Círculo de Lectura # 208 – Agosto de 2026
“La
hora de la resistencia: del orden muerto a la independencia definitiva”
Editorial
de La Tizza
14 de
mayo de 2026
https://latizzadecuba.org/la-hora-de-la-resistencia-del-orden-muerto-a-la-independencia-definitiva/
I.
Si algo
valioso tiene el lenguaje de Donald Trump es que es desnudo. No se esconde en
eufemismos ni se demora en circunloquios diplomáticos. Su amenaza de enviar un
portaaviones a tomar Cuba una vez terminado el trabajo en Irán no es una
hipérbole de campaña, ni una pieza más de su caótico estilo negociador, ni una
broma de una improbable sobremesa imperial. Es la confesión textual de una
política que nunca fue otra cosa que la preparación del golpe final.
Durante
décadas, amplios sectores se debatieron anacrónicamente entre reformas sí y
reformas no, entre concesiones tácticas y gestos de buena voluntad, entre la
esperanza de una negociación razonable y el cálculo de cuánto ceder para que la
bestia calmara su retórica. Trump ha destruido de un plumazo toda fe en ese
supuesto escenario, y nos ayuda — hay que reconocerlo — a descorrer el velo de
esa absurda hojarasca. Todos los que han creído con ingenuidad extrema en los
últimos meses que era posible algún escenario razonable de negociación,
salieron trasquilados. A Trump nunca le interesó negociar; solo ganar tiempo.
Su lenguaje descarnado nos ha ahorrado el trabajo de la hermenéutica: ya no es
necesario leer entre líneas; ahora podemos leer la cubierta de un buque de
guerra.
Mientras
menos tiempo perdamos tratando de desentrañar la dinámica alocada de sus idas y
vueltas, intentando poner paréntesis entre su retórica y nuestra capacidad real
de interlocución, o debatiéndonos obsesivamente en qué podemos conceder para
modificar la política del enemigo hacia Cuba, menos tiempo estaremos
regalándole a quien ya ha decidido. El único escenario posible y realista hoy
es prepararse sin demora y con absoluta responsabilidad para una guerra
asimétrica integral.
Cuba
ha hecho todos los esfuerzos posibles para evitar la guerra, sin que alcanzar
el silencio de los cañones implique hundirse en el cieno de la vergüenza.
II.
Pero la
desnudez del lenguaje imperial revela algo aún más profundo y definitivo. No es
que el presidente de turno desprecie el orden internacional; es que ese orden
que supuestamente garantizaba condiciones mínimas de seguridad a países y
pueblos ha muerto. Y algunos se empeñan — también dentro de nuestras filas — a
seguirle midiendo los signos vitales a un cadáver que hace tiempo se pudre.
Cuba es
miembro de los BRICS, signataria de la gran mayoría de los acuerdos que la
inscriben dentro de la arquitectura global de Naciones Unidas, y ha desplegado
durante décadas una ayuda humanitaria desinteresada al Sur Global que la hace
acreedora moral de cualquier orden que pretenda llamarse civilizado. Y sin
embargo, un portaaviones anunciado para tomar La Habana no provoca la
convocatoria urgente del Consejo de Seguridad, ni sanciones preventivas, ni siquiera
la amenaza creíble de un aislamiento diplomático multilateral. Provoca
silencios. Provoca cálculos mezquinos de potencias que se creen a salvo.
Provoca, en el mejor de los casos, comunicados tibios que nadie teme y que
nadie cumplirá.
Habría
que ir más lejos: lo que Trump hace no es decretar la defunción del sistema,
sino desnudar la impudicia de su funcionamiento real. Lo que ha muerto no es el
sistema, sino la precaria armonía entre sus partes fuertes. Junto a las vidas
prescindibles de siempre, el hegemón clásico ha sacrificado también a los
teloneros del sistema y a ese andamiaje llamado «orden internacional», porque
ahora le estorban en su ofensiva geopolítica contra competidores que ya no son
externos al capitalismo sino que emergen de su propio marco cultural, racional
e ideológico. Cuando la competencia se planteaba contra lo que se percibía como
«antisistémico» — aunque tal oposición fuese más imaginada que cierta, como
terminó sucediendo en el caso de la URSS— , el sistema necesitó contrapesos,
equilibrios, un telón de fondo para su hegemonía. Hoy, cuando el desafío se
plantea en términos abiertamente intercapitalistas y proviene de potencias que
han minado el pacto de Breton Woods — mediante el cual Washington emergió
incuestionado urbi et orbi — , ese orden internacional se ha vuelto un
obstáculo. Ocurre con el orden internacional lo mismo que con el liberalismo
clásico: cuando la elasticidad del Estado dejó de ser útil para absorber la
energía de las luchas y reivindicaciones populares, el capital gestó el
Consenso de Washington y la recomposición neoliberal de las dictaduras
latinoamericanas. La criatura sacrifica ahora el andamiaje de su autoría, por
insuficiente.
Gastemos,
entonces, menos tiempo en convocar la reacción de un orden ya muerto y
empleemos todas las fuerzas posibles en construir uno nuevo a punta de fusil.
Un orden donde la garantía de seguridad no sea un papel depositado en Ginebra,
sino la certeza de que cada palmo de tierra será defendido, y de que esa
defensa será el hecho fundante de una legalidad internacional insurgente,
nacida de los cañones de la dignidad y no de las actas notariales del imperio o
los chistes semanales delirantes de un poseso. Pero no es la locura el rasgo
fundamental de Trump, sino un orden capitalista que necesitó darse tamaña
arquitectura delirante para sostenerse a toda costa y a cualquier costo.
III.
Que
nadie espere, sin embargo, un decimoséptimo Estado que venga a rescatarnos. La
amarga realidad ha confirmado que la ayuda energética rusa fue una ventana
temporal, colegiada y negociada con el propio imperio previamente. No existe
hoy un bloque geopolítico con la voluntad real y la capacidad estructural de
desobedecer a Washington y modificar la arquitectura de excepción impuesta
sobre Cuba. Ese es el dato desnudo de nuestra soledad táctica, y asumirlo no es
derrotismo: es el primer acto de la verdadera estrategia.
Pero
hay un dato que Estados Unidos, Trump y su selecto grupo de fascistas en el
poder intentan ignorar con la arrogancia de quien solo sabe leer kilotones y
cabezas nucleares: la enorme lección de Irán y el Eje de la Resistencia, de las
fuerzas movilizadas iraquíes, de los yemenitas que doblegaron la logística
saudí, de Hezbolá que resiste los persistentes ataques de las tropas israelíes
en el sur del Líbano, en medio incluso de — evitemos reírnos ante tal
dramatismo de los hechos — un «alto del fuego» que como siempre solo cumplieron
las víctimas. Esos pueblos no tenían portaaviones, ni un Consejo de Seguridad
que los amparara, ni un bloque geopolítico que los salvase. Tienen una
doctrina. Una auténtica y genuina pedagogía de la resistencia que el imperio
nunca ha sabido descifrar.
El
imperialismo puede capitalizar golpes «quirúrgicos», asesinar generales,
destruir infraestructuras y administrar el espectáculo de su poder aéreo. Pero
hay una variable que escapa a todos sus algoritmos: la resistencia de desgaste.
La guerra asimétrica prolongada desangra presupuestos, quiebra consensos
domésticos, devora mayorías parlamentarias y convierte cada victoria táctica en
una derrota política. La resistencia es, ciertamente, más costosa en vidas y es
infinitamente más eficaz políticamente que someterse para conservar una vida
que, sin soberanía, ya no lo es o tiene mínimas garantías de serlo. Elegir la
resistencia no es un acto de heroísmo suicida; es el cálculo racional de quien
ha entendido que la vida bajo ocupación es una muerte diferida, y que la única
moneda que el imperio respeta es el costo inaceptable que un pueblo está
dispuesto a infligirle y asumir. No llegamos a este punto de la historia por
poetas; una y otra vez, a las malas y a las malas, nos han obligado a escribir
con sangre para soñar y tener patria, bandera, pueblo, «la tierra, el agua, el
aire… el fuego».
IV.
La
reciente orden ejecutiva firmada por Trump es la expresión material de ese
nuevo estado de cosas. No se trata de una vuelta de tuerca más al bloqueo: es
la formalización escrita de un estado de excepción total sobre Cuba. Cualquier
gesto hacia la Isla, incluso el solidario o el humanitario, queda totalmente
prohibido bajo su articulado.
Buscan
precipitar el colapso interno por asfixia, sin testigos incómodos, sin
cooperantes, sin alimentos, sin medicinas. Es la guerra por otros medios,
codificada en lenguaje de decreto.
Para
justificarla, el imperio mantiene un juego permanente de narrativa doble que
merece ser desmontada con urgencia y precisión. Por un lado, «Cuba está a punto
de caer», «es la próxima», «es un Estado fallido» que no requiere sino un
empujón final. Por otro, Cuba es una «amenaza inusual y extraordinaria para la
seguridad nacional de los Estados Unidos», a tal punto que se le destina un
portaaviones.
¿En
qué quedamos? Si somos una amenaza capaz de infligir daños de semejante
magnitud, ¿cómo es que estamos a punto de caer? Si estamos a punto de caer,
¿para qué necesitan un estado de excepción total y el despliegue de su poder
naval?
La
respuesta es simple: ninguna de las dos afirmaciones es verdadera. Son piezas
intercambiables de una maquinaria de propaganda diseñada para justificar lo que
no tiene justificación. Y nosotros… ¿Qué haremos? ¿Volvernos especialistas en
discursos de fondo y subrepticios, no visibles?
Todo
está en la superficie, quien no desee verlo, que no espere curar su presbicia
con un portaviones a cien yardas de las costas de Cuba.
Pero
tomemos en serio, por un instante, la lógica del adversario. Si Cuba, este
primero de mayo, obligó a quinientas mil personas a marchar frente a la
embajada de Estados Unidos en La Habana en medio de esta crisis, si forzó a más
de seis millones de cubanos a firmar una declaración contra las políticas del
imperio, entonces estamos ante un régimen con un poder de coacción sobrehumano,
capaz de movilizar voluntades en una escala que el propio imperio no puede
igualar. Si ese poder es real, deberían pensarlo dos veces antes de atacar:
¿cómo lidiar con un país que controla de tal modo a su población?
Pero
si, por el contrario, esas marchas y esas firmas no fueron producto de coacción
alguna, si nacieron de un auténtico deseo de defender a Cuba más allá de
cualquier amenaza, si fueron el gesto libre de una nación que no necesita ser
obligada para defender lo suyo, entonces deberían pensarlo aún más. Porque lo
que tienen enfrente no es un Estado fallido ni una población que los recibirá
con flores, sino un pueblo cohesionado, dispuesto a resistir a cualquier costo
y por cualquier medio.
En
cualquiera de los dos casos, la conclusión es la misma: invadir Cuba sería el
error más costoso y prolongado de la historia imperial norteamericana.
Y como
dijo antes de morir nuestro Fernando Martínez Heredia: «Que se les ocurra a los
americanos, como si es con un energúmeno de presidente; a nosotros nos da
igual, lo mismo si es un tipo simpático que si es un energúmeno, los dos nos
dan igual».
V.
Pero no
hemos llegado hasta aquí por generación espontánea. El ataque a las Torres
Gemelas fue el pretexto para la instalación del estado de excepción interno que
se instauró con la Ley Patriota dentro de los Estados Unidos, rompiendo aquel
pacto de no irrupción en las vidas privadas que supuestamente defiende el
capitalismo. Ese orden de excepción fue trasladado luego al mundo con las
guerras de Afganistán e Irak: dejó de importar cualquier marco jurídico. Las
necesidades internas de un orden mundial definido y delimitado por Washington
pasaron a ser lo esencial.
Trump
no es una anomalía ni un accidente; es el producto del retorno de aquel
proyecto neoconservador que quedó incompleto.
Pero no
se engañe nadie, no habríamos llegado hasta aquí sin el episodio de Gaza. Allí,
en aquel genocidio transmitido en directo, se inauguró este nuevo orden de
excepción global. La comunidad internacional aceptó la comisión de un genocidio
sobre vidas prescindibles, vidas matables sin consecuencia jurídica ni
política.
No
comprendimos en aquel momento que en Gaza no se estaba violando el derecho
internacional; se estaba fundando un nuevo orden, uno donde la barbarie es
pública, consentida y televisada. Y ese es el orden bajo el cual un portaaviones
amenaza hoy a Cuba.
Irán es
en esta época lo que fue el Ejército Soviético en la suya: el único poder con
voluntad real de no ceder y de modificar contra el imperialismo la actual
correlación de fuerzas. Pero la pregunta que arde en Nuestra América es otra:
¿dónde está el Eje de la Resistencia en América Latina? Es urgente
constituirlo, y para ello las lógicas de Estado no nos van a servir de mucho.
De ellas solo provienen llamados al diálogo, al respeto de un orden
internacional muerto y la apelación a un multilateralismo que huele a muerte
antes incluso de haber nacido.
La
guerra en el Golfo Pérsico ha mostrado que en un escenario asimétrico es
decisivo el control sobre vías y recursos estratégicos. Por tanto, es necesario
advertir con toda claridad: todas las bases de Estados Unidos en América Latina
se convertirán de facto en objetivos legítimos. Cada país del Caribe que preste
su territorio para movimientos de tropas contra Cuba, o que deje libres sus
vías navegables para el tránsito de portaaviones, o su espacio aéreo para el
paso de aeronaves y drones norteamericanos, se colocará a sí mismo en el campo
de batalla. Todas las bases en Florida y en el territorio costero
norteamericano que puedan servir de abastecimiento serán también objetivos legítimos,
así como las zonas de tránsito de mercancías usadas por los Estados Unidos.
Esta no
es una amenaza ni una bravata de trinchera. Es la descripción técnica de lo que
significaría una guerra asimétrica prolongada contra un imperio logísticamente
dependiente de una red hemisférica de bases, rutas marítimas y puntos de apoyo.
El enemigo nos obliga a pensar en términos de guerra total. Lo debemos hacer
con la frialdad y la calentura del que defiende su existencia, que en realidad
no es solo la suya.
Todos
los grupos de solidaridad con Cuba, todos los movimientos dispuestos al máximo
internacionalismo posible, deben prepararse para desencadenar escenarios de
resistencia dentro de sus propios países que incluyan las bases norteamericanas
como objetivos legítimos, dentro y fuera de Estados Unidos. Solo una
resistencia organizada y regional podrá permitirnos modificar la correlación de
fuerzas. No se trata únicamente de derrotar este nuevo escenario de agresión
que el imperio impone a Cuba y a toda la región. Se trata de eliminar de una
vez al imperialismo norteamericano de Nuestra América.
Trump,
sin saberlo, nos da la posibilidad histórica de desatar la verdadera lucha por
la independencia de nuestros pueblos y cerrar ese nefasto capítulo de nuestra
historia que es el imperio norteamericano. Lo que él ofrece como amenaza de
muerte, nosotros lo recibimos como la oportunidad, largamente postergada, de
completar la independencia inconclusa.
No
pedimos permiso para defendernos. No convocamos a un orden que ya no existe. No
solicitamos el amparo de instituciones que validaron el genocidio. Le decimos
al imperio, con la calma de quien se juega cosas mucho más sagradas que
permisos para recibir una inversión, que cada portaaviones desplegado, cada
base utilizada, cada dron lanzado, cada barco de abastecimiento, tendrá una
respuesta en tiempos, lugares y formas que nosotros elegiremos.
Y le
decimos al pueblo de los Estados Unidos que estamos a tiempo de evitar que sean
arrastrados a una confrontación, urdida en los cómodos salones de Washington,
por los mismos que dan la espalda a los graves problemas sociales que les
aqueja como pueblo. Una confrontación a la que sabrán con precisión el minuto
en que entran, pero no podrán afirmar el momento en que saldrán ni a qué
costos. A los pueblos de América Latina y el Caribe, les decimos que ha llegado
la hora de decidir.
No
habrá neutralidad posible en esta hora. Será la resistencia organizada o será
la complicidad cobarde. Será la independencia definitiva o será la servidumbre
permanente.