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noviembre 01, 2023

Círculo de Lectura # 175 – Noviembre de 2023

 Círculo de Lectura # 175  –  Noviembre de 2023 

José Martí en Fidel Castro 

Fecha:  28/11/2020 – Tomado de Cubadebate

http://www.cubadebate.cu/especiales/2020/11/28/jose-marti-en-fidel-castro/

Autor: Rodríguez, Pedro Pablo.

La relación estrecha, íntima y sistemática entre la obra y el pensar de Fidel Castro con la de José Martí es consecuencia, desde luego, de la voluntad del primer líder revolucionario, quien muy prontamente así lo manifestó desde sus primeros textos políticos. Como prueba de ello se ha recurrido a menudo a la frase que pronunciara en su autodefensa titulada “La historia me absolverá”, cuando calificó al Apóstol de la independencia cubana como el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953.

Al igual que buena parte de su generación, Fidel vivió su infancia y juventud en una sociedad que hizo de Martí paradigma de la nación, y que durante los años del frustrado proceso revolucionario del 30 sometió a crítica el sistema neocolonial desde los enjuiciamientos del Maestro. Las batallas por la Constitución de 1940, los afanes renovadores incumplidos por los gobiernos del Partido Auténtico y las esperanzas  de adecentamiento y dignificación moral representadas por Eduardo Chibás tuvieron como punta de lanza el verbo martiano.

Mientras que la escuela y la universidad habanera, a su vez, dieron coherencia y sistematicidad a Fidel en la lectura y asimilación de la prédica del Maestro. El líder estudiantil y el joven abogado que se introdujo en las lides políticas demostró disponer de un sólido conocimiento de la historia patriótica cubana y de un extenso manejo de la obra martiana.

Muchos años después, Fidel recordaba esa adscripción suya:

    “De lo primero que yo me empapo mucho, profundamente, es de la literatura martiana, de las obras de Martí, de los escritos de Martí; es difícil que exista algo de lo escrito por Martí, de sus proclamas políticas, sus discursos, que constituyen dos gruesos volúmenes, deben ser unas dos mil páginas o algo más, que no haya leído cuando estudiaba en el bachillerato o estaba en la Universidad.”

Y precisaba Fidel la doble influencia que desde entonces le guiara: “Yo en ese momento tenía una doble influencia, que la sigo teniendo hoy: una influencia de la historia de nuestra Patria, de sus tradiciones, del pensamiento de Martí, y de la formación marxista-leninista que habíamos adquirido ya en nuestra vida universitaria”.

Los grupos de revolucionarios que fueron reunidos por Fidel para afrontar con las armas a la tiranía batistiana compartían semejante culto patriótico e interés por las ideas del Apóstol, al punto de que ellos mismos se denominaron la generación del centenario ante aquel aniversario de su natalicio.

Ciertamente, la acción armada de 1953 en Santiago de Cuba puede considerarse como la inauguración de Fidel Castro en la vida política puesto que, por un lado, ese hecho repercutió notablemente y le permitió ser ampliamente conocido en la sociedad cubana, y, por otro, puso en evidencia que se abría así una nueva manera de enfrentar a la dictadura que había interrumpido la institucionalidad constitucional con el golpe de Estado un año antes: la vía de las armas frente al aparato militar, ejecutor y principal sostén  de la tiranía.

No obstante, ya Fidel Castro se había hecho sentir en las lides políticas desde su paso por la Universidad de La Habana —entonces un foco de rebeldía y de formación de cuadros políticos—; por su presencia en la frustrada expedición de Cayo Confites  contra la sangrienta tiranía dominicana de Trujillo; por su participación en el bogotazo, el levantamiento espontáneo en la capital colombiana ante el asesinato del popular líder liberal Jorge Eliecer Gaitán; por su activa militancia en el Partido Ortodoxo de Chibás, que movilizó a amplios sectores nacionales contra la corrupción administrativa; y por sus varias acciones legales y denuncias en la prensa  de condena del golpe de Estado de 1952.

El joven próximo a cumplir los 26 años de edad que dirigió el asalto a la segunda fortaleza militar cubana en 1953 ya podía mostrar una hoja de servicios políticos que lo destacaba entre los jóvenes que se hacían notar por aquella época.

Durante los preparativos del aquel primer combate, Fidel Castro se fue asociando con un grupo de jóvenes de diversa procedencia social y geográfica, algunos de los cuales ya se denominaban la generación del centenario, en alusión a que el 28 de enero de 1953 se conmemoraban en todo el país los cien años del natalicio de José Martí, como luego del 26 de julio de ese año se siguieron llamando los revolucionarios que continuaron la pelea.  Aquella no fue solo una manera de expresar una conciencia generacional, sino, y sobre todo,  de sustentar una postura profundamente crítica acerca de la sociedad y de la necesidad de subvertir sus rasgos de decadencia moral, de su dependencia de Estados Unidos, de su estancamiento económico sobre una base monoproductora y monoexportadora y de la creciente polarización social y el aumento de la miseria entre las clases trabajadoras.

Como había ocurrido desde los años veinte de aquel siglo y durante la frustrada revolución del 30, el ideario de José Martí volvía a ser empleado conscientemente para fundamentar la necesidad de una revolución social en Cuba. Luego el joven Fidel Castro, sobre todo tras su ingreso en la universidad habanera, se formó en la política en esa tradición y en ese ambiente, influidos por el proyecto martiano. Sus escritos de entonces evidencian en sus citas textuales  y  en su propio estilo esa presencia martiana, expresión de una lectura sistemática de la palabra del Maestro. No es casual que en más de cuarenta ocasiones aparezcan referencias expresas a la voz de Martí en La historia me absolverá, tomadas de muy diferentes escritos suyos, lo que manifiesta la familiarización del joven revolucionario con esa enorme obra escrita.

La propia etapa de organización del Movimiento 26 de Julio, luego de ser liberado Fidel de la prisión, tanto en la Isla como en la emigración en Estados Unidos y en México, y los preparativos del regreso a Cuba para reanudar la vía armada, indican una fuerte presencia martiana en su discurso, en la proyección social de sus objetivos, y en la justificación ética del método de acción que se seguiría y de los propósitos de las transformaciones sociales que se emprenderían.

Fidel Castro y sus principales seguidores desde el Moncada y posteriormente —Abel y Haidée Santamaría, Armando Hart, Juan Manuel Márquez, Frank País, por solo citar cuatro entre los más significativos de aquella época— repasaron las páginas del Maestro y aprendieron mucho de su ejecutoria práctica. La unidad entre las fuerzas opuestas a la tiranía a partir de una desvinculación respecto a  los grupos reformistas, la necesidad de organizar a los sectores populares y de brindarles un programa que atendiese primordialmente a sus requerimientos de justicia social (tierra, trabajo, educación, salud, verdadera igualdad de oportunidades, orgullo nacional), son elementos claves del carácter martiano del pensamiento fidelista desde entonces.

Me atrevería a añadir que hasta en la singular formación militar de Fidel Castro —quien no cursó jamás escuela castrense alguna, y, sin embargo, fue un brillante estratega, tanto en la guerrilla como el artífice de operaciones de enorme envergadura durante la guerra en Angola— influyeron las ideas del Maestro en cuanto a cómo organizar y dirigir una contienda armada, junto a su estudio sistemático de las luchas cubanas contra el colonialismo, en particular de las campañas de Máximo Gómez y de Antonio Maceo. Y siempre la eticidad martiana: una de las claves del éxito del Ejército Rebelde fue la desmoralización de las tropas de la tiranía frente a un enemigo que curaba a sus heridos y los devolvía a sus filas.

 “Traigo en el corazón la doctrina del Maestro.”

Así, como sabemos, dijo Fidel durante su alegato de defensa en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953. No era propaganda hueca la frase sino profunda convicción como patentiza el programa revolucionario expuesto en La historia me absolverá, una verdadera guía de incuestionable impronta martiana para alcanzar la república diseñada desde el siglo XIX y para cumplir la verdadera liberación nacional del país.

Por eso durante los preparativos en la Isla y en el extranjero para reanudar la luchar armada, la amplia campaña en busca de apoyo político y material no sólo se asentó en la palabra del Maestro sino que, de hecho, siguió su estrategia unitaria contra el colonialismo. Demostraba así Fidel nuevamente que no era un mero repetidor de sus frases sino que ellas calaban tanto en su propia doctrina como en su acción.

Como prueba de su adscripción plena a la ética martiana, al referirse al martirologio del Moncada y describir los crímenes de la tiranía contra sus compañeros prisioneros y asesinados, afirma Fidel también en 1955: “Eduqué mi mente en el pensamiento martiano que predica el amor y no el odio”.

Desde luego, que tras el triunfo del primero de enero y comenzar la obra de transformaciones revolucionarias y hacia el socialismo, el desarrollo y maduración del pensamiento de Fidel nuca dejó de lado las enseñanzas martianas.

    “¡Al fin, Maestro, tu Cuba que soñaste, está siendo convertida en  realidad!”

Así puntualizaba en un discurso de 1960 cómo se cumplía el deseo martiano, frustrado en 1898, al fundamentar en Martí la obra de cambios que emprendía la Revolución: esta no era algo impostado sino expresión de las tradiciones y las necesidades insatisfechas del pueblo cubano. Raíz nacional y popular, raíz martiana tenía y tiene el proceso que rescató las riquezas y la soberanía nacionales, que abolió los privilegios y la explotación, que elevó las condiciones de vida y abrió amplio espacio al desarrollo de las capacidades de todos los cubanos.

El joven gobernante devenido pronto estadista perspicaz, el osado líder que proclamó el carácter socialista de la Revolución Cubana ante el inminente ataque militar de la fuerza mercenaria entrenada y apoyada por el gobierno de Estados Unidos, proclamó, y se atuvo siempre fiel a ese principio, el carácter martiano de esa Revolución también socialista y adscrita al pensamiento marxista.

Hay quienes han visto una incongruencia en ese doble basamento teórico e ideológico. Para los enemigos de la Revolución ello es una falsedad, algo imposible, puesto que encuentran incompatibles y hasta contrapuestas ambas fuentes, y hasta señalan –errónea y aviesamente— que en la Cuba revolucionaria se ha querido hacer de Martí un marxista. Incluso fue frecuente que entre los teóricos del campo socialista europeo  se rechazara abiertamente o se mostrara incomprensión y duda ante semejante plateo por considerar que Martí no fue marxista, con lo cual, de hecho, se situaban en la misma óptica de los enemigos de la Revolución, aunque en su caso desde la perspectiva de la superioridad de lo que llamaban el marxismo-leninismo como teoría revolucionaria.

Ambas posturas, desde luego obvian un punto: tanto Martí como Marx fueron revolucionarios de su tiempo al servicio de las clases populares. Esa fue su coincidencia básica, la que posibilita  precisamente que ambos sean referentes de un proceso socialista en Cuba. Y es en ese punto en el que Fidel Castro siempre trazó cualquier tipo de paralelismo, cuidando mucho de que sus palabras no condujeran a la pretensión de convertir a Martí en un marxista.

Pero, en verdad, en un político como Fidel  no puede limitarse la explicación de esa postura a los elementos teóricos que informan su discurrir, ni siquiera a los ideológicos: hay que considerar su ejercicio de la política y los objetivos perseguidos a través de ella. Si se procede de ese modo, se comprenderá que la adscripción fidelista al socialismo parte y se fundamenta desde el programa revolucionario martiano a la vez que busca asimilar la creación de ese tipo de sociedad según las características cubanas, siguiendo el llamado martiano a la originalidad plena a la hora de organizar a un país, sin apartarse del conocimiento de las condiciones del país y del tiempo histórico en que se vive.

Es obvio que un análisis a fondo del proyecto socialista en el pensamiento fidelista ha de ir acompañado de un examen de las fases y momentos de la propia Revolución, algo imprescindible en quien como él se movió en la política concreta y no en el quehacer teórico. De modo muy breve, ha de recordarse que hasta 1971 la Revolución Cubana intentó construir una sociedad socialista tras el desmontaje de la capitalista, paso efectuado con suma rapidez entre 1960 y 1961 al ritmo que impuso la confrontación cada vez más aguda con Estados Unidos, la que abarcó situaciones candentes como la invasión por Playa Girón, el comienzo del bloqueo total económico y comercial, la crisis del Caribe o de los cohetes y las acciones de sabotaje, el apoyo a grupos armados contrarrevolucionarios y las infiltraciones y ataques desde embarcaciones venidas del Norte, además de los más de seiscientos planes para asesinar a Fidel Castro.

A pesar del estado de alerta y de la movilización casi permanente de cientos de miles de combatientes ante la amenaza de una agresión directa de las fuerzas armadas estadounidenses, el proyecto socialista cubano buscó desarrollar un camino propio en lo social y en lo económico, que privilegió el plano moral y las estrategias que no ligaran al país exclusivamente a la relación con el campo socialista y la URSS. La entrada en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), institución organizadora de la colaboración y la distribución de tareas entre los países del campo socialista, acentuó la incorporación cubana  a las normas y procedimientos de aquel, aunque Fidel dio impulso personal a ciertas líneas que iban más allá de las fijadas por aquella institución, como la investigación en biotecnología. Y ya en los años ochenta el presidente cubano intentó corregir a escala insular, mediante lo que él llamó proceso de rectificación de errores y tendencias negativas,  los rumbos del sistema internacional socialista, cuya caída previó.

Es indudable, para quien lea desprejuiciadamente la Revolución Cubana, que Fidel Castro trató por todos los medios de mantener la actuación soberana del Estado cubano y que una y otra vez lidió por hallar soluciones originales, no importadas de otras naciones.

El gran combate contra el imperialismo de Estados Unidos fue siempre entendido por Fidel como la continuación del que en silencio emprendiera Martí, quien además, a su juicio, es la fuente esencial de los sentimientos latinoamericanistas y de las muestras de solidaridad e internacionalismo expresadas durante todos estos años por los cubanos. De ese modo, y dado el objetivo antillanista de Martí, la Revolución cubana no ha cejado en su apoyo manifiesto a la independencia de la hermana isla de Puerto Rico.

De igual manera, al crearse el Partido Comunista de Cuba como elemento culminante del proceso unitario de las fuerzas revolucionarias, Fidel ha insistido siempre en su fundamentación martiana junto a la marxista-leninista. En 1973 dijo: “Como el Partido Revolucionario Cubano de la independencia, hoy dirige nuestro Partido la Revolución. Militar en él no es fuente de privilegios sino de sacrificios y de consagración total a la causa revolucionaria”.

Uno de los rasgos más notables de ese pensar desde sí, como siempre lo defendió Martí, es la sistemática y constante labor internacionalista cubana, que tanto en el terreno político como en el de la colaboración económica, siguió el camino trazado por Martí en cuanto al deber de Cuba en América y el mundo, cuya independencia debía contribuir al equilibrio en el continente y a escala universal. En consonancia con ello, la unidad latinoamericana fue caballo de batalla permanente para Fidel Castro, quien se acogió repetidas veces a las argumentaciones martianas al respecto.

También, al proclamar y practicar una ética humanista de servicio, tanto en el orden de la actuación individual como social, Fidel se atuvo a los criterios de Martí, y, como nunca antes había ocurrido, los convirtió en preceptos ineludibles para sí y para su pueblo.

Estas consideraciones éticas que Fidel coloca en primer plano para el Partido, siguen desde luego las enseñanzas quizás más importantes de Martí: su sentido de la moral, de la dignidad humana, del camino de servicio que se ha de emprender en la vida frente a los apetitos materiales, de poder y las vanidades de la gloria.

Hace muchos años Fidel manifestaba una idea que no sólo hoy es imprescindible tomarla en cuenta sino que constituye un basamento eterno para  nuestro acercamiento y nuestra  comprensión del mayor de los cubanos: “Podemos decirle a Martí que hoy más que nunca necesitamos de sus pensamientos, que hoy más que nunca necesitamos de sus ideas, que hoy más que nunca necesitamos de sus virtudes”.

    Ese papel de guía, de ejemplo de conducta y de alineamiento con los pobres de la tierra, frente a toda acción de injusticia, de preocupación por el decoro y la dignidad son probablemente los elementos esenciales asumidos de Martí por Fidel, quien se ha encarado de trasmitir esos valores una y otra vez.

Quizás más allá de todos sus aportes al pensamiento revolucionario, de su extraordinaria comprensión de la política, de su dedicación a su pueblo y a las causas populares, Fidel quedará para la historia como un líder moral, continuador de esa gran fuerza que proclamara Martí que es el amor, el amor a los seres humanos y a su vida digna. Cuánta verdad, pues, en su declaración pública de 1955: “Es el Apóstol el guía de mi vida”.

Se trata, pues, de que más allá de que su formación humana fuera muy influida por sus lecturas de los textos del Maestro, y de su adhesión  consciente y voluntaria a su pensamiento, Martí fue ejemplo y acicate para Fidel en su acción revolucionaria y en los amplios horizontes que lo impulsaron durante su vida.

Probablemente eso sea precisamente lo primero que habría que decir: Martí no fue moda pasajera en Fidel, ni fuente de aprendizaje durante un determinado período de su vida, ni recetario oportuno para cualquier mal, ni siquiera solo influjo intelectual.

Desde muy joven, Fidel se identificó con la doctrina moral, la lógica del pensar y la plena entrega de Martí al cumplimiento de sus objetivos revolucionarios, encaminados a subvertir a plenitud la sociedad entonces vigente y abrir paso a un país diferente. Sin embargo, es evidente que Fidel no deificó al Maestro, por mucho que este le guiara a menudo, sino que a lo largo de su vida sostuvo un  diálogo permanente con él. De ahí, pues que ni sus ideas, ni sus proyectos ni su propia personalidad sean calco, copia, remedo de Martí. Fue la suya una identificación creadora, de tal modo, que nadie yerra cuando afirma que hay un pensamiento propio en Fidel Castro, en lo cual se expresa su asimilación verdadera de la constante apelación martiana a la originalidad de cada cual, de cada sociedad, de cada época.

No hay dudas de que el amor a la patria, el apego a los pobres de la tierra, la fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud son componentes esenciales de la personalidad de Fidel aprendidos e interiorizados desde Martí. Luego no solo las especiales cualidades de Fidel como líder político (su antimperialismo y su rechazo a las degradaciones del capitalismo, su constante accionar en pos de la unidad de cuantos fueren posibles de ser unidos, su extraordinaria aptitud previsora, su talento para la respuesta inmediata ante cualquier obstáculo o peligro, su creencia en la capacidad de mejoramiento del ser humano, su perspicacia para valorar a las personas), deben mucho a su comunión con Martí, sino que, además, su entrega a sus  ideales, su inquietud   cognoscitiva y espiritual, en fin, su condición humana llevan, con su indudable toque personal y de estilo, el sello martiano.

Por eso hay que hablar de Fidel, siempre, y por encima de todo, martiano. Y por eso tantos los acompañaremos, a Fidel y a Martí, en la hermosa pelea por el bien del hombre, de un hombre digno y con decoro, en la que tenemos que continuar bregando en Cuba y en el mundo de hoy.

mayo 09, 2022

Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 157

 Síntesis y conclusiones del Taller de Lectura Nº 157

“Fidel y el marxismo de la Revolución cubana: rebelión contra los dogmas”

El texto escrito por Frank Josué Solar Cabrales (Jefe de Departamento de Historia y Patrimonio Universitario en Universidad de Oriente - Cuba), está dirigido a comprender cómo actuó el marxismo en el pensamiento de Fidel, fundamentalmente durante los inicios del proceso revolucionario en Cuba. Un marxismo entendido no como un dogma, sino como una guía para la acción revolucionaria, una doctrina dialéctica. Si bien en el alegato de Fidel en defensa por el asalto al cuartel Moncada “La historia me absolverá” no menciona la palabra socialismo, en su esencia llevaba incorporado el pensamiento marxista, ya que tenía una fuerte concepción clasista y un análisis marxista acerca de la situación reinante en Cuba en aquel momento. Y así se convirtió en el primer programa de la Revolución. Luego, “El Movimiento Revolucionario 26 de Julio” con principios martianos con una ideología radical y democrática basada en la libertad política, la independencia económica y la justicia social, condujo la lucha armada no desde una orientación política partidaria, sino desde un concepto abarcador e inclusivo y sin sectarismos, por lo que pudo ser acompañado por la mayoría de la población cubana. A esto se debe sumar el aspecto carismático de Fidel como líder y conductor, sabiendo sobreponerse a sus propios errores convirtiendo derrotas en victorias. Finalmente y a pesar de que la doctrina oficial de la Unión Soviética definía la imposibilidad del surgimiento de una insurrección hacia el socialismo, ya que suponía que eso solo se podía dar en aquellos países que hubieran completado todas las etapas del desarrollo capitalista, Cuba demostró lo contrario, que sí se podía logar. Y lo logó desde el pensamiento basado en el marxismo y con la convicción de que lo mejor será siempre luchar por lo imposible.

Luego, en el posterior debate se analizó la frase conceptual de marxismo elaborada por Fidel y anunciada en la presentación del primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba el 3 de octubre de 1965: “Esta es una doctrina revolucionaria y dialéctica, no una doctrina filosófica; es una guía para la acción revolucionaria, y no un dogma”, agregando después: “Pretender enmarcar en especies de catecismos el marxismo, es antimarxista”. Se entiende la dialéctica como la relación entre las cosas, que están además en permanente movimiento. En Marx este término designa tanto el proceso con el que se desenvuelve la sociedad a lo largo de su propia historia, como el modo en que se debe pensar para captar adecuadamente dicho proceso. El hecho cierto es que en Cuba se ha desarrollado una cultura que integra dialécticamente la lucha y la resistencia, y que su artífice ha sido Fidel Castro. Se apreció la claridad con que Fidel supo analizar e interpretar, desde el marxismo, la realidad de

la situación social y política que se vivía en Cuba en aquel momento con Fulgencio Batista en el poder. Se entendió la analogía de los conceptos vertidos por Fidel durante el discurso pronunciado el 1 de Mayo del año 2000 dirigiéndose a los jóvenes, a los estudiantes y a los trabajadores en el Día Internacional de los Trabajadores en la Plaza Revolución de La Habana, cuando dijo que Revolución es sentido del momento histórico y cambiar todo lo que deba ser cambiado. Si bien la construcción del proyecto socialista, forjado por los cubanos en auténtica y heroica lucha, fue minuciosamente elaborada por Fidel junto a sus más inmediatos colaboradores como Raúl, Abel Santamaría y el Che, entre otros, cabe destacar el indiscutible liderazgo y la capacidad de conducción por parte de Fidel Casto, quien después se convirtiera en el comandante en jefe eterno de la Revolución cubana.

Finalmente hemos acordado abordar para el próximo Taller de Lectura del primer sábado de junio, la “Segunda Declaración de La Habana”.

Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba, 07 de mayo de 2022

Taller de Lectura

25 de Mayo 245

Cel: 294 4 622 747 – Bariloche

abril 03, 2022

Taller de Lectura n° 157 – Mayo de 2022

 Taller de Lectura n° 157 – Mayo de 2022

“Fidel y el marxismo de la Revolución cubana: rebelión contra los dogmas”

Por Frank Josué Solar Cabrales - Jefe de Departamento de Historia y Patrimonio Universitario en Universidad de Oriente. Cuba.

Esta es una doctrina revolucionaria y dialéctica, no una doctrina filosófica; es una guía para la acción revolucionaria, y no un dogma. Pretender enmarcar en especies de catecismos el marxismo, es antimarxista.

La diversidad de situaciones inevitablemente trazará infinidad de interpretaciones. Quienes hagan las interpretaciones correctas podrán llamarse revolucionarios; quienes hagan las interpretaciones verdaderas y las apliquen de manera consecuente, triunfarán; quienes se equivoquen o no sean consecuentes con el pensamiento revolucionario, fracasarán, serán derrotados e incluso suplantados, porque el marxismo no es una propiedad privada que se inscriba en un registro; es una doctrina de los revolucionarios, escrita por un revolucionario, desarrollada por otros revolucionarios, para revolucionarios. Fidel Castro, 3 de octubre de 1965.

Los caminos del marxismo revolucionario en la Cuba de la década de 1950 discurrían fuera de los cauces del Partido Comunista. La confluencia de una serie de factores contribuyó a que esa agrupación no fuera un instrumento eficaz de vanguardia para llevar adelante un proceso de transformaciones. Aunque generalmente se ha atribuido esta incapacidad al anticomunismo rampante propio de la época de la guerra fría y el macartismo, sus causales deben buscarse sobre todo en el rechazo a la degeneración burocrática que había sufrido la Unión Soviética luego de la llegada al poder de Stalin, y a los errores cometidos en su trayectoria política, que le habían enajenado el apoyo de amplios sectores populares.

Para la joven generación de revolucionarios de los años cincuenta el partido de los comunistas no solo era aquel que había pactado con Fulgencio Batista en 1940, sino también el que había mantenido a lo largo de esa década una política reformista, de adecuación a los límites de la democracia liberal, y el que frente al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 planteaba un frente unido de los partidos opositores para la participación electoral y la movilización de masas, en dirección contraria a una salida insurreccional. Si el Partido Socialista Popular (PSP) había pasado a la ilegalidad bajo el batistato se debía en lo fundamental al clima reinante de guerra fría, no porque su praxis y sus objetivos constituyeran una amenaza revolucionaria a la dominación de la burguesía. El partido que detentaba la representación oficial del marxismo en Cuba contaba con una militancia de esforzados luchadores, cuya disciplina y entrega en el combate por demandas concretas de los trabajadores eran proverbiales, pero no se proponía una alternativa de ruptura violenta con la dictadura, y condenaba sistemáticamente, al menos hasta 1958, cualquier tentativa de insurgencia armada. Al decir del Che: «son capaces de crear cuadros que se dejen despedazar en la oscuridad de un calabozo, sin decir una palabra, pero no de formar cuadros que tomen por asalto un nido de ametralladora».

El partido que, en teoría, debía organizar a la clase obrera para tomar el poder y encabezar una revolución socialista se encontraba inhabilitado para esa tarea. Esta situación explica que la vanguardia política e intelectual de la nueva hornada de revolucionarios, movida por aspiraciones socialistas de transformación, al mismo tiempo rechazaba el marxismo de origen soviético y su representante nacional. Estos jóvenes, para llevar adelante sus ideales de redención y justicia social, buscaban sus principales referentes ideológicos y políticos en la tradición del socialismo cubano, que desde la década del veinte había existido en paralelo con la vinculada a las directrices comunistas salidas del Kremlin:

En el proceso histórico del socialismo como política revolucionaria en Cuba existieron dos líneas que están claramente definidas: la de un socialismo cubano, que encuentra su expresión mayor en las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX en Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras, y la de un socialismo inscrito en el movimiento comunista internacional. Mella y Guiteras encontraron el camino del socialismo cubano: antiimperialismo intransigente, ideal comunista, insurrección armada, frente revolucionario y ganar en la lucha el derecho a conducir la creación del socialismo.

Solo entendiendo las influencias y expresiones ideológicas del socialismo cubano en esta generación se puede comprender la madurez de un documento como ¿Por qué luchamos?, testamento político de los hermanos Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, dos adolescentes de un pequeño pueblo de Pinar del Río, asesinados el 13 de agosto de 1957.

La pretensión de emprender una revolución socialista en Cuba mientras se condena tanto al capitalismo draconiano y explotador como al «falso paraíso del trabajador» de la Rusia Soviética no es un planteamiento extraño ni un «destello luminoso», sino el reflejo de la organicidad de una corriente de pensamiento extendida entre los jóvenes insurreccionales de los cincuenta. Sus críticas al socialismo de corte estalinista son de izquierda, no provienen de un anticomunismo ramplón. Ellas le señalan, por el contrario, no ser suficientemente revolucionario ni socialista.

En la misma cuerda se ubican los manifiestos programáticos de fuerzas insurgentes tales como el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y el Directorio Revolucionario (DR), donde se encuentran referencias al socialismo como meta de sus luchas.

El cuadro descrito más arriba revela la complejidad del contexto en el cual se produjeron los acercamientos iniciales del joven Fidel Castro al marxismo. Su primera lectura de un texto marxista, cuando cursaba el segundo o tercer año de sus estudios universitarios, a finales de los cuarenta, fue El Manifiesto Comunista, que le causó una profunda impresión:

Tendría 20 años cuando entré en contacto con la literatura marxista; era una mentalidad virgen, no deformada y muy receptiva, una especie de esponja condicionada a lo largo de toda mi experiencia — desde que pasé hambre a los seis o siete años, desde que era muy niño — , de todas mis luchas (…) Le encontré una gran lógica, una gran fuerza, un modo de expresar los problemas sociales y políticos de una forma muy sencilla, elocuente.

Las obras marxistas que captaban su interés con mayor fuerza eran aquellas dedicadas a los análisis histórico-políticos y a la lucha de clases, entre ellas El 18 Brumario de Luis Bonaparte, y Las guerras civiles en Francia. Profundizó sobre todo en El Estado y la revolución, de Lenin, por sus consideraciones acerca del poder y su toma revolucionaria. Con esas lecturas Fidel no se asumió explícitamente marxista, pero asimiló varias de sus lecciones y enseñanzas, y las interpretó de manera creadora de acuerdo con las condiciones concretas de Cuba. Según sus propias palabras, del marxismo obtuvo el concepto de lo que es la sociedad humana y la historia de su desarrollo, y una brújula para orientarse con precisión en los acontecimientos históricos. Y aunque mantenía excelentes relaciones personales con los militantes comunistas, compartía la visión crítica de su generación hacia el estalinismo y la política exterior soviética, así como hacia la praxis y trayectoria política del PSP.

El espíritu rebelde de Fidel, forjado desde su infancia y adolescencia, se encontró en la Universidad de La Habana con las ideas más avanzadas y radicales de su tiempo, y allí inició un proceso de aprendizaje político y de desarrollo de su conciencia revolucionaria. Por eso afirmaba en relación con la Colina universitaria: «aquí me hice revolucionario, aquí me hice martiano, aquí me hice socialista».

Con todo, el componente esencial en su formación política e ideológica no provenía de los clásicos del marxismo sino de la historia nacional, de la tradición de rebeldías del pueblo cubano, del legado de sus luchas por la liberación nacional y la justicia social. Fidel se nutrió del acumulado de una cultura política radical preponderante en el pensamiento y la acción de los revolucionarios cubanos, que tuvo en Martí su principal maestro y exponente más destacado, y que proveyó al país de una revolución popular de independencia y de una larga sucesión de combates e ideas por la justicia y la libertad. Fidel da continuidad a ese radicalismo, del que aprendió que sus actos, sus ideas, sus propuestas y sus proyectos debían ser «muy subversivos respecto al orden establecido y sus fundamentos, y muy superiores a lo que parecía posible al sentido común y a las ideas compartidas en su tiempo, inclusive a las de otros revolucionarios».

Fidel llegó al marxismo por la senda que le había abierto José Martí, y por eso asumió en él una condición revolucionaria: yo venía siguiendo una tradición histórica cubana, una gran admiración por nuestros patriotas, por Martí, Céspedes, Gómez, Maceo. Antes de ser marxista fui martiano, sentí una enorme admiración por Martí; pasé por un proceso previo de educación martiana, que me inculqué yo mismo leyendo sus textos. Tenía gran interés por las obras de Martí, por la historia de Cuba, empecé por aquel camino.

La única forma que tenía el marxismo de ser revolucionario en la Cuba de los cincuenta era emprender un camino propio, nuevo, que tomara en cuenta los datos concretos de la realidad nacional para irse por encima de ellos y plantear un proyecto eficaz de subversión total de la sociedad.

Cuando ocurre el golpe militar de marzo de 1952 Fidel pertenece al ala izquierda del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), un movimiento de masas heterogéneo y policlasista que pretendía llevar hasta sus últimas consecuencias, sin trasponer sus límites, el reformismo democrático burgués de la segunda república. Heredera de los ideales de la revolución del 30, traicionados y frustrados por los gobiernos auténticos, la Ortodoxia había encarnado la esperanza de una vida mejor para las mayorías populares a través de la lucha contra la corrupción y el adecentamiento de la vida pública.

El golpe sepultó no solo esa esperanza, sino la legitimidad y el crédito de todo el orden político anterior, que garantizaba la reproducción de la hegemonía burguesa. Frente a la nueva situación Fidel comprende, a diferencia de la dirigencia ortodoxa, pasiva y confundida por los acontecimientos, que «el momento es revolucionario y no político». Entiende que necesariamente tendrá que ser muy creativo y rebelde para no seguir los caminos trillados de participación electoral, abstención anodina o compromisos sin principios con los corruptos de ayer, que conducen a callejones sin salida; y dar forma a nuevas vías y métodos para la liberación.

Por eso, a partir del análisis de las circunstancias propias y de la interpretación de las aspiraciones y necesidades populares, con las herramientas de la formación política que había acumulado y de las experiencias vividas, se dedicó a la articulación de un movimiento clandestino dispuesto a combatir para movilizar al pueblo y guiarlo a la conquista revolucionaria del poder.

De los sectores más humildes de la sociedad y de la misma Juventud Ortodoxa que en 1948 había proclamado como su aspiración ideológica fundamental «el establecimiento en Cuba de una democracia socialista» y definido que la lucha por la liberación nacional de Cuba era «la lucha contra el imperialismo estadounidense», salió el grueso de los asaltantes al cuartel Moncada. Las acciones del 26 de julio de 1953 sorprendieron a todos porque rompieron con todo lo que parecía posible. Los protagonistas no habían sido ninguno de los actores principales del drama político nacional. La oposición a la dictadura hasta ese momento había transcurrido por los canales pacíficos de las declaraciones de denuncia y condena, de la resistencia pasiva y legal, y los insurreccionalistas auténticos y ortodoxos, que contaban con abundantes medios bélicos y con la experiencia de antiguos combatientes revolucionarios y de los grupos de acción de los años treinta y cuarenta, no pasaban de la promesa de operaciones armadas que nunca se concretaban.

De los muros del Moncada surgió, de manera inesperada y prácticamente de la nada, sin fortunas ni grandes recursos, sin tribunas, espacios de poder ni militancia numerosa, contando solo con el esfuerzo de gente sencilla de pueblo y unas pocas armas de escaso calibre, una nueva vanguardia revolucionaria, inserta en un complejo entramado de relaciones donde pugnaban diversos factores políticos, cada uno con intereses y objetivos distintos. El 26 de julio de 1953 abrió el camino de la lucha armada contra la dictadura batistiana, pero esa fecha no significó solo un asalto contra las oligarquías, sino también contra los dogmas revolucionarios, como diría el Che. Entre ellos los que certificaban la imposibilidad de desarrollar en Cuba una insurrección victoriosa de carácter popular contra el ejército, menos a 90 millas del imperialismo norteamericano, y que el modo de derrocar a Batista era a través de transacciones políticas o de conjuras de pequeños grupos de civiles armados con conspiraciones militares.

Cuando en el juicio a los sobrevivientes del asalto se presentó como elemento acusatorio un libro de Lenin encontrado en el apartamento de Abel Santamaría en 25 y O, Fidel respondió que sí leían a Lenin, porque quien no lo hiciera era un ignorante, pero lo cierto es que no se limitaban a la lectura: los principales dirigentes del movimiento, Fidel, Abel y Jesús Montané, realizaban círculos de estudios de obras marxistas durante los meses previos a la acción. Si el marxismo estuvo presente en los análisis sociales y de situación de los líderes, la inspiración fundamental común a todos los asaltantes era la figura de José Martí, su ideología radical y democrática. Así lo declaraban en el Manifiesto a la Nación que sería leído por radio en caso de éxito: «La Revolución declara que reconoce y se orienta en los ideales de Martí, contenidos en sus discursos, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano, y en el Manifiesto de Montecristi; y hace suyos los Programas Revolucionarios de la Joven Cuba, ABC Radical y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos)». Resalta entre los programas asumidos como propios el de la Joven Cuba, que se proponía como objetivo «que el Estado cubano se estructure conforme a los postulados del Socialismo», y planteaba una línea insurreccional para lograrlo.

Uno de los aportes prácticos más significativos de la Revolución cubana a la teoría marxista es la importancia de la determinación personal para la creación de las llamadas condiciones subjetivas en una situación revolucionaria, y de la función pedagógica que para la movilización del pueblo tienen los hechos consumados, las promesas cumplidas, los ejemplos heroicos individuales y colectivos. Para cualquier empeño insurreccional una derrota militar como la sufrida en los asaltos a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo podía haber significado un golpe terminal e irreversible. Unos pocos meses antes, el 5 de abril de 1953, varios miembros del Movimiento Nacional Revolucionario fueron apresados cuando estaban a punto de emprender una operación de toma de la fortaleza de Columbia, en coordinación con militares complotados. El hecho representó el fracaso del proyecto insurreccional de esa organización y marcó el inicio de su declive. En cambio, Fidel y los sobrevivientes del asalto al Moncada mantuvieron la decisión de continuar peleando bajo cualquier circunstancia y convirtieron el juicio que se les siguió en la plataforma para hacer llegar su mensaje revolucionario al pueblo y obtener una extraordinaria victoria política.

En especial el alegato de autodefensa de Fidel, conocido como La historia me absolverá, distribuido clandestinamente de forma masiva en todo el país, fue el vehículo a través del cual no solo se denunciaron los crímenes de la tiranía contra los combatientes del 26 de julio de 1953, sino también se dieron a conocer la ideología que los animaba y los objetivos que perseguían. Se convirtió en el primer programa de la Revolución, además de por las medidas de beneficio popular que relacionaba, porque explicaba que ellas solo podrían realizarse mediante la conquista del poder por métodos revolucionarios y con la participación protagónica de las mayorías en esa lucha.

El documento contiene un brillante análisis marxista de la estructura de dominación de clases que existía en Cuba, y define como pueblo, en función de la lucha, a la masa trabajadora y humilde del país, que sufría bajo el yugo de la dictadura, pero que también padecía un sistema social de opresión y exclusión. De ese modo, se dirigía a las fuerzas populares que debían conformar el frente revolucionario, aquellas en las que se apoyaría y a cuyos intereses respondería un gobierno salido de la insurrección victoriosa, e identificaba en el campo enemigo, más allá de Batista y sus aparatos represivos, a las «manos extranjeras», los «poderosos intereses», los «poseedores de capital».

En La historia me absolverá se exponía de forma nítida que el objetivo de la Revolución era cumplir la promesa de soberanía nacional y justicia social largamente postergada desde la manigua y la propuesta martiana, y otra vez preterida y traicionada en la Revolución del 30. Ello significaba que la lucha no se agotaba con el derrocamiento de una dictadura sino que implicaba el inicio de cambios económicos, políticos y sociales de profundo calado que transformaran las estructuras de dominación e injusticia de la sociedad cubana. Para los jóvenes moncadistas el ideal revolucionario se sintetizaba en la siguiente tríada ideológica: libertad política, independencia económica, justicia social; extendida en el imaginario político cubano a partir de las jornadas de lucha contra Machado y la primera dictadura de Batista. Aunque en el texto no se mencionara la palabra socialismo, en las condiciones concretas de la Cuba de 1953, un país subdesarrollado y dependiente, sojuzgado por el imperialismo, las medidas que proyectaba solo podrían ser cumplidas y llevadas hasta sus últimas consecuencias con una revolución socialista. Las exigencias de libertad, independencia, igualdad y justicia social eran ya incompatibles con los límites que imponía el capitalismo. Así lo explica el propio Fidel:

Para nosotros, ya aquella era una lucha por una revolución profunda, pero todavía en todo aquel período no estaba planteada una revolución socialista. Ya se había publicado mi discurso de autodefensa en el Moncada. Cualquiera que lea en serio dicho material, y lo lea bien, ve que hay un programa, que ahí están todos los gérmenes de una revolución mucho más progresista, de una revolución socialista: hablo de utilizar los recursos en el desarrollo del país, de la ley urbana, de la propiedad de la vivienda, la reforma agraria, de las cooperativas; ya digo el máximo que se puede decir en tal período, el programa más ambicioso que se podía proclamar y que fue la base de todo lo que hizo la Revolución. Ya era el programa de un marxista-leninista, de alguien que comprendía bien la lucha de clases, que cuando habla de pueblo se refiere a los sectores humildes, los campesinos, los obreros, los desempleados; hay una concepción clasista planteada en La historia me absolverá, un programa que era el primer paso hacia el socialismo.

Al salir de prisión el 15 de mayo de 1955, gracias a la campaña popular por la amnistía, Fidel se concentró en una batalla política de denuncias contra la tiranía. Uno de los principales objetivos que se proponía era demostrar la inexistencia de garantías y de un clima favorable para desarrollar la lucha cívica. Desde el mismo momento de su excarcelación, incluso antes, había proclamado su adhesión a una solución democrática: «La única salida que le veo a la situación cubana es elecciones generales inmediatas». Este cambio de actitud, motivado por razones tácticas, generó desconcierto en algunos sectores insurreccionales. Sin embargo, en una de sus declaraciones públicas, una frase resultaba reveladora sobre los verdaderos objetivos de su giro táctico y el carácter radical que signaba toda su actuación: «si lo bueno posible no se alcanza, luchar por lo imposible es mejor».

En realidad Fidel no había abandonado la tesis insurreccional, pero no contaba con recursos, y priorizaba las labores de organización, proselitismo y propaganda por sobre los aprestos guerreros. Para su proyecto de insurrección armada popular, que rebasaba los límites de la «conspiración cuartelera» y el atentado, resultaba vital ganarse el respaldo de las masas, y ese fue el centro de su actividad política, entrevistas y artículos, en los días posteriores a la amnistía.

Aún se veía a sí mismo y a sus seguidores como parte de la Ortodoxia, y apreciaba en la defensa de la línea chibasista de independencia la posibilidad de conquistar el apoyo de su militancia, mayoritariamente partidaria de esa postura. Dentro del amplio y heterogéneo movimiento ortodoxo representaba la alternativa más consecuente y con mayores posibilidades de ganar adeptos: la que sin pactar con los auténticos, no se quedaba en declaraciones pasivas y se disponía seriamente a la lucha armada.

A la par de esta negativa a llegar a acuerdos o alianzas con otros partidos políticos, en especial con las tendencias auténticas, pretendía aprovechar las oportunidades mínimas dadas por Batista en su intención de mostrar una cara civilista y de paz, para desarrollar una lucha política abierta que le permitiera aunar en un bloque a las amplias bases ortodoxas, las de origen popular, y a los movimientos que llamaba «fuerzas morales» del país.

Aunque la prédica aglutinadora tuvo resultados parciales, la incorporación de jóvenes de diversas procedencias y de cuadros y militantes del MNR al grupo inicial de combatientes del Moncada, fue suficiente para que al integrarse oficialmente su primera Dirección Nacional el 12 de junio de 1955, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio fuera un organismo con extensión por toda la geografía nacional y con las estructuras organizativas mínimas para emprender el reinicio del enfrentamiento armado contra la dictadura. Llevada al límite la «apertura democrática» de Batista, quien realmente nunca estuvo dispuesto a dar espacio a la lucha cívica, Fidel partió al exilio el 7 de julio de 1955 con un aumento de su autoridad revolucionaria en la opinión pública, ya notable a su salida de la prisión, y dejando en Cuba un aparato político-insurreccional propio. Cuando quedó demostrado que el uso de la violencia sería la única salida, decidió fiarlo todo a los esfuerzos de su organización y continuar un camino independiente, ahora de lucha armada.

Varios miembros de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio compartían una visión radical de los objetivos de la Revolución, como se puede apreciar en un editorial que publicaron en mayo de 1956: «Cuando se precise hasta las últimas consecuencias la idea democrática y socialista de la revolución nacional toda la acción está dirigida hacia ese rumbo». En ese sentido insistían en la necesidad de que la organización contara con un programa más amplio y extenso para presentar al pueblo. Incluso algunos de ellos iniciaron en 1956 en Cuba las labores de redacción de una síntesis programática que tuviera en cuenta las experiencias y realidades de la lucha desde 1953.

Sin embargo, Fidel se manifestaba contrario a la elaboración de un programa de ese tipo que limitara las posibilidades y el alcance de la lucha. La historia me absolverá sería durante toda la insurrección la base programática del Movimiento 26 de Julio, que en lo adelante se caracterizaría por la relativa indefinición de su proyecto político de transformaciones, esbozado en líneas gruesas en manifiestos y proclamas, pero no explicitado al detalle en documentos doctrinarios. Los suyos son principios generales que están en la base del pensamiento revolucionario cubano desde los años treinta, y que pudiéramos considerar universales dentro del magma ideológico de la década del cincuenta, asumidos por casi todos los movimientos antibatistianos. Expresión de aspiraciones populares, esos ideales de justicia, libertades democráticas y soberanía nacional aparecían recogidos en varios programas del espectro político cubano. Lo que distinguía al Movimiento 26 de Julio en el conjunto del campo opositor era la radicalidad de los objetivos que se proponía y de los medios que empleaba para alcanzarlos. Para sus militantes la Revolución, a través de la lucha armada y de la participación protagónica del pueblo, no podía limitarse al cese de la dictadura y a un funcionamiento adecuado y equilibrado de la institucionalidad republicana, sino producir profundas transformaciones de las estructuras sociales, políticas y económicas del país, que beneficiaran a sus capas más humildes.

Las razones que convirtieron al Movimiento 26 de Julio en la organización hegemónica de la oposición a la dictadura de Batista y la colocaron en condiciones de dirigir la revolución fueron variadas:

·        Haber producido el primer hecho armado de la insurrección, y obtener de él un saldo político favorable a pesar de haber constituido una derrota militar. Una conducta de firmeza y coherencia en sus promesas, que se cumplen aun a riesgo de la vida, y en la cual los hechos acompañan a las palabras. Esa capacidad de aportar el hecho revolucionario movilizador, con oportunidad, le va a atraer la simpatía y la confianza del pueblo, sobre todo de sectores juveniles que habían perdido la fe en los políticos tradicionales.

·        El discurso ideológico del Movimiento 26 de Julio, muy abarcador y atractivo, sin definiciones sectarias, logró expresar las aspiraciones de los sectores más humildes e identificarse con ellos, y le permitió contar con una gran resonancia política y social.

·        El liderazgo carismático, permanente y ascendente de Fidel, al interior y hacia fuera del M26, que se va profundizando y adquiriendo mayores significados durante todo el proceso, y que a partir de mayo de 1958 consigue centralizar en su persona la dirección política y militar de la Revolución.

·        La práctica de una política de principios, que se maneja con flexibilidad. Actitud intransigente ante posibilidades de junta militar e intervención extranjera.

·        Empleo hábil de la propaganda, a la que se otorga la máxima importancia.

·        Capacidad de sumar actores, partiendo de un status inicial de célula, de grupo cerrado, y de crecer rápidamente en espacio y número. Una política efectiva de alianzas con otras organizaciones sin comprometer su programa revolucionario, buscando siempre la supremacía del Movimiento.

·        La creación de organismos de frente, como el Frente Estudiantil Nacional, el Frente Obrero Nacional y la Resistencia Cívica, más allá de su militancia directa, que le permitió movilizar el apoyo de amplios y disímiles sectores sociales.

·        Saber reponerse y superar sus propios errores y fracasos. Se recuperó de ellos en muy poco tiempo. Convirtió derrotas en victorias, a una velocidad impactante.

En la década de los cincuenta la doctrina oficial «marxista-leninista» de la Unión Soviética establecía que en los países que habían sido colonizados no se podía siquiera plantear la posibilidad de la victoria de una insurrección conducente a una revolución socialista, porque debían primero completar una etapa de desarrollo capitalista, donde a los trabajadores y comunistas les correspondía apoyar a sus burguesías nacionales para que cumplieran sus tareas democráticas y progresistas. Tal postura teórica iba acompañada de una política de coexistencia pacífica entre el campo del «socialismo real» y el mundo capitalista, que abandonaba la perspectiva internacionalista de la lucha de clases y desalentaba el surgimiento de rebeliones contra la dominación del imperialismo y las burguesías autóctonas en el llamado Tercer Mundo.

La Revolución cubana fue la herejía que, encabezada por Fidel, no solo subvirtió por completo el orden social imperante en Cuba, sino transgredió los roles que ese esquema teórico asignaba a las realidades y a las rebeldías de los pueblos, y destrozó todos los cálculos y pronósticos de lo posible en el equilibrio geopolítico entre las grandes potencias. Demostró que era factible, partiendo de las condiciones concretas de un país con una estructura de dominación neocolonial como Cuba, y apelando a la fuerza, organización y movilización de los más humildes, desplegar una insurrección popular victoriosa que se planteara objetivos trascendentes de liberación nacional y justicia social. El líder rebelde que en junio de 1958, en plena Sierra Maestra, resistiendo una ofensiva militar de la dictadura, advirtió que su destino verdadero sería luchar contra el imperialismo norteamericano, enseñó y aprendió, junto con su pueblo, que solo con el socialismo podíamos librarnos del dominio extranjero y construir una sociedad de igualdad y libertad plenas. Y nos dejó, como lección eterna de incalculable valor que para una revolución lo más sensato y recomendable, es decir, lo mejor, será siempre luchar por lo imposible.

GRUPO BARILOCHE DE SOLIDARIDAD CON CUBA
Taller de Lectura
25 de Mayo 245
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Bariloche