciones, pero siempre con una visión amplia, con una visión integral, nunca con una visión localista, porque caemos en un nacionalismo chato, en un nacionalismo pueril, que no conduce a nada, que es estéril y peligroso. Don Fernando no siempre tuvo la simpatía de todos los profesores universitarios ya que había prejuicios hacia el negro, hacia las culturas de origen africano. Él fue un precursor de los estudios sobre esas culturas, un hombre que luchó contra muchos esquemas y que abrió muchas brechas; brechas necesarias para entender hoy justamente el término que él también llamó en este ensayo “ajiaco”; ese caldo donde se cuecen productos de todo tipo, de todos los elementos: una cazuela abierta. Confluyen muchos elementos, confluyen todo tipo de corrientes: corrientes nacionales, corrientes religiosas, corrientes étnicas, corrientes culturales. José Martí dijo: no puede haber odio de raza porque no hay razas. Se trata de diversidades biológicas que tienen sus propias características. Cuba ha tenido que transitar por un proceso desde el 40 al 59, donde la cultura cubana fue despojada, fue distorsionada, maltrecha, fue víctima de situaciones realmente deplorables de mediocridad. Todo eso tratamos de rescatarlo a partir del triunfo de la Revolución en 1959 con una visión distinta, más profunda, yo diría más científica, de cuáles son verdaderamente los valores que nutren nuestra identidad, no los valores que la deprimen o que la distorsionan y la empobrecen. Hoy nuestro socialismo, que es más integrador, que tiene principios como la solidaridad, el humanismo, el nuevo humanismo, es un rescate del pensamiento martiano, del pensamiento de Félix Varela, de Ortiz, de los próceres de nuestra nación.

Durante el posterior debate se comentó lo interesante del tema, por lo que los participantes se llevaron copias del texto leído para volver a leerlo y analizar más a profundidad.
Otro interesante tema es quienes organizaron el encuentro “Dialogar”: la AHS (Asociación Hermanos Sais), que está integrada por jóvenes escritores, intelectuales y promotores de hasta 35 años.
Si bien es complejo de los términos, cubanía y cubanidad, estos son conceptos muy arraigados en el pueblo cubano, cosa que no sucede en nuestro país con el ser argentino, el argentinismo y la argentinidad, términos que deberíamos poner en práctica. Acá todo lo que oímos y vemos en los multimedios y en nuestro entorno nos viene del extranjero y muy especialmente de lo que dicta el imperio.
El pueblo cubano lee mucho, mientras que en la Argentina cada vez se lee menos a nuestros escritores.
Respecto al libro que se menciona en el texto: “contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar” de Fernando Ortiz, sería muy interesante que lo leamos ya que nos da un punto de vista de los cubanos y su cultura y tradiciones.

Finalmente hemos acordado abordar para nuestro próximo Taller de Lectura del mes de noviembre, el texto:
“Cuba y el proceso del cooperativismo no agropecuario”
La experiencia de la Cooperativa Reconstructora de Vehículos (CRV) de Ana Laura López y Gabriela Buffa
Texto tomado de la revista IDELCOOP, N°217.



Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba, 07 de octubre de 2017

septiembre 04, 2017

Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 101

Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 101

“El Padre de las Casas” y “La Ilíada de Homero”.

Dos cuentos tomados de “La Edad de Oro” de José Martí.


Fray Bartolomé de Las Casas fue un religioso español, defensor de los derechos de los indígenas en los inicios de la colonización de América. Tuvo una formación más bien autodidacta, orientada hacia la teología, la filosofía y el derecho. Pasó a las Indias en 1502, diez años después del descubrimiento de América; en La Española (Santo Domingo) se ordenó sacerdote en 1512 (fue el primero que lo hizo en el Nuevo Mundo) y un año después marchó como capellán en la expedición que conquistó Cuba. Conmovido por los abusos de los colonos españoles hacia los indígenas y por la gradual extinción de éstos, Bartolomé de Las Casas emprendió desde entonces una campaña para defender los derechos humanos de los indios, denunciando a la institución castellana como una forma de esclavitud encubierta de los indios. Las Casas publicó en 1552 una serie de escritos críticos, entre los que se incluía la Brevísima relación de la destrucción de las Indias; en ella denunciaba los abusos de la colonización española con una amplitud de miras incomprensible para su época, pero con tal acritud que sería empleada con fines propagandísticos por los enemigos de los Habsburgo, contribuyendo a engrosar la llamada «leyenda negra».

La Ilíada de Homero fue considerada por los griegos de la época clásica y por las generaciones posteriores como las composiciones más importantes en la literatura de la Antigua Grecia. Fue muy famosa en su época y es obligatorio estudiarla en Grecia. Tiene ya una antigüedad de casi tres milenios, pues se remonta por lo menos al siglo VII a. de C. La Ilíada no relata la guerra de Troya o Ilión, sino sólo un episodio de ella: el de la cólera de Aquiles. Tal episodio se desarrolla en un tiempo brevísimo, exactamente en cincuenta y un días. En verdad las cóleras son dos y no una. Y el paso de la una a la otra divide el poema en dos partes: en la primera Aquiles decide no combatir más; en la segunda se arroja de nuevo al combate. El mundo que Homero nos presenta en la Ilíada es un mundo aristocrático vertebrado en torno a la noción de areté, de excelencia, que es la máxima posibilidad de desarrollo de las capacidades y los conocimientos humanos. Lo que los héroes homéricos ansiaban, el motor que les movía, era destacar, tener su día de gloria. Esta gloria se materializaba en el reconocimiento por parte del grupo, que le concedía el honor simbólico de un géras (personificación de la vejez), de una recompensa por su distinción. Arrebatarle a alguien su géras era privarle de su honor, de su gloria. Ésa era la raíz del conflicto que enfrentó a Agamenón y a Aquiles. Lo hermoso de la Ilíada es la manera con que pinta el mundo, como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo tantas maravillas. Otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les suenan bien, sino con palabras muy pocas y fuertes.

Durante el posterior debate se mencionó la crueldad asesina con la que los conquistadores españoles han tratado a la población originaria en Nuestramérica. Toda una intención de destruir por medio del genocidio una cultura de gente tan pacífica que habitaba en este continente, con la finalidad de alienarlos y someterlos a la entrega del oro y de la plata que tanto abundaba en nuestra región.  La iglesia católica hoy ostenta el poder mediante la exhibición del oro en las cúpulas de sus catedrales en el Vaticano y en otras iglesias del mundo. La complicidad de esta iglesia con el espíritu imperialista de los denominados colonizadores españoles queda también plasmada en la lectura del reconocido libro escrito por Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina”. Del texto de la Ilíada pudimos rescatar muchos valores, como por ejemplo, que son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y como los hombres son soberbios y no quieren reconocer que hay otros que son más fuertes o más inteligentes que ellos, se convertían en reyes por su propio poder y decían que eran hijos de los dioses. Lo más curioso es que después los sacerdotes decían que eso era verdad, y así terminaban mandando juntos, los sacerdotes y los reyes. También pudimos valorar el hecho que José Martí le haya dedicado un texto tan valioso y con tanto contenido cultural universal a los niños, para despertar en ellos la curiosidad, y poder luego profundizar en sus conocimientos. Él decía que para ser libres primero hay que ser cultos, y lo ponía en práctica al escribir textos como “La edad de oro”.

Finalmente hemos acordado abordar para nuestro próximo Taller de Lectura del mes de octubre, un texto tomado de Cubadebate: “Cubanidad y Cubanía” escrito por Miguel Barnet (Novelista, ensayista y poeta cubano, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Fundación Fernando Ortiz). Es una intervención en el espacio Dialogar, realizado en la facultad de biología de la Universidad de La Habana, el 16 de mayo de 2017.


Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba, 02 de setiembre de 2017

agosto 04, 2017

Taller de Lectura n° 99 y 100 - Julio-agosto de 2017

Taller de Lectura # 99 y 100 -  Julio-agosto de 2017

“Orígenes y vigencia del pensamiento político de Fidel”

Por: Fernando Martínez Heredia
Publicado en: Homenaje a Fidel, tomado de Cubadebate el 23 mayo 2017.

Conferencia inaugural en el XXII Encuentro Nacional de Solidaridad con Cuba, del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba. Universidad Obrera de México, San Ildefonso no. 72, Ciudad de México, 18 de marzo de 2017.

Agradezco esta oportunidad a las mexicanas y los mexicanos tan abnegados y generosos que realizan y mantienen estos encuentros.

Comienzo mi intervención por el primer indicador de la vigencia de Fidel. El homenaje que recibió, en los nueve días que siguieron a su partida, fue una consigna de hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “yo soy Fidel”. Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y no solo del XX, y también que cuando el pueblo entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible. En esos días del duelo, Fidel libró su primera batalla póstuma y la ganó; al mismo tiempo, volvió a mostrarles a todos el camino verdadero, como vino haciendo desde 1953.

Entiendo que ha sido muy atinado el tema que me han fijado los organizadores, porque en la compleja y difícil situación que estamos viviendo en nuestro continente los orígenes, los rasgos fundamentales y la vigencia del pensamiento político de Fidel pueden constituir una ayuda inapreciable. Hoy podemos avanzar mejor con esa ayuda de Fidel, pero a condición de emular con sus ideas y sus actos, para sacarles provecho en lo decisivo, que serán nuestras actuaciones. No imitando simplemente a Fidel, que nunca imitó a nadie, sino traduciéndolo a nuestras necesidades, situaciones y acciones.

Fidel brinda un gran caudal de enseñanzas, tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales. Puede aportarnos mucho conocer mejor sus creaciones y sus ideas, las razones que lo condujeron a sus victorias, cómo enfrentó Fidel las dificultades y los reveses, su capacidad de identificar lo esencial de cada situación y los problemas principales, plantear bien la estrategia y la táctica, tomar decisiones y actuar con determinación y firmeza. Si lo hacemos, será más grande su legado.

En el transcurso de la vida de Fidel pueden distinguirse tres aspectos: el joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana; y el líder latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial. El segundo y el tercer aspecto suceden simultáneamente. Vamos a asomarnos a la extraordinaria riqueza del pensamiento político del joven que se rebelaba contra todo el orden de la dominación, y no contra una parte de él, del combatiente revolucionario, del artífice de la victoria de la insurrección cubana y del despliegue y la defensa del nuevo poder revolucionario, y del conductor supremo de la creación de una nueva sociedad latinoamericana liberada, socialista, internacionalista y antimperialista.

Fidel fue hijo de una tradición que es fundamental dentro de la historia del pensamiento revolucionario cubano: la corriente radical, que ha tenido puntos en común y ha establecido una trayectoria singular. Esos radicales se fueron por encima de las respuestas políticas que parecían posibles frente a los conflictos de su tiempo y su circunstancia, y las propuestas que ellos hicieron eran llamados a violentar la reproducción esperable de la vida social. Enumero solamente a hitos dentro de esa pléyade, como son Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras.

Si exceptuamos al pensador original y colosal que fue José Martí, las prácticas revolucionarias fueron lo predominante en la historia de las posiciones y propuestas de los radicales entre 1868 y 1959. Pero, en su conjunto, ellos elaboraron un cuerpo de pensamiento que constituye una acumulación cultural de un valor inapreciable, que siempre es necesario rescatar y asumir conscientemente. Fidel partió también de la práctica, pero al mismo tiempo fue presentando y elaborando un pensamiento radical excepcional, que lo fue llevando a ocupar un lugar cimero en toda esta historia cubana, junto a su maestro José Martí.

Para el radicalismo de las revoluciones por la independencia, la república fue al mismo tiempo un gran logro y una gran frustración. La tremenda guerra revolucionaria de 1895 y el sacrificio en masa del pueblo cubano en ella constituían un legado que exigía liberar al país del dominio neocolonialista impuesto por la invasión norteamericana, y liberarlo del dominio de los ricos explotadores del trabajador y los políticos corruptos, tan voraces como sometidos al imperialismo. Mella y Guiteras habían sido las figuras máximas del gran aporte que trajeron las luchas del siglo XX: un socialismo cubano, que no era calco ni copia del socialismo europeo y que se propuso ir al asalto del cielo desde el suelo insular y latinoamericano, desde el mundo que fue colonizado. El joven Fidel Castro, dirigente estudiantil y abogado de reclamos populares, encontró y asumió muy pronto todo aquel legado de su patria y de los combates y las ideas por la libertad, la justicia social y la liberación nacional.

Fidel aprendió a ser, a la vez, patriota y socialista. A alimentarse del magisterio de Martí y a estudiar a Marx y Lenin, para poder plantearse bien la época en que vivía, sus conflictos fundamentales y las vías y métodos de la lucha por la liberación. A mi juicio, esta es una lección invaluable que nos ha brindado a la mayoría de los seres humanos del planeta, que hemos sufrido durante medio milenio la gigantesca empresa criminal de la universalización del capitalismo, genocida, ecocida y destructora sistemática de las vidas, las cualidades y las esperanzas de miles de millones de personas. De cinco siglos de colonialismo, que sigue vivo en sus formas actuales, tanto mediante sus poderosos medios económicos, culturales, de agresiones violentas y rapiña de todo tipo, como convertido en un cáncer dentro del corazón y el cerebro de los colonizados.

Fidel comprendió muy temprano que la lucha tendría que librarse al mismo tiempo contra el conjunto de las dominaciones, contra lo viejo, lo moderno y lo reciente. Pero, ¿cómo llevar esa comprensión a la práctica y volverla capaz de atraer a la mayoría oprimida, cómo crear instrumentos capaces de organizar y concientizar, de crecer en fuerzas reales y de ir ganando preeminencia, de obtener la victoria? Porque mientras no caen en crisis, los que dominan basan el ejercicio cotidiano de su poder en la hegemonía que tienen sobre la sociedad, en su capacidad de imponer su cultura, obtener consensos, engañar, ilusionar y dividir a la mayoría dominada.

El joven Fidel participó en el movimiento político cubano que fue más lejos en los intentos de utilizar la acción ciudadana, el democratismo y el sistema electoral y representativo avanzado que existía durante la segunda república, para lograr cambios realmente positivos para el país. El líder de masas Eduardo Chibás y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) concitaron el entusiasmo y la esperanza de la mayoría del pueblo, y el miedo a su triunfo fue una causa del golpe militar del 10 de marzo de 1952. La burguesía y el imperialismo demostraban que las reglas del juego de su sistema son las de un juego sucio, y que cuando es necesario son sacrificadas al valor supremo del sistema, que es mantener su poder.

Y precisamente una de las convicciones principales del joven estudioso y activista político, desde algunos años antes de 1952, era que tomar el poder resultaba un requisito indispensable para cambiar a Cuba. La nueva situación, en la que todo parecía estar mucho más lejos y había un bajo nivel de protestas, fue sin embargo entendida por Fidel como una coyuntura en la que las formas radicales de lucha podían ser viables, porque el sistema político en el que se basaba la hegemonía había sido totalmente deslegitimado. Fidel no descuidó referirse a la evidencia de que el régimen violaba la legalidad y no admitía recursos en su contra, pero se dedicó por entero a la vertebración y preparación para pelear de un movimiento clandestino, con gente sencilla del pueblo que tuviera ideales y decisión personal, y asumiera la férrea disciplina y las ideas revolucionarias como suelo común. Ninguno de sus miembros era una personalidad conocida, y muchos pertenecían a los sectores más humildes de la sociedad.

El asalto al Moncada tomó por sorpresa al país. La audacia, la valentía y el sacrificio de los participantes les granjeó la admiración popular, pero ninguna fuerza política los apoyó. Fidel lanzó La historia me absolverá, manifiesto deslumbrante que contenía hasta medidas de gobierno, pero él y sus compañeros quedaron prácticamente solos. La segunda lección que nos aportó fue el hecho mismo del Moncada, rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios, como lo definió el Che, el motor pequeño que debería poner en movimiento al motor grande. La tercera lección fue asumir la etapa de prisión como el lugar de la firmeza inquebrantable, y proponerle al país una gran revolución, aunque su realización pareciera tan lejana.

Al salir de cárcel fundó y dirigió el Movimiento 26 de Julio, de honda raíz martiana: los fines públicos, los medios secretos; la convocatoria a todo el pueblo sin exclusiones, pero en una organización férreamente unida en sus ideales, su estructura y su disciplina, decidida y con vocación de poder. Y el carácter radical de la revolución, ajeno a las discusiones bizantinas acerca de los sujetos históricos abstractos: de los humildes, por los humildes y para los humildes.

Al desatar la guerra revolucionaria en diciembre de 1956, Fidel abrió la brecha para que lo imposible dejara de serlo y el pueblo se levantara, y le brindó un lugar donde pelear a todo el que quisiera convertir sus ideales en actuación. En la cárcel había sido un visionario, ahora comenzaba a ser el líder del pueblo que iba pasando de la simpatía al compromiso y a la participación en la insurrección. Aunque sus fuerzas eran pequeñas todavía, ya era uno de los dos polos de la contradicción principal de un país que a través de prácticas tremendas comenzaba a adquirir una conciencia política revolucionaria.

Todo era sumamente difícil, y cada paso lo fue. Crear el órgano político militar capaz de combatir, crecer y llegar a vencer, y fundar y desarrollar la escuela de la guerra revolucionaria que debía producir individuos nuevos, compañerismo a toda prueba, cuadros capaces para esa etapa y para las que vendrían después de la victoria. Concebir y poner en práctica la estrategia y las tácticas acertadas, cuidar los métodos para mantener limpios los fines, no hacer concesiones que comprometieran la naturaleza de la revolución e ir consumando su liderazgo. Sumar cada vez más fuerzas del pueblo, y generalizar la convicción y la decisión de que no bastaría derrocar la dictadura, que la causa y la lucha eran para transformar a fondo la patria, y hacer realidad aquella consigna de “independencia económica, libertad política y justicia social”.

Y en todos esos terrenos y en todas las tareas que conllevaban Fidel fue el maestro, el jefe, el ser humano superior y el que veía más lejos. El 6 de junio de 1958, cuando la gran ofensiva enemiga cernía un riesgo de muerte sobre el bastión de la Sierra Maestra, le escribió a Celia Sánchez que luchar contra el imperialismo norteamericano iba a convertirse en su destino verdadero. Ahora que ya era muy difícil considerarlo un iluso, Fidel avizoraba un enfrentamiento que no parecía inminente, pero que él sabía ineluctable. Pero ahora vislumbraba el futuro con un arma en la mano y una revolución en marcha.

El segundo hecho decisivo fue consecuente con el primero, pero muy diferente a él. La resistencia y la guerra popular ganaron fuerza suficiente, derrotaron y desmoralizaron al enemigo y desembocaron en una victoria completa. En enero de 1959 la Revolución venció a la dictadura y, al mismo tiempo, destruyó los aparatos militar, represivo y político del Estado burgués.

Se hizo realidad aquella frase suya de 1955 sobre la única opción cubana: la tiranía descabezada. Pero en medio de la inmensa alegría, Fidel no se confundió. El día 8 lo dijo, al llegar a La Habana: lo más difícil comienza ahora. Porque el proceso cubano podía transcurrir, como otros, con la restauración de instituciones civiles, estado de derecho y modos democráticos, pero en un progresivo desmontaje de las fuerzas y las iniciativas de la revolución, y de la movilización y la conciencia populares. Y corromperse, dividirse y retroceder, cada vez más parecido al funcionamiento “normal” de los sistemas de dominación, hasta ser uno más entre ellos, en el mejor de los casos con una dominación modernizada.

Entonces sobrevinieron un alud de acontecimientos y un proceso vertiginoso que transformaron muy profundamente a Cuba y a los cubanos, desarmaron, vencieron y les quitaron a sus enemigos toda esperanza de recuperación, y concitaron el entusiasmo y la admiración en nuestra América y en el mundo. Fidel completó durante esta etapa su estatura de líder, fue el principal protagonista de la generación y conducción de los hechos y fue el mayor productor de las nuevas ideas revolucionarias que hasta hacía muy poco habían sido impensables.

Este es el lugar de un aporte supremo en el arte más difícil, el de la revolución verdadera. En Cuba se logró unir en una sola revolución al socialismo y la liberación nacional. Contra el capitalismo industrial europeo y su criminal expansión mundial mediante su colonialismo y su mercado, Carlos Marx y sus seguidores consecuentes desarrollaron una propuesta radical de transformación humana y social, el socialismo, y un nuevo pensamiento, el marxismo. Esta teoría social es la más capaz de proveer la comprensión de todo el capitalismo y brindar ideas acerca de la revolución contra todas las dominaciones, un alcance totalizador que se ha convertido en el requisito obligado para los que pretendan crear sociedades nuevas, liberadas. Pero en el mundo que fue colonizado había que asumir el marxismo en sus cualidades y su propuesta creadora, como un instrumento, no como un dogma, y sin actitudes de colonizado de izquierda, para enfrentar la extrema diversidad de situaciones y de culturas. La historia real de las asunciones del marxismo en el mundo que fue colonizado está llena de dificultades y desencuentros entre la cuestión social y la cuestión nacional, que más de una vez han llegado a ser trágicos.

Para vencer frente al nuevo reto, la revolución cubana fue socialista de liberación nacional. La victoria de la insurrección fue convertida en liberación nacional y social por la unión de una vanguardia que supo utilizar de manera óptima el poder revolucionario y darse cuenta de que la opción más radical era la única viable, y de un pueblo que multiplicó una y otra vez sus acciones y su conciencia, y se volvió capaz de transformarse a sí mismo y a la sociedad. La Cuba revolucionaria logró, por primera vez en este continente, fundir en una sola entidad los más altos valores de la lucha patriótica con los más altos valores de las luchas de clases, un logro trascendental de las ideas revolucionarias conseguido en la práctica de un gigantesco laboratorio social. La trascendencia de esa victoria se apreció enseguida a lo largo de América Latina, y hoy sigue vigente en la cultura de liberación latinoamericana.

La Revolución cubana provocó un avance extraordinario del pensamiento de izquierda, porque lo puso ante la opción de luchar por los ideales de cambio total de la vida y no solo por reformas, de confiar en las capacidades del pueblo y no en los intereses de determinados sectores de las clases dominantes. Probó que tenía razón y que su conducta era factible mediante sus prácticas, pero también supo exponer sus nuevas ideas y recuperó otras de la mejor tradición revolucionaria. Fidel y el Che pusieron el socialismo y el marxismo en español desde la América Latina, y lo hicieron decididamente antimperialista e internacionalista. Rescataron y asumieron la profunda propuesta revolucionaria de José Martí, crítico radical de todos los colonialismos al mismo tiempo que de la modernidad civilizadora, y promotor de una república nueva y una segunda independencia continental. Y rescataron y asumieron el socialismo cubano, que habían fundado Mella, Guiteras y las experiencias radicales de la Revolución del 30. La nueva época revolucionaria convirtió en un hecho natural que los problemas sociales principales fueran los problemas fundamentales para el pensamiento.

Fidel, un hombre muy culto y un gran lector del pensamiento europeo, se transformó entonces en un educador popular, que supo utilizar la más reciente tecnología como instrumento. Incansable, fue el primer dirigente político en el mundo que usó la televisión para llevar a cabo una campaña colosal de concientización revolucionaria de un pueblo entero. Se comenta con sonrisas la extensión de sus discursos, pero es que se trataba de la comunicación del conductor con la masa más humilde de la nación y con los que habían considerado que la política era oficio de demagogos y delincuentes. Fidel es el jefe máximo, pero conversa con todos y su comunicación es horizontal. Por eso se le escucha siempre con emoción, no solo con la razón, y nadie lo llama por sus cargos, sino solamente por su nombre de pila, Fidel. Es demasiado grande para necesitar títulos.

El Che ha descrito con acierto singular al maestro Fidel en un párrafo de El socialismo y el hombre en Cuba que invito a leer, en el que dice que su “particular modo de integración con el pueblo solo puede apreciarse viéndolo actuar”.

En menos de dos años, la vanguardia se fue multiplicando y la mayoría del pueblo abrazó la Revolución, y la explotación del trabajo ajeno, las humillaciones, las discriminaciones y los desprecios dejaron de ser hechos naturales para convertirse en crímenes. Fidel fue el principal protagonista de la gran revolución socialista, que cambió las vidas, las relaciones sociales, los sueños de la gente y de las familias, las comunidades y la nación. Para lograrlo se convirtió, como para todo lo importante, en el conductor, el líder amado, la pieza maestra del tablero intrincado de la unidad de los revolucionarios y del pueblo.

En aquel tiempo la actuación tuvo que consistir, para todos y al mismo tiempo, en estudio, trabajo y fusil. Ahora los individuos de vanguardia se elegían en asambleas y el trabajo realizado era el mayor timbre de honor. En las grandes jornadas nos unimos todos. Fidel fue –como cantara el poeta—la mira del fusil, y el pueblo todo –como dijera el Che—se volvió un Maceo. La nueva y mayor victoria de Fidel fue que el pueblo entero se cambiara a sí mismo y se armara con nuevas cualidades, valores y capacidades, y la conciencia social confundiera sin temor los nombres de comunista y fidelista. A la sombra de aquel árbol tan frondoso, las conquistas se convirtieron en leyes, y las leyes en costumbres. Y a diferencia de los vehículos corrientes, el carro de la Revolución no tiene marcha atrás. Fidel dijo de manera tajante, hace más de veinte años, que en Cuba no volverá a mandar nunca una nueva clase de ricos.

El antimperialismo ha sido uno de los rasgos principales de la Revolución cubana, desde el designio que le expresara José Martí a Manuel Mercado en mayo de 1895, porque Estados Unidos ha sido siempre enemigo de la existencia de Cuba como país soberano y libre. Los revolucionarios radicales del siglo XX fueron antimperialistas, y Fidel heredó la comprensión de ese requisito básico de todo proyecto de liberación verdadera del país y de imperio de la justicia social. No emplearé tiempo en referirme aquí a la sistemática, ilegal, inmoral y criminal política de agresión permanente contra Cuba que mantiene Estados Unidos desde 1959 hasta hoy, que incluye una supuesta ofensiva de paz desde hace poco más de dos años. El antimperialismo es una constante permanente de la política revolucionaria cubana.

De Fidel hay que decir que durante toda la vida combatió al imperialismo norteamericano, y supo vencerlo, mantenerlo a raya, obligarlo a reconocer el poder y la grandeza moral de la patria cubana. Pero, sobre todo, enseñó a todos los cubanos a ser antimperialistas, a saber que esa es una condición necesaria para ser cubano, que contra el imperialismo la orden de combatir siempre está dada, que como dijo un día el Che –su compañero del alma—, al imperialismo no se le puede conceder ni un tantito así. La soberanía nacional es intangible, nos enseñó Fidel, y no se negocia.

El legado de Fidel es muy valioso para combatir confusiones y debilidades que resultarían suicidas, y para denunciar complicidades. Nos ayuda a comprender que Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades, como una sobre determinación en contra de la autonomía de los Estados, el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de liberación de los pueblos. La explotación y el dominio sobre América Latina es un aspecto necesario de su sistema imperialista, y siempre actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio.

Desde 1959 en adelante, Fidel fue el mayor impulsor y dirigente del internacionalismo, ese brusco y hermoso crecimiento de las cualidades humanas que le brinda más a quien lo presta que a quien lo recibe. Cuba ha aportado apoyo solidario sin exigencias. Combatientes, médicos, maestros, técnicos, el ejemplo impar de quienes jamás dieron lo que les sobraba, un paradigma revolucionario, con Fidel siempre al frente, audaz y fraterno.

Fidel amplió y desarrolló en muy alto grado el contenido y el alcance de las prácticas y las ideas revolucionarias mundiales mediante el internacionalismo cubano. Sería una iniciativa fecunda recoger y publicar una amplia selección de sus criterios y consideraciones acerca de este tema, cuya importancia es estratégica en la coyuntura mundial que estamos viviendo.

El internacionalismo es, además, la antítesis del bloqueo. Sometiendo a Cuba a esa prueba terrible solamente lograron hacerla más unida y más fuerte en su decisión, más socialista a su sociedad y a su poder revolucionario, más humana a su gente en la capacidad de ser solidaria y volverse un haz de trabajo, voluntad y amor compartidos, más consciente políticamente frente a todas las circunstancias, hechos, desafíos y necesidades, y también frente a las maniobras más hábiles de nuestros enemigos. La conciencia desarrollada es el escudo y el arma de un pueblo culto, y permite a las personas ser muy superiores a lo que parece posible.

El internacionalismo practicado durante más de medio siglo por cientos de miles de cubanas y cubanos, sostenidos por el amor y la admiración de sus familias y sus paisanos, ha sido y sigue siendo una rotunda victoria sobre el bloqueo. Creyeron que podían acorralarnos y aislarnos, rumiando miserias, y Cuba se ha multiplicado entre los pueblos del planeta, ha sabido darse al acudir a colaborar y a hermanarse con tantos pueblos que no conocíamos, contribuyendo así al desarrollo de una cultura muy superior y ajena a la del egoísmo y el afán de lucro capitalistas. Al mismo tiempo, el internacionalismo nos ha dado mucho más que lo que hemos aportado, en términos de desarrollo humano y social.

No debo extenderme mucho más, para no quitarle tiempo al intercambio, que siempre es tan valioso. Permítanme comentar, o enumerar al menos, otros aspectos de sus ideas y su trayectoria que me parecen muy importantes a la hora de referirnos a su legado.

1-Partir de lo imposible y de lo impensable, para convertirlos en posibilidades mediante la práctica consciente y organizada y el pensamiento crítico, conducir esas posibilidades actuantes hacia la victoria, a la vez que se forman y educan factores humanos y sociales suficientes para poder enfrentar situaciones futuras. Mediante las luchas, los triunfos y las consolidaciones, convertir las posibilidades en nuevas realidades.

2- No aceptar jamás la derrota. Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin cesar contra ella. Me detengo en cinco casos importantes en su vida en que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el proceso de rectificación y la batalla de ideas. En 1953, respondió a la derrota del Moncada con un análisis acertado de la situación para guiar la acción y un apego a los fines mediatos para mantener la moral de combate. Cuando todos creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario. En 1956, frente al desastre del Granma, respondió con una formidable determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la lucha elegida, porque él sabía que era la vía acertada.

En 1970, comprobó que lograr el despegue económico del país era extremadamente difícil y tardaría mucho más de lo pensado, pero entonces apeló a los protagonistas, mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es poder”. En1985, fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo que iba a suceder en la URSS, que le traería a Cuba un gran desastre económico y una agravación del peligro de ser víctima del imperialismo, pero su respuesta fue ratificar que el socialismo es la única solución para los pueblos, la única vía eficaz y la única bandera popular, que lo necesario es asumirlo bien y profundizarlo. Entonces movilizó al pueblo y acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos de la Revolución cubana en su lucha para sobrevivir, lanzó y protagonizó la batalla de ideas, con sus acciones en defensa de la justicia social, su movilización popular permanente y su exaltación del papel de la conciencia.

3- La determinación de mantener la lucha en todas las situaciones, cualesquiera que fuesen. Al estudiar a los revolucionarios, a aquellos que se lanzan a pelear por transformaciones sociales profundas, sería muy conveniente considerar como concepto a la determinación personal.

4- Organizar. Esa fue una constante, una verdadera fiebre de Fidel. Ojalá que ese aspecto primordial dentro de su legado no sea descuidado, y sea comprendida su importancia vital.

5- La comunicación siempre, con cada ser humano y con las masas, en lo cotidiano y en lo trascendente. Esta es una de las dimensiones fundamentales de la grandeza de Fidel, y es uno de los rasgos básicos del liderazgo.

6- Utilizar tácticas muy creativas y estrategias impensables, que eran, sin embargo, factibles.

7- Luchar por el poder y conquistarlo. Mantener, defender y expandir el poder, que es un instrumento fundamental para los cambios humanos y sociales. En términos abstractos se puede discutir casi eternamente acerca del poder, pero solo las prácticas revolucionarias logran convertir al poder en problemas que puedan plantearse bien, y resolverse.

8- Crear los instrumentos revolucionarios y formar a los protagonistas. Tomar las instituciones para ponerlas a nuestro servicio, no para ponernos nosotros al servicio de ellas.

9- Ser más decidido, más consciente y organizado, y más agresivo, que los enemigos.

10- Enseñar y aprender al mismo tiempo, con los compañeros y con la gente del pueblo con la que se comparte, y en cuanto sea posible, con todo el pueblo. Recuerdo que el Che tituló “Lo que aprendimos y lo que enseñamos” a un texto breve que escribió un mes antes del triunfo, para la prensa revolucionaria. Es una pieza de análisis profundo y previsor, testimonio de la gran escuela que estaban pasando.

11- Ser siempre un educador. Fidel considera que la educación es un elemento fundamental para que el ser humano se levante por encima de sus necesidades y sus propensiones más inmediatas, y se vuelva capaz de actuar con propósitos cada vez más elevados y de albergar motivaciones y valores correspondientes a ellos. Solo de ese modo crecerán los seres humanos y la sociedad socialista, violentando la escasez material y la multitud de obstáculos de todo tipo que se levantan contra ella, y se crearán cada vez más fuerzas y capacidades que desarrollen la nueva sociedad.

En la medida en que el pueblo se levante espiritualmente y moralmente, será participante consciente del proceso liberador y será capaz de todo, complejizará sus ideas y sus sentimientos y enriquecerá su vida.

12- Que la concientización y la movilización estén en el centro del trabajo político, no solo para que se cumplan los fines de este, sino para que la política llegue a convertirse en una propiedad de todos.

13- Avanzar hacia formas de poder popular. En un buen número de aspectos de la gran aventura de la creación de la nueva sociedad y la participación en la revolución mundial de los oprimidos, Fidel vivió los afanes y las vicisitudes de los límites que les ponen a la actuación las limitaciones del medio, los obstáculos y los enemigos. La transición efectiva del capitalismo al comunismo, había escrito el joven Marx, no será tan fácil como ganar una discusión conceptual, tendrá que suceder en una etapa histórica a la que el gran pensador alemán calificó de prolongada y angustiosa. Fidel fue el mayor promotor y el abanderado del desarrollo de un sistema de poder popular que gobernara en grado creciente la transición socialista. Desde los inicios de la Revolución estuvo creando y defendiendo experiencias prácticas e instituciones, y exponiendo ideas en ese terreno que constituyen una herencia inapreciable.

Ese legado también resulta muy necesario hoy, cuando el capitalismo enarbola su democracia desprestigiada, corrupta y controlada directamente por oligarquías, y les exige a los gobernantes tímidos y a los opositores respetuosos que se atengan a sus reglas como a artículos de fe, una actitud que sería suicida, porque esas reglas están hechas para conservar el sistema de dominación capitalista.

Sería interminable la exposición de la inmensa riqueza del pensamiento político de Fidel. Señalo solo como ilustración su planteamiento en 1969 de que, a diferencia de lo que estimaba el marxismo originario, que el socialismo sería consecuencia del desarrollo del modo de producción que llamamos desarrollado, en la gran mayoría del planeta que fue colonizada el desarrollo tendrá que ser consecuencia de la existencia de poderes socialistas.

Pero debo detenerme. Hay que aprovechar la cantidad enorme de maravillosas historias humanas de Fidel, ese es un regalo invaluable. Pero no podemos quedarnos ahí: hay que rescatar a Fidel completo, todo su caudal inagotable de cultura política y de línea política revolucionaria práctica, de maestría en la conducción, de cuidar siempre al pueblo por sobre todas las cosas, de mantener firmemente el poder en todas las situaciones y crear y cuidar los instrumentos del poder, combinar la ética y la política, entender la educación como palanca eficaz para lograr tanto las transformaciones que hacen crecer y ser mejor al ser humano como las que permiten crear el socialismo, defender la soberanía nacional y practicar el internacionalismo. Y muchos aspectos más.

Quisiera, sin embargo, reclamar que no nos quedemos solamente con el legado de su pensamiento, ni con la impresionante suma de su actuación pública. No olvidemos nunca al ser humano altruista que no aceptó gozar de triunfos personales y lo compartió todo con su pueblo y con los pueblos, al individuo preocupado por cada persona con la que hablaba o le planteaba un problema, por los compañeros que colaboraban directamente con él, sin guiarse por los cargos ni los niveles de cada uno. Lo que se publicó en diciembre pasado acerca de este ser humano Fidel es solo la punta del iceberg de su personalidad.

Mil facetas podrían ser evocadas. El austero, ajeno a la ostentación y el oropel, el comandante de abrumadora sencillez para todos los que le conocieron. El individuo infatigable, ejemplo con su actuación que sin palabras de reproche estimulaba a los que se cansaban. El cautivador, presto a gastar su tiempo en cada tarea de enseñar, mostrar o convencer. El dirigente que sabía escuchar, que no temía oír, y era un temible preguntador. El que recordaba los nombres de la gente común, y les preguntaba por sus familiares. El que era siempre el centro, donde quiera que se presentaba, y nunca era el autócrata ante el que hay que bajar la cabeza y obedecer.

Baste añadir que la vida de Fidel es imposible de encuadrar. Y que su última voluntad, retorno después de una vida en el proscenio al magisterio de José Martí, el que dijo que todas las glorias del mundo caben en un grano de maíz, es una lección para que aprendamos a identificar bien la verdadera grandeza.