Círculo de Lectura # 209
– Septiembre de 2026
“Tres Héroes”
Tomado
del libro de José Martí: “La Edad de Oro”.
• Bolívar, de Venezuela
• San Martín, del Río de la Plata
• Hidalgo, de México
José
Martí fue uno de los más grandes poetas americanos, y el gran héroe de la
independencia cubana, donde se lo conoce y venera como el Apóstol. Nació en La
Habana en 1853 y vivió en España entre 1871 y 1874, deportado a raíz de sus
ideas políticas. Se dedicó a la poesía desde muy joven. A la vez, estudió en
Zaragoza Derecho y Filosofía y Letras. Residió posteriormente en México desde
1874 a 1877. Vivió en Guatemala poco tiempo y regresó a México donde contrajo
matrimonio y tuvo un hijo, a quien plasmó en sus poesías que llevan su nombre,
Ismaelillo. En su prolongado destierro vivió en Caracas y luego residió en
Nueva York, donde trabajó como traductor de una editorial y colaboró con varios
diarios y revistas, entre ellos La Nación de Buenos Aires.
En 1889
publicó La Edad de Oro, su revista para niños. En 1892 fundó el Partido
Revolucionario Cubano y se dedicó a esta causa en México, Santo Domingo y otros
países. En 1895 estalló la Revolución, y se entablaron luchas en la Isla,
adonde habían desembarcado las fuerzas; en un enfrentamiento, en el Combate de
Dos Ríos, José Martí perdió la vida, en 1895, a los 42 años de edad. Su
literatura es de una gran sencillez y ternura, con un excelente manejo del
vocabulario castellano. Fue un escritor que representó la transición americana
entre el romanticismo y el modernismo literarios. Pero el modernismo de José
Martí se opone a la literatura cargada de artificios de su época.
Cuentan
que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo
del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde
estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles
altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se
movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque
todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a
todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A
todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad
es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin
hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre
que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre
honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el
gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con
obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació, los
hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede
pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden
vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres,
y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un
hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay
hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres
para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la
llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con
rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por
lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía
antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario
quitarse la carga, o morir.
Hay
hombres que viven contentos, aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen
como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En
el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta
cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que
tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con
fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es
robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un
pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres
hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata;
Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que
hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el
sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los
desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la
luz.
Simón
Bolívar, libertador suramericano nacido en Caracas, Venezuela
Bolívar
era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían
de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a
caballo. Era su país, su país oprimido que le pesaba en el corazón, y no le
dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo
no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan,
cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos,
porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos
tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de
Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía
que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían echado
del país. Él se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su
tierra.
Un
negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a
pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a
Venezuela. Liberto a la Nueva Granada (Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela).
Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de
Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medios desnudos. Todo
se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su
lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto,
ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto
fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de
América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de
pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa
Marta. Murió pobre, y dejo una familia de pueblos.
El
Padre Hidalgo de México
México
tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por muchos:
media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su
país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un
cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde
niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no
quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa
de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo
XVIII, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a
hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio
maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos
como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien:
la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la
abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para
cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes.
Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas
limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de
Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido
de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos
de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con
todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los
caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios
iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le unió un
regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró
triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento,
lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas
de mano. Él dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal
de las haciendas. El declaró libres a los negros. Él les devolvió sus tierras a
los indios. Él publicó un periódico que llamó El Despertador Americano. Ganó y
perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro
día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y
para vengarse de los españoles. Él les avisaba a los jefes españoles que, si
los vencía en la batalla que iba a darle, los recibiría en su casa como amigos.
¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase
la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de
él; y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota
cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como
para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le
dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y
en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una
jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron
los cadáveres descabezados. Pero México es libre.
José de
San Martín, Libertador de Argentina y Chile
San Martín fue el libertador del sur, el padre de la
República Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo
mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en
España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, los
españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los
niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una noche a una compañía,
disparándole tiros y más tiros desde un rincón del monte: al niño lo
encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una
luz, y sonreía, como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la
batalla de Bailen, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía de
acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía: su caballo iba y venía por
el campo de pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba
para hacerse libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba
a cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires; no dijo discursos: levantó un
escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en mano
se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el
tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera. En los otros
pueblos de América los españoles iban venciendo: a Bolívar lo había echado
Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba muerto: O'Higgins salió huyendo
de Chile; pero donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay
hombres así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue a
libertar a Chile y al Perú. En diez y ocho días cruzo con su ejército los Andes
altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos;
abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones.
San Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de
Maipo, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile. Se
embarca con su tropa, y va a libertar el Perú. Pero en el Perú estaba Bolívar,
y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, y murió en brazos de su
hija Mercedes. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera
el parte de una batalla. Le habían regalado el estandarte que el conquistador
Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento
al Perú. Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta:
pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron algunas
veces lo que no debían querer; pero ¿que no le perdonará un hijo su padre? El
corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son
héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en
pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la
ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle
a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.