Círculo de Lectura # 192 - Abril de 2025
“La Revolución cubana, 66 años después"
Tesis sobre la actualidad y el futuro de la Revolución
cubana Publicado en La Tizza, Cuba el 02 de enero de 2025
Por Dayron Roque Lazo, (La Habana, 1987). Licenciado en Periodismo.
Máster en Desarrollo Social. Profesor asistente de la Facultad de Comunicación
de la Universidad de La Habana. Actualmente coordina la publicación Contexto
Latinoamericano. Es periodista de la revista Alma Mater.
1.
Cuba aguanta (no es poco, y es mucho)
La Revolución arriba al 66 aniversario de su triunfo
cuando el país atraviesa la peor crisis que haya vivido en los últimos 100
años. Eso es un dato. Ha sido necesario desplegar contra el pueblo cubano el
más inimaginable y abarcador cerco económico, financiero, mediático, comercial,
político y (algunas veces) militar para intentar liquidar la Revolución y el
apoyo popular a la misma.
Los errores propios, inducidos en no poca medida por las
condiciones de un país que vive en medio de una virtual guerra, sostenida
durante mucho tiempo, con todas las consecuencias que ello entraña, tienen, por
supuesto, responsabilidad en el actual escenario. No obstante, (hasta ahora)
los planes de rendir por hambre, desesperación y miseria al pueblo cubano han
fracasado. Eso, también, es un dato.
Después de aguantar medio siglo, en 2005, Fidel Castro
fue el primero en darse cuenta de que lo único que habíamos hecho era eso:
aguantar. No es poco; y es mucho. Las razones de esa resistencia radican, en lo
esencial, en la rica historia del pueblo cubano como reservorio ético de la
nación y la persistencia de una (aunque desgastada) hegemonía (aun) favorable
al imaginario y realizaciones de la Revolución.
2.
La crisis de la Revolución cubana no
significa su muerte (ni necesariamente su antesala)
El momento crítico que vive el país no significa, de
manera ineluctable, que la Revolución cubana se haya perdido o que esté cerca
de hacerlo. De manera simétrica, ello tampoco significa que esté asegurada para
siempre su propia existencia y éxito.
Este es un momento de agudización extrema de las
contradicciones como no se había visto desde la época de la virtual guerra
civil que vivió el país entre 1959 y 1965, el cual se saldó entonces — en
condiciones geopolíticas y nacionales muy distintas a las actuales — con un
triunfo revolucionario.
Sin embargo, la muerte de la Revolución cubana — en los
múltiples significados de la misma: el derrocamiento del mundo anterior y el
proyecto y la práctica de un tipo específico de transición socialista en el
Tercer Mundo latinoamericano y caribeño; la fuerza social que le es inherente y
la articulación de sus consensos internos; la institucionalidad y sus
desviaciones; los hechos y realizaciones concretas; los imaginarios y los
símbolos; entre otras acepciones — puede ocurrir no como un hecho súbito, sino
como resultado del continuo vaciamiento de esos significados, de los cuales, la
reinstauración del Ancien Régime sería solo su último cuadro: se desdibuja la
transición socialista como horizonte y como práctica; se pierde la fuerza
social que la sostiene materialmente cuando no se reproducen los consensos y
pactos esenciales que la arman; se desarticula la institucionalidad estatal y
la institucionalidad revolucionaria y las desviaciones ya no sirven para
profundizar en la Revolución, sino para enterrarla; pierden significado los
símbolos e imaginarios mientras son sustituidos por otros, de carácter
reaccionario; desaparecen los hechos y realizaciones concretas que han sido la
base del bienestar material del pueblo cubano...
3.
La Revolución cubana tiene (todavía)
un horizonte estratégico (para avanzar hacia él)
La resistencia es un acto revolucionario, pero no basta
por sí mismo para llenar de contenido al hecho revolucionario, también es
necesario un horizonte hacia el cual caminar — aunque este se aleje con cada
nuevo paso—.
Antes, Liberté, Egalité, Fraternité encarnaron una
perspectiva — y unas condiciones de posibilidad — que fueron abandonadas con el
triunfo de sucesivas contrarrevoluciones burguesas: la fraternidad fue, quizás,
su principal víctima. A pesar de — o incluso por— su propia crisis, la
Revolución cubana conserva un horizonte estratégico, fruto no solo de la utopía
histórica de la transformación (revolucionaria) del mundo, sino también de la
comprobación de la insostenibilidad del (des)orden mundial del capitalismo y el
imperialismo. Ese horizonte es estratégico, en primer lugar, porque es un
impulso ético — «ese sol del mundo moral»—, y no una moralina (falsamente)
revolucionaria: la libertad de «vivir sin tener (que ponernos) precio»; la
igualdad en dignidad y derechos; la fraternidad (y sororidad) como necesidad
para «preparar el terreno para la bondad» y llegar a ser «bondadosos con
nosotros mismos». Frente a la crisis de certezas de la (pos) modernidad
capitalista, la Revolución provee una manera de imaginar la sociedad y sus
relaciones del cual no se puede desprender la izquierda y que ya ha ensayado
sus potencialidades y desafíos en la accidentada transición socialista cubana.
Ese horizonte estratégico de «alcanzar toda la justicia» continúa siendo una
línea roja en los intentos en curso de restauración capitalista.
4.
Hay que terminar (de hacer) la
Revolución cubana
La Revolución cubana es un hecho inconcluso: no solo por
la propia etimología del concepto, sino por su condición misma de existencia.
Como hecho inconcluso, hay que terminarlo. Viviendo, como vive, la más intensa
crisis de su existencia, si no se supera por la izquierda, se hará por la
derecha.
Hay planes en curso con ese propósito. Ello implica, en
términos prácticos, revitalizar algo tan (aparentemente) lejano como el
programa del Moncada hasta las sucesivas actualizaciones cuyo último impulso
fue la Batalla de Ideas dirigida por el comandante en jefe, Fidel Castro. Todo
lo que vaya en un sentido distinto a esa línea debe ser rechazado por
contrarrevolucionario y antisocialista.
La promesa fundacional de la Revolución de «la dignidad
plena del hombre» está por completarse. Hay un sector del pueblo cubano que,
aun en medio de las actuales y durísimas circunstancias, a lo que aspira es a
más Revolución si es que ello significa «igualdad y libertad plenas», «ser
tratado y tratar a los demás como seres humanos» y hacer realidad «nuestros
sueños de justicia». Por más descontento (legítimo) que acumulen, sus demandas
no son menos revolucionarias que las contenidas en «La Historia me absolverá».
No hay manera de entender la historia de las luchas, las
victorias y las derrotas populares en la América Latina y el Caribe de los
siglos XX y XXI, desligada del hecho histórico de la Revolución cubana. No se
trata solo de la profunda vocación latinoamericana y caribeña — y, por
extensión, tercermundista — de la Revolución. En 1961, el triunfo sobre la
invasión mercenaria en Playa Girón significó que los «pueblos de América Latina
[y el Caribe] fueran un poco más libres». La permanencia de la Revolución creó
las condiciones de posibilidad para el triunfo de otras experiencias (de
distintos grados de profundidad revolucionaria) en el continente, tanto en
tierra firme como en los archipiélagos caribeños: del triunfo del presidente
Salvador Allende Gossens al de Hugo Chávez, de la victoria de la Revolución
Sandinista a la de la Revolución Granadina. Una derrota de la Revolución cubana
implicaría también la derrota de los pueblos en lucha y resistencia de nuestro
continente. La Revolución cubana ha sido como ha podido ser, y renunciar a
defenderla por cuidar intereses nacionales no solo resultará en el abandono al
pueblo cubano sino en el abandono, en diferido, a los pueblos que dicen
proteger con el aparente alejamiento de la Revolución cubana.
6.
Fidel es Fidel (y nadie podrá sustituirlo
cuando ya no está)
El comandante en jefe de la Revolución cubana es uno
solo: Fidel Castro. Eso lo sabemos bien. Fidel tuvo el privilegio — y como él
mismo reconoció en su día, también la suerte — de conducir el camino en medio
del fuego intenso del asedio estadounidense, la traición de los dirigentes de
un socialismo realmente (in)existente y las múltiples crisis del mundo
globalizado y neoliberal, hostil a cualquier proyecto alternativo.
El siglo XX de la descolonización, de la dignidad recuperada
del Tercer Mundo, de las luchas antimperialistas, no puede entenderse sin él.
Como dijo José Martí sobre Simón Bolívar, «los hombres no
pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que
calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las
manchas. Los agradecidos hablan de la luz». No podemos ser Fidel; no habría
nada más antifidelista que decir eso: necesitaríamos dormir y comer tan poco
como él; hablar (y pensar, y hacer y mantener la coherencia entre lo que se
piensa, se habla y se dice) tanto y durante tanto tiempo como él; dominar
tantas y tantas cosas como él; correr tan deprisa y tan angustiosamente como él
y soportar, como él, todos los sacrificios personales. Pero podemos hacer otras
cosas:
Así como un día Fidel se rebeló contra las oligarquías y
los dogmas revolucionarios; las revolucionarias de este siglo debemos
rebelarnos contra cualquier intento que nos invite, en nombre de Fidel, a ser
cómplices del imperialismo o de la restauración del capitalismo o que nos llame
a petrificar el concepto de Revolución (solo porque está inscrito en el
monolito que guarda sus restos). Queda aún la enorme tarea de construir una
Cuba revolucionaria sin (su) tutela fundacional.
7.
(Sí), hay que cambiar todo lo que debe
ser cambiado (pero solo eso no hace la Revolución)
Será porque es el segundo elemento de la definición o
porque es el más fácilmente manipulable, pero «cambiar todo lo que debe ser
cambiado» se ha convertido en la excusa perfecta tanto para los oportunistas de
siempre — por aquello de «cambiar todo»—, para los gatopardistas de turno —
«cambiar[lo] todo» para que nada cambie— , como para los inmovilistas de toda
la vida — no hagamos nada mientras respondemos a la pregunta de ¿qué es lo «que
debe ser cambiado»?—. La Revolución es «cambiar todo lo que debe ser cambiado»,
pero no hacia la nada, cual salto al vacío o sin consciencia alguna de las
finalidades y los contenidos de lo que se cambia.
Cambiar no significa, por sí mismo, hacer la Revolución
y, llegados a un punto, hacer la Revolución significará «echar el freno de mano
de la historia». Lo que distingue el cambio revolucionario del cambio
reaccionario es que el primero se provoca, se induce como condición de la
existencia misma de la Revolución (no de su reverso). Cambiar, en Revolución,
significa «correr el límite de lo posible».
8.
«Aspiramos (pero con nuestra acción,
no con nuestras narices)» al poder (todo el poder)
Reivindicamos, desde la experiencia de la Revolución
cubana, el derecho legítimo a cambiar el mundo y tomar — y, en el caso cubano,
mantener y defender— el poder. La mejor condición de posibilidad de hacer
cambios revolucionarios es tener y mantener un (fuerte) poder revolucionario
que sea garante de esos cambios. La historia de la Revolución cubana demuestra
que el poder es más revolucionario en la medida en que es más popular: que
socializa más la deliberación, la toma de decisiones, el control popular y
fortalece el vínculo entre el liderazgo y el pueblo. También entiende que no
debe confundirse autoritarismo con la autoridad necesaria para el ejercicio del
poder, ni ser este concebido como «un pedazo de salchichón». Una revolución
vale lo que sabe defenderse.
9.
«Es hora de volver a hacer el viaje
a la semilla de José Martí»
El triunfo de la Revolución cubana, en enero de 1959, no
fue el espectáculo de un rayo que tocó tierra en medio de una tarde soleada y
despejada. Fue el resultado de la incubación de fuerzas extraordinarias
arrastradas por el magma de la historia de la nación y la nacionalidad cubanas.
Puede no ser rigurosamente histórico determinar la existencia de «una sola
Revolución», pero sí es un hecho de evidencias políticas la línea que une las
primeras ansias cubanas de patria y libertad con la resistencia épica de los
tiempos actuales.
La Revolución cubana vive momentos de peligro como nunca
antes y la clave, como hace más de 130 años, es «colocar al centro de la
estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ¡Con todos y
para el bien de todos!».