Círculo de Lectura # 207 – Julio de 2026
“Sobre la toma de medidas”
La
Tizza Cuba
https://medium.com/la-tiza/sobre-la-toma-de-medidas-7124dbedb399
Por Luis Emilio Aybar Toledo
Redacté
estas ideas antes del 3 de enero de 2026, es decir, antes del escenario que
vive Cuba de extraordinaria y redoblada hostilidad por parte del gobierno
estadounidense. Hoy la tarea de primer orden es la defensa de la soberanía
nacional, que incluye la defensa de nuestra institucionalidad. Sin embargo,
considero que este texto sigue siendo necesario, en tanto las fallas abordadas
continúan vigentes y su superación es más necesaria que nunca. Cualquier
práctica que hoy ponga en riesgo la transformación de los problemas vitales,
debe ser sometida a la crítica.
La
política en Cuba aparece hoy como un conjunto de nuevas medidas, paquetes de
medidas, legislaciones, programas y normativas: 63 medidas para dinamizar la
producción agropecuaria y 43 para reactivar la empresa estatal socialista,
Programa para corregir distorsiones y reimpulsar la economía, Proceso de
Bancarización, Política para la Transformación Digital, Ley de Comunicación
Social, Ley de atención a las quejas y peticiones de las personas, Ley de Soberanía
alimentaria y Educación Nutricional, Política de Atención integral a la Niñez,
Adolescencias y las Juventudes, Programa para el Adelanto de la Mujer,
etcétera.
El
país ha vivido, desde 2019 hasta la fecha, una intensa actividad legislativa y
de producción de disposiciones gubernamentales. Su elevado volumen contrasta
con el debilitamiento de las estructuras del Estado llamadas a implementarlas —
pues la crisis también las impacta—, con la presencia de numerosas desviaciones
institucionales y con la atención cotidiana que demanda un sinnúmero de graves
problemas. Son realidades que pueden diluir el potencial transformador de las
mejores políticas.
Un
detalle a no olvidar es que cada disposición gubernamental requiere de un
sistema de implementación y seguimiento, desde el nivel municipal hasta el
nacional. Al considerarlas de conjunto, vemos que tienen el efecto de
intensificar la dinámica de funcionamiento propia de las instituciones, es
decir, aumentan la cantidad de reuniones a realizar, de acciones a desarrollar
y de informes a elaborar. Dados nuestros problemas de funcionamiento, en muchas
ocasiones sucede que las reuniones se hacen y los informes se elaboran, pero las acciones tienen menos efectividad
que la declarada. Puede ser, incluso, que algunas nunca se lleguen a realizar…
Si se desea incrementar la capacidad transformadora de las
medidas, leyes y programas, las cosas debieran hacerse de otra manera.
Considero que, en el contexto actual, es necesario racionalizar la emisión de
disposiciones gubernamentales, establecer un sistema efectivo de control y
verificación, y sobre todo concentrarse en superar los problemas urgentes. Eso
último sería lo más importante, porque permitiría recuperar la participación
popular y el capital humano del aparato estatal, dos factores imprescindibles
para plantearse metas mayores.
La intensidad normativa que ha seguido el Estado cubano en
tiempos de crisis parece responder no solo a cierta audacia política, sino
también a un estilo de dirección que deposita demasiado la solución en el
diseño de indicaciones y normas. Es como si se sintiera que se está dando
respuesta a los problemas porque se adoptó una ley, se diseñó tal política o se
tomaron medidas, cuando la verdadera respuesta es la transformación real de la
situación que se vive. Cada nueva disposición gubernamental cumple la función
de aliviar la tensión del momento, o generar una sensación de avance y de
justeza, mientras los resultados fallidos o la insuficiente implementación
mantienen el criterio de que todo sigue igual.
Sucede que las decisiones que se adoptan no son equivalentes
entre sí. Algunas de ellas son más estratégicas y condicionan la eficacia de
las demás. Eso se asemeja al famoso teorema de Pareto, que enseña que el 20% de
las acciones determina el 80% de los resultados. Ese «mínimo vital», ese 20% es
en el que no se puede fallar. El bloqueo es un fuerte destructor de resultados,
pero nunca debiera ser una excusa.
La realidad es que se ha fallado en el «mínimo vital», es
decir, en incrementar la producción y la exportación, en reactivar la empresa
estatal, en recuperar la producción de alimentos, en tomar el control del
mercado de divisas, en disminuir la inflación y en frenar la desigualdad y la
pobreza. La mayor parte de las empresas estatales han estado operando con una
tasa de cambio (1 x 24) que no guarda relación con las condiciones de la
economía, lo que ha acentuado su debilidad. Llama la atención que eso no se
haya transformado durante cuatro años.
Al mismo tiempo, la decisión de ampliar el sector privado fue
adoptada y diseñada de una manera que ha saboteado sus objetivos iniciales, es
decir, ha tenido pobres efectos sobre el incremento de la producción, la
exportación y el encadenamiento productivo, ha reforzado la inflación y la presión
sobre el mercado de divisas, y ha profundizado la desigualdad a niveles nunca
vistos en la historia de la Revolución.
La medida más importante de todas era consultar las medidas
con el pueblo antes de tomarlas. Que fuera el pueblo quien tomara las medidas,
las pensara, las enriqueciera y las hiciera suyas, por muy duras que fueran.
Así hizo Fidel en los noventa, cuando desató los «parlamentos obreros». Sin
embargo, con excepción del Código de las Familias y del Código del Trabajo, esa
no ha sido la regla. En meses recientes se decidió, de manera tardía, llevar a
consulta el Programa de Gobierno.
Un dato no menor es que se han dado indicaciones para
impulsar la participación y el control popular. Era de esperarse que esa
voluntad chocara con poderosas inercias en la sociedad y el Estado, inercias
que solo podrían superarse combatiendo el burocratismo, el autoritarismo y la
corrupción; es decir, llevando esa tarea hasta el final…
La participación y el control popular son el mejor antídoto
contra los problemas de funcionamiento que limitan la efectividad de las
políticas, leyes, programas y paquetes de medidas. Forman parte de aquel
«mínimo vital», lo que contrasta con las pocas normas dedicadas a su ampliación
y a la creación de mecanismos vinculantes.
Tenemos aquí una cuestión estratégica a resolver: necesitamos
que el pueblo pueda «tomar medidas» contra las actuaciones que limitan su
bienestar y sus posibilidades de desarrollo.
Las soluciones que pudieran provenir de la participación
enfrentan un grave desafío: la mayor parte del pueblo ha perdido la fe en las
posibilidades de su propia movilización. Ese lugar no se transforma con
llamados o convocatorias. Cuando tanta gente ha asumido la postura del
espectador, es necesario que una parte de la sociedad tome la iniciativa, logre
resultados, irradie con su ejemplo y contagie al resto.
En el proceso revolucionario vivido durante varias décadas,
en el que el Estado ha desempeñado una función central, existe la tendencia a
esperar y exigir que la señal de cambio provenga de arriba. ¿Es esto lo que
está sucediendo? ¿Nuestra institucionalidad logra ser el motor de una nueva
esperanza? Para que eso fuese posible, habría que modificar una serie de
patrones de funcionamiento que obstaculizan transformaciones más amplias.
Si miramos a lo que sucede en la práctica, vemos que se exige
mucho control y poca iniciativa, se desea mucha concordia y poco
cuestionamiento, se escucha mucho lo que viene de arriba y poco lo que viene de
abajo, se confía mucho en los cuadros y poco en el pueblo, se cree mucho en las
órdenes y poco en las motivaciones, se adoptan muchas medidas, se cumplen
muchos procedimientos, sin perder el sueño por las insuficientes
transformaciones. Y 4 por todo eso tenemos muchos dirigentes y pocos líderes,
muchos funcionarios y pocos revolucionarios.
¿Qué hacemos? ¿Dejamos que la catarsis sea el síntoma de que
nos hemos rendido? Sin la fuerza popular ni las mejores políticas se cumplirán
a cabalidad y tampoco llegarán las que faltan. El Estado necesita hoy más que
nunca de ese apoyo adicional y también de un sujeto que le pise los talones,
que le ponga presión y que tome la iniciativa, incluso para impedir sus
errores.
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