Taller de Lectura n° 157 – Mayo de 2022
“Fidel
y el marxismo de la Revolución cubana: rebelión contra los dogmas”
Por
Frank Josué Solar Cabrales - Jefe de Departamento de Historia y Patrimonio
Universitario en Universidad de Oriente. Cuba.
Esta es
una doctrina revolucionaria y dialéctica, no una doctrina filosófica; es una
guía para la acción revolucionaria, y no un dogma. Pretender enmarcar en
especies de catecismos el marxismo, es antimarxista.
La
diversidad de situaciones inevitablemente trazará infinidad de
interpretaciones. Quienes hagan las interpretaciones correctas podrán llamarse
revolucionarios; quienes hagan las interpretaciones verdaderas y las apliquen
de manera consecuente, triunfarán; quienes se equivoquen o no sean consecuentes
con el pensamiento revolucionario, fracasarán, serán derrotados e incluso
suplantados, porque el marxismo no es una propiedad privada que se inscriba en
un registro; es una doctrina de los revolucionarios, escrita por un
revolucionario, desarrollada por otros revolucionarios, para revolucionarios.
Fidel Castro, 3 de octubre de 1965.
Los
caminos del marxismo revolucionario en la Cuba de la década de 1950 discurrían
fuera de los cauces del Partido Comunista. La confluencia de una serie de
factores contribuyó a que esa agrupación no fuera un instrumento eficaz de
vanguardia para llevar adelante un proceso de transformaciones. Aunque
generalmente se ha atribuido esta incapacidad al anticomunismo rampante propio
de la época de la guerra fría y el macartismo, sus causales deben buscarse
sobre todo en el rechazo a la degeneración burocrática que había sufrido la
Unión Soviética luego de la llegada al poder de Stalin, y a los errores
cometidos en su trayectoria política, que le habían enajenado el apoyo de
amplios sectores populares.
Para la
joven generación de revolucionarios de los años cincuenta el partido de los
comunistas no solo era aquel que había pactado con Fulgencio Batista en 1940,
sino también el que había mantenido a lo largo de esa década una política
reformista, de adecuación a los límites de la democracia liberal, y el que frente
al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 planteaba un frente unido de los
partidos opositores para la participación electoral y la movilización de masas,
en dirección contraria a una salida insurreccional. Si el Partido Socialista
Popular (PSP) había pasado a la ilegalidad bajo el batistato se debía en lo
fundamental al clima reinante de guerra fría, no porque su praxis y sus
objetivos constituyeran una amenaza revolucionaria a la dominación de la
burguesía. El partido que detentaba la representación oficial del marxismo en
Cuba contaba con una militancia de esforzados luchadores, cuya disciplina y
entrega en el combate por demandas concretas de los trabajadores eran
proverbiales, pero no se proponía una alternativa de ruptura violenta con la
dictadura, y condenaba sistemáticamente, al menos hasta 1958, cualquier
tentativa de insurgencia armada. Al decir del Che: «son capaces de crear
cuadros que se dejen despedazar en la oscuridad de un calabozo, sin decir una
palabra, pero no de formar cuadros que tomen por asalto un nido de
ametralladora».
El
partido que, en teoría, debía organizar a la clase obrera para tomar el poder y
encabezar una revolución socialista se encontraba inhabilitado para esa tarea.
Esta situación explica que la vanguardia política e intelectual de la nueva
hornada de revolucionarios, movida por aspiraciones socialistas de
transformación, al mismo tiempo rechazaba el marxismo de origen soviético y su
representante nacional. Estos jóvenes, para llevar adelante sus ideales de
redención y justicia social, buscaban sus principales referentes ideológicos y
políticos en la tradición del socialismo cubano, que desde la década del veinte
había existido en paralelo con la vinculada a las directrices comunistas
salidas del Kremlin:
En el
proceso histórico del socialismo como política revolucionaria en Cuba
existieron dos líneas que están claramente definidas: la de un socialismo
cubano, que encuentra su expresión mayor en las décadas de los años veinte y
treinta del siglo XX en Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras, y la de un
socialismo inscrito en el movimiento comunista internacional. Mella y Guiteras
encontraron el camino del socialismo cubano: antiimperialismo intransigente,
ideal comunista, insurrección armada, frente revolucionario y ganar en la lucha
el derecho a conducir la creación del socialismo.
Solo
entendiendo las influencias y expresiones ideológicas del socialismo cubano en
esta generación se puede comprender la madurez de un documento como ¿Por qué
luchamos?, testamento político de los hermanos Luis y Sergio Saíz Montes de
Oca, dos adolescentes de un pequeño pueblo de Pinar del Río, asesinados el 13
de agosto de 1957.
La
pretensión de emprender una revolución socialista en Cuba mientras se condena
tanto al capitalismo draconiano y explotador como al «falso paraíso del
trabajador» de la Rusia Soviética no es un planteamiento extraño ni un
«destello luminoso», sino el reflejo de la organicidad de una corriente de
pensamiento extendida entre los jóvenes insurreccionales de los cincuenta. Sus
críticas al socialismo de corte estalinista son de izquierda, no provienen de
un anticomunismo ramplón. Ellas le señalan, por el contrario, no ser
suficientemente revolucionario ni socialista.
En la
misma cuerda se ubican los manifiestos programáticos de fuerzas insurgentes
tales como el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y el Directorio
Revolucionario (DR), donde se encuentran referencias al socialismo como meta de
sus luchas.
El
cuadro descrito más arriba revela la complejidad del contexto en el cual se
produjeron los acercamientos iniciales del joven Fidel Castro al marxismo. Su
primera lectura de un texto marxista, cuando cursaba el segundo o tercer año de
sus estudios universitarios, a finales de los cuarenta, fue El Manifiesto
Comunista, que le causó una profunda impresión:
Tendría
20 años cuando entré en contacto con la literatura marxista; era una mentalidad
virgen, no deformada y muy receptiva, una especie de esponja condicionada a lo
largo de toda mi experiencia — desde que pasé hambre a los seis o siete años,
desde que era muy niño — , de todas mis luchas (…) Le encontré una gran lógica,
una gran fuerza, un modo de expresar los problemas sociales y políticos de una
forma muy sencilla, elocuente.
Las
obras marxistas que captaban su interés con mayor fuerza eran aquellas
dedicadas a los análisis histórico-políticos y a la lucha de clases, entre
ellas El 18 Brumario de Luis Bonaparte, y Las guerras civiles en Francia.
Profundizó sobre todo en El Estado y la revolución, de Lenin, por sus consideraciones
acerca del poder y su toma revolucionaria. Con esas lecturas Fidel no se asumió
explícitamente marxista, pero asimiló varias de sus lecciones y enseñanzas, y
las interpretó de manera creadora de acuerdo con las condiciones concretas de
Cuba. Según sus propias palabras, del marxismo obtuvo el concepto de lo que es
la sociedad humana y la historia de su desarrollo, y una brújula para
orientarse con precisión en los acontecimientos históricos. Y aunque mantenía
excelentes relaciones personales con los militantes comunistas, compartía la
visión crítica de su generación hacia el estalinismo y la política exterior
soviética, así como hacia la praxis y trayectoria política del PSP.
El
espíritu rebelde de Fidel, forjado desde su infancia y adolescencia, se
encontró en la Universidad de La Habana con las ideas más avanzadas y radicales
de su tiempo, y allí inició un proceso de aprendizaje político y de desarrollo
de su conciencia revolucionaria. Por eso afirmaba en relación con la Colina
universitaria: «aquí me hice revolucionario, aquí me hice martiano, aquí me
hice socialista».
Con
todo, el componente esencial en su formación política e ideológica no provenía
de los clásicos del marxismo sino de la historia nacional, de la tradición de
rebeldías del pueblo cubano, del legado de sus luchas por la liberación
nacional y la justicia social. Fidel se nutrió del acumulado de una cultura
política radical preponderante en el pensamiento y la acción de los
revolucionarios cubanos, que tuvo en Martí su principal maestro y exponente más
destacado, y que proveyó al país de una revolución popular de independencia y
de una larga sucesión de combates e ideas por la justicia y la libertad. Fidel
da continuidad a ese radicalismo, del que aprendió que sus actos, sus ideas,
sus propuestas y sus proyectos debían ser «muy subversivos respecto al orden
establecido y sus fundamentos, y muy superiores a lo que parecía posible al
sentido común y a las ideas compartidas en su tiempo, inclusive a las de otros
revolucionarios».
Fidel
llegó al marxismo por la senda que le había abierto José Martí, y por eso
asumió en él una condición revolucionaria: yo venía siguiendo una tradición
histórica cubana, una gran admiración por nuestros patriotas, por Martí,
Céspedes, Gómez, Maceo. Antes de ser marxista fui martiano, sentí una enorme
admiración por Martí; pasé por un proceso previo de educación martiana, que me
inculqué yo mismo leyendo sus textos. Tenía gran interés por las obras de
Martí, por la historia de Cuba, empecé por aquel camino.
La
única forma que tenía el marxismo de ser revolucionario en la Cuba de los
cincuenta era emprender un camino propio, nuevo, que tomara en cuenta los datos
concretos de la realidad nacional para irse por encima de ellos y plantear un
proyecto eficaz de subversión total de la sociedad.
Cuando
ocurre el golpe militar de marzo de 1952 Fidel pertenece al ala izquierda del
Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), un movimiento de masas heterogéneo y
policlasista que pretendía llevar hasta sus últimas consecuencias, sin
trasponer sus límites, el reformismo democrático burgués de la segunda
república. Heredera de los ideales de la revolución del 30, traicionados y
frustrados por los gobiernos auténticos, la Ortodoxia había encarnado la
esperanza de una vida mejor para las mayorías populares a través de la lucha
contra la corrupción y el adecentamiento de la vida pública.
El
golpe sepultó no solo esa esperanza, sino la legitimidad y el crédito de todo
el orden político anterior, que garantizaba la reproducción de la hegemonía
burguesa. Frente a la nueva situación Fidel comprende, a diferencia de la
dirigencia ortodoxa, pasiva y confundida por los acontecimientos, que «el
momento es revolucionario y no político». Entiende que necesariamente tendrá
que ser muy creativo y rebelde para no seguir los caminos trillados de
participación electoral, abstención anodina o compromisos sin principios con
los corruptos de ayer, que conducen a callejones sin salida; y dar forma a
nuevas vías y métodos para la liberación.
Por
eso, a partir del análisis de las circunstancias propias y de la interpretación
de las aspiraciones y necesidades populares, con las herramientas de la
formación política que había acumulado y de las experiencias vividas, se dedicó
a la articulación de un movimiento clandestino dispuesto a combatir para
movilizar al pueblo y guiarlo a la conquista revolucionaria del poder.
De los
sectores más humildes de la sociedad y de la misma Juventud Ortodoxa que en
1948 había proclamado como su aspiración ideológica fundamental «el
establecimiento en Cuba de una democracia socialista» y definido que la lucha
por la liberación nacional de Cuba era «la lucha contra el imperialismo
estadounidense», salió el grueso de los asaltantes al cuartel Moncada. Las
acciones del 26 de julio de 1953 sorprendieron a todos porque rompieron con
todo lo que parecía posible. Los protagonistas no habían sido ninguno de los
actores principales del drama político nacional. La oposición a la dictadura
hasta ese momento había transcurrido por los canales pacíficos de las
declaraciones de denuncia y condena, de la resistencia pasiva y legal, y los
insurreccionalistas auténticos y ortodoxos, que contaban con abundantes medios
bélicos y con la experiencia de antiguos combatientes revolucionarios y de los
grupos de acción de los años treinta y cuarenta, no pasaban de la promesa de
operaciones armadas que nunca se concretaban.
De los
muros del Moncada surgió, de manera inesperada y prácticamente de la nada, sin
fortunas ni grandes recursos, sin tribunas, espacios de poder ni militancia
numerosa, contando solo con el esfuerzo de gente sencilla de pueblo y unas
pocas armas de escaso calibre, una nueva vanguardia revolucionaria, inserta en
un complejo entramado de relaciones donde pugnaban diversos factores políticos,
cada uno con intereses y objetivos distintos. El 26 de julio de 1953 abrió el
camino de la lucha armada contra la dictadura batistiana, pero esa fecha no
significó solo un asalto contra las oligarquías, sino también contra los dogmas
revolucionarios, como diría el Che. Entre ellos los que certificaban la
imposibilidad de desarrollar en Cuba una insurrección victoriosa de carácter
popular contra el ejército, menos a 90 millas del imperialismo norteamericano,
y que el modo de derrocar a Batista era a través de transacciones políticas o
de conjuras de pequeños grupos de civiles armados con conspiraciones militares.
Cuando
en el juicio a los sobrevivientes del asalto se presentó como elemento
acusatorio un libro de Lenin encontrado en el apartamento de Abel Santamaría en
25 y O, Fidel respondió que sí leían a Lenin, porque quien no lo hiciera era un
ignorante, pero lo cierto es que no se limitaban a la lectura: los principales
dirigentes del movimiento, Fidel, Abel y Jesús Montané, realizaban círculos de estudios
de obras marxistas durante los meses previos a la acción. Si el marxismo estuvo
presente en los análisis sociales y de situación de los líderes, la inspiración
fundamental común a todos los asaltantes era la figura de José Martí, su
ideología radical y democrática. Así lo declaraban en el Manifiesto a la Nación
que sería leído por radio en caso de éxito: «La Revolución declara que reconoce
y se orienta en los ideales de Martí, contenidos en sus discursos, en las Bases
del Partido Revolucionario Cubano, y en el Manifiesto de Montecristi; y hace
suyos los Programas Revolucionarios de la Joven Cuba, ABC Radical y el Partido
del Pueblo Cubano (Ortodoxos)». Resalta entre los programas asumidos como
propios el de la Joven Cuba, que se proponía como objetivo «que el Estado
cubano se estructure conforme a los postulados del Socialismo», y planteaba una
línea insurreccional para lograrlo.
Uno de
los aportes prácticos más significativos de la Revolución cubana a la teoría
marxista es la importancia de la determinación personal para la creación de las
llamadas condiciones subjetivas en una situación revolucionaria, y de la
función pedagógica que para la movilización del pueblo tienen los hechos
consumados, las promesas cumplidas, los ejemplos heroicos individuales y
colectivos. Para cualquier empeño insurreccional una derrota militar como la
sufrida en los asaltos a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo podía haber
significado un golpe terminal e irreversible. Unos pocos meses antes, el 5 de
abril de 1953, varios miembros del Movimiento Nacional Revolucionario fueron
apresados cuando estaban a punto de emprender una operación de toma de la
fortaleza de Columbia, en coordinación con militares complotados. El hecho
representó el fracaso del proyecto insurreccional de esa organización y marcó
el inicio de su declive. En cambio, Fidel y los sobrevivientes del asalto al
Moncada mantuvieron la decisión de continuar peleando bajo cualquier
circunstancia y convirtieron el juicio que se les siguió en la plataforma para
hacer llegar su mensaje revolucionario al pueblo y obtener una extraordinaria
victoria política.
En
especial el alegato de autodefensa de Fidel, conocido como La historia me absolverá,
distribuido clandestinamente de forma masiva en todo el país, fue el vehículo a
través del cual no solo se denunciaron los crímenes de la tiranía contra los
combatientes del 26 de julio de 1953, sino también se dieron a conocer la
ideología que los animaba y los objetivos que perseguían. Se convirtió en el
primer programa de la Revolución, además de por las medidas de beneficio
popular que relacionaba, porque explicaba que ellas solo podrían realizarse
mediante la conquista del poder por métodos revolucionarios y con la
participación protagónica de las mayorías en esa lucha.
El
documento contiene un brillante análisis marxista de la estructura de
dominación de clases que existía en Cuba, y define como pueblo, en función de
la lucha, a la masa trabajadora y humilde del país, que sufría bajo el yugo de
la dictadura, pero que también padecía un sistema social de opresión y
exclusión. De ese modo, se dirigía a las fuerzas populares que debían conformar
el frente revolucionario, aquellas en las que se apoyaría y a cuyos intereses
respondería un gobierno salido de la insurrección victoriosa, e identificaba en
el campo enemigo, más allá de Batista y sus aparatos represivos, a las «manos
extranjeras», los «poderosos intereses», los «poseedores de capital».
En La
historia me absolverá se exponía de forma nítida que el objetivo de la
Revolución era cumplir la promesa de soberanía nacional y justicia social
largamente postergada desde la manigua y la propuesta martiana, y otra vez
preterida y traicionada en la Revolución del 30. Ello significaba que la lucha
no se agotaba con el derrocamiento de una dictadura sino que implicaba el
inicio de cambios económicos, políticos y sociales de profundo calado que
transformaran las estructuras de dominación e injusticia de la sociedad cubana.
Para los jóvenes moncadistas el ideal revolucionario se sintetizaba en la
siguiente tríada ideológica: libertad política, independencia económica,
justicia social; extendida en el imaginario político cubano a partir de las
jornadas de lucha contra Machado y la primera dictadura de Batista. Aunque en
el texto no se mencionara la palabra socialismo, en las condiciones concretas
de la Cuba de 1953, un país subdesarrollado y dependiente, sojuzgado por el
imperialismo, las medidas que proyectaba solo podrían ser cumplidas y llevadas
hasta sus últimas consecuencias con una revolución socialista. Las exigencias
de libertad, independencia, igualdad y justicia social eran ya incompatibles
con los límites que imponía el capitalismo. Así lo explica el propio Fidel:
Para
nosotros, ya aquella era una lucha por una revolución profunda, pero todavía en
todo aquel período no estaba planteada una revolución socialista. Ya se había
publicado mi discurso de autodefensa en el Moncada. Cualquiera que lea en serio
dicho material, y lo lea bien, ve que hay un programa, que ahí están todos los
gérmenes de una revolución mucho más progresista, de una revolución socialista:
hablo de utilizar los recursos en el desarrollo del país, de la ley urbana, de
la propiedad de la vivienda, la reforma agraria, de las cooperativas; ya digo
el máximo que se puede decir en tal período, el programa más ambicioso que se
podía proclamar y que fue la base de todo lo que hizo la Revolución. Ya era el
programa de un marxista-leninista, de alguien que comprendía bien la lucha de
clases, que cuando habla de pueblo se refiere a los sectores humildes, los
campesinos, los obreros, los desempleados; hay una concepción clasista
planteada en La historia me absolverá, un programa que era el primer paso hacia
el socialismo.
Al
salir de prisión el 15 de mayo de 1955, gracias a la campaña popular por la
amnistía, Fidel se concentró en una batalla política de denuncias contra la
tiranía. Uno de los principales objetivos que se proponía era demostrar la
inexistencia de garantías y de un clima favorable para desarrollar la lucha
cívica. Desde el mismo momento de su excarcelación, incluso antes, había
proclamado su adhesión a una solución democrática: «La única salida que le veo
a la situación cubana es elecciones generales inmediatas». Este cambio de
actitud, motivado por razones tácticas, generó desconcierto en algunos sectores
insurreccionales. Sin embargo, en una de sus declaraciones públicas, una frase
resultaba reveladora sobre los verdaderos objetivos de su giro táctico y el
carácter radical que signaba toda su actuación: «si lo bueno posible no se
alcanza, luchar por lo imposible es mejor».
En
realidad Fidel no había abandonado la tesis insurreccional, pero no contaba con
recursos, y priorizaba las labores de organización, proselitismo y propaganda
por sobre los aprestos guerreros. Para su proyecto de insurrección armada
popular, que rebasaba los límites de la «conspiración cuartelera» y el
atentado, resultaba vital ganarse el respaldo de las masas, y ese fue el centro
de su actividad política, entrevistas y artículos, en los días posteriores a la
amnistía.
Aún se
veía a sí mismo y a sus seguidores como parte de la Ortodoxia, y apreciaba en
la defensa de la línea chibasista de independencia la posibilidad de conquistar
el apoyo de su militancia, mayoritariamente partidaria de esa postura. Dentro
del amplio y heterogéneo movimiento ortodoxo representaba la alternativa más
consecuente y con mayores posibilidades de ganar adeptos: la que sin pactar con
los auténticos, no se quedaba en declaraciones pasivas y se disponía seriamente
a la lucha armada.
A la
par de esta negativa a llegar a acuerdos o alianzas con otros partidos
políticos, en especial con las tendencias auténticas, pretendía aprovechar las
oportunidades mínimas dadas por Batista en su intención de mostrar una cara
civilista y de paz, para desarrollar una lucha política abierta que le
permitiera aunar en un bloque a las amplias bases ortodoxas, las de origen
popular, y a los movimientos que llamaba «fuerzas morales» del país.
Aunque
la prédica aglutinadora tuvo resultados parciales, la incorporación de jóvenes
de diversas procedencias y de cuadros y militantes del MNR al grupo inicial de
combatientes del Moncada, fue suficiente para que al integrarse oficialmente su
primera Dirección Nacional el 12 de junio de 1955, el Movimiento Revolucionario
26 de Julio fuera un organismo con extensión por toda la geografía nacional y
con las estructuras organizativas mínimas para emprender el reinicio del enfrentamiento
armado contra la dictadura. Llevada al límite la «apertura democrática» de
Batista, quien realmente nunca estuvo dispuesto a dar espacio a la lucha
cívica, Fidel partió al exilio el 7 de julio de 1955 con un aumento de su
autoridad revolucionaria en la opinión pública, ya notable a su salida de la
prisión, y dejando en Cuba un aparato político-insurreccional propio. Cuando
quedó demostrado que el uso de la violencia sería la única salida, decidió
fiarlo todo a los esfuerzos de su organización y continuar un camino independiente,
ahora de lucha armada.
Varios
miembros de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio compartían una
visión radical de los objetivos de la Revolución, como se puede apreciar en un
editorial que publicaron en mayo de 1956: «Cuando se precise hasta las últimas
consecuencias la idea democrática y socialista de la revolución nacional toda
la acción está dirigida hacia ese rumbo». En ese sentido insistían en la
necesidad de que la organización contara con un programa más amplio y extenso
para presentar al pueblo. Incluso algunos de ellos iniciaron en 1956 en Cuba
las labores de redacción de una síntesis programática que tuviera en cuenta las
experiencias y realidades de la lucha desde 1953.
Sin
embargo, Fidel se manifestaba contrario a la elaboración de un programa de ese
tipo que limitara las posibilidades y el alcance de la lucha. La historia me
absolverá sería durante toda la insurrección la base programática del
Movimiento 26 de Julio, que en lo adelante se caracterizaría por la relativa
indefinición de su proyecto político de transformaciones, esbozado en líneas
gruesas en manifiestos y proclamas, pero no explicitado al detalle en
documentos doctrinarios. Los suyos son principios generales que están en la
base del pensamiento revolucionario cubano desde los años treinta, y que
pudiéramos considerar universales dentro del magma ideológico de la década del
cincuenta, asumidos por casi todos los movimientos antibatistianos. Expresión
de aspiraciones populares, esos ideales de justicia, libertades democráticas y
soberanía nacional aparecían recogidos en varios programas del espectro
político cubano. Lo que distinguía al Movimiento 26 de Julio en el conjunto del
campo opositor era la radicalidad de los objetivos que se proponía y de los
medios que empleaba para alcanzarlos. Para sus militantes la Revolución, a
través de la lucha armada y de la participación protagónica del pueblo, no
podía limitarse al cese de la dictadura y a un funcionamiento adecuado y
equilibrado de la institucionalidad republicana, sino producir profundas
transformaciones de las estructuras sociales, políticas y económicas del país,
que beneficiaran a sus capas más humildes.
Las
razones que convirtieron al Movimiento 26 de Julio en la organización hegemónica
de la oposición a la dictadura de Batista y la colocaron en condiciones de
dirigir la revolución fueron variadas:
·
Haber
producido el primer hecho armado de la insurrección, y obtener de él un saldo
político favorable a pesar de haber constituido una derrota militar. Una
conducta de firmeza y coherencia en sus promesas, que se cumplen aun a riesgo
de la vida, y en la cual los hechos acompañan a las palabras. Esa capacidad de
aportar el hecho revolucionario movilizador, con oportunidad, le va a atraer la
simpatía y la confianza del pueblo, sobre todo de sectores juveniles que habían
perdido la fe en los políticos tradicionales.
·
El
discurso ideológico del Movimiento 26 de Julio, muy abarcador y atractivo, sin
definiciones sectarias, logró expresar las aspiraciones de los sectores más
humildes e identificarse con ellos, y le permitió contar con una gran
resonancia política y social.
·
El
liderazgo carismático, permanente y ascendente de Fidel, al interior y hacia
fuera del M26, que se va profundizando y adquiriendo mayores significados
durante todo el proceso, y que a partir de mayo de 1958 consigue centralizar en
su persona la dirección política y militar de la Revolución.
·
La
práctica de una política de principios, que se maneja con flexibilidad. Actitud
intransigente ante posibilidades de junta militar e intervención extranjera.
·
Empleo
hábil de la propaganda, a la que se otorga la máxima importancia.
·
Capacidad
de sumar actores, partiendo de un status inicial de célula, de grupo cerrado, y
de crecer rápidamente en espacio y número. Una política efectiva de alianzas
con otras organizaciones sin comprometer su programa revolucionario, buscando
siempre la supremacía del Movimiento.
·
La
creación de organismos de frente, como el Frente Estudiantil Nacional, el
Frente Obrero Nacional y la Resistencia Cívica, más allá de su militancia
directa, que le permitió movilizar el apoyo de amplios y disímiles sectores
sociales.
·
Saber
reponerse y superar sus propios errores y fracasos. Se recuperó de ellos en muy
poco tiempo. Convirtió derrotas en victorias, a una velocidad impactante.
En la
década de los cincuenta la doctrina oficial «marxista-leninista» de la Unión
Soviética establecía que en los países que habían sido colonizados no se podía
siquiera plantear la posibilidad de la victoria de una insurrección conducente
a una revolución socialista, porque debían primero completar una etapa de
desarrollo capitalista, donde a los trabajadores y comunistas les correspondía
apoyar a sus burguesías nacionales para que cumplieran sus tareas democráticas
y progresistas. Tal postura teórica iba acompañada de una política de
coexistencia pacífica entre el campo del «socialismo real» y el mundo
capitalista, que abandonaba la perspectiva internacionalista de la lucha de
clases y desalentaba el surgimiento de rebeliones contra la dominación del
imperialismo y las burguesías autóctonas en el llamado Tercer Mundo.
La
Revolución cubana fue la herejía que, encabezada por Fidel, no solo subvirtió
por completo el orden social imperante en Cuba, sino transgredió los roles que
ese esquema teórico asignaba a las realidades y a las rebeldías de los pueblos,
y destrozó todos los cálculos y pronósticos de lo posible en el equilibrio
geopolítico entre las grandes potencias. Demostró que era factible, partiendo
de las condiciones concretas de un país con una estructura de dominación
neocolonial como Cuba, y apelando a la fuerza, organización y movilización de
los más humildes, desplegar una insurrección popular victoriosa que se
planteara objetivos trascendentes de liberación nacional y justicia social. El
líder rebelde que en junio de 1958, en plena Sierra Maestra, resistiendo una
ofensiva militar de la dictadura, advirtió que su destino verdadero sería
luchar contra el imperialismo norteamericano, enseñó y aprendió, junto con su
pueblo, que solo con el socialismo podíamos librarnos del dominio extranjero y
construir una sociedad de igualdad y libertad plenas. Y nos dejó, como lección
eterna de incalculable valor que para una revolución lo más sensato y
recomendable, es decir, lo mejor, será siempre luchar por lo imposible.
Taller de Lectura
25 de Mayo 245
Cel: 294 4 622 747
Bariloche