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agosto 01, 2024

Círculo de Lectura # 184 - Agosto de 2024

 Círculo de Lectura # 184 - Agosto de 2024

“En el 65 aniversario de la Casa de las Américas"

Por: Jorge Fornet

28/4/2024 -Tomadas de La Jiribilla

https://www.laiiribilla.cu/en-el-65-aniversario-de-la-casa-de-las-americas/

Se cumplen mañana 65 años de la fundación de la Casa de las Américas, cifra inimaginable para quienes llegaron aquí en 1959 y a la que hoy aludimos como si se tratara de lo más normal del mundo. Y aunque también nos parezca natural, no deja de resultar sorprendente que entre las primeras medidas tomadas por el Gobierno revolucionario, o mejor dicho, que entre las primeras medidas revolucionarias tomadas por el nuevo Gobierno, estuviera la creación de la Casa, precedida por la del ICAlC y la Imprenta Nacional. Todavía la Revolución no era plenamente la Revolución, todavía Urrutia era presidente de la República y no se había promulgado la Primera Ley de Reforma Agraria, y ya la cultura comenzaba a levantarse sobre nuevas bases. En lo que respecta a la Casa, además, hay una particularidad adicional. La fundación del ICAlC y de la Imprenta Nacional eran, por decirlo así, previsibles; de hecho, suponía la consumación de viejos anhelos, y ambos nacían como instrumentos para fomentar producciones concretas, ya fuera de películas o de libros destinados al nuevo público que apenas comenzaba a gestarse. La creación de la Casa, más abstracta en sus objetivos, implicaba un acto de imaginación mayor, remitía a nociones como integración, independencia, intercambio, comunidad, etcétera. Pronto se demostraría que tales abstracciones arrojarían resultados tangibles.

A la entrada de este edificio, al pie de la majestuosa escalera que nos conduce hasta aquí, se lee: “Esta es la Casa de Haydee Santamaría”. No estaba escrito en ninguna parte que el destino de aquella mujer excepcional, de escasos estudios formales y vinculada desde la primera hora a la lucha revolucionaria (hermanada con Fidel antes, incluso, de que fuera Fidel), pudiera estar asociado a cualquier idea de lo que sería este lugar. Eso que, en gran medida gracias a ella, estaba a punto de ocurrir en este sitio de misión incierta, nadie podía haberlo imaginado. Sin embargo, muy pronto se fue dibujando el perfil de la institución, al que la historia —o, más precisamente, la casi inmediata hostilidad de los gobiernos de la región— obligó a pasar a la ofensiva.

Lo cierto es que aunque el protagonismo de Haydee no ha sido disputado por nadie y que ella sigue ocupando el lugar preeminente que le corresponde, es justo reconocer que esta es también la Casa de Mariano, de Roberto, así como de los centenares y centenares de trabajadores que —en un arco que va de figuras como Ezequiel Martínez Estrada y Manuel Galich a los compañeros y compañeras de más modesta responsabilidad— han contribuido a hacer de ella lo que es.

Esta es además, como le gustaba repetir a la propia Haydee, la Casa de todos los intelectuales y amigos que, desde cualquier punto del planeta, han tomado parte de un modo u otro en este empeño, así como la de quienes durante décadas han recibido los mensajes de la institución o se mantienen al tanto de su quehacer. Muchísimo antes de que el universo digital nos permitiera multiplicar el número de destinatarios, ya las publicaciones y la voz de Cuba llegaban, gracias al trabajo de divulgación de la Casa, a miles de personas en noventa países de los cinco continentes, las cuales no conocían de nuestra Isla más que una dirección postal: Tercera y G, El Vedado.

Y desde luego, es también la Casa de quienes asisten a las actividades que aquí se realizan, así como de los estudiantes que han crecido entre las revistas y libros de nuestra biblioteca. (Por cierto, ahora mismo se exhibe en la Galería Latinoamericana, como parte de una peculiar exposición, el carnet de usuario de Roque Dalton). No deja de ser, incluso, la Casa de los turistas que cada día se toman fotos a la entrada, ante el nombre fundido en letras de bronce, simplemente para dar fe de que pasaron por este lugar legendario.

Haber consolidado un proyecto y un equipo capaz de llevarlo adelante, mucho más allá de su propia desaparición física, es uno de los tantos méritos de Haydee. Las vidas de quienes hoy hemos sido galardonados están atravesadas en mayor o menor medida por su presencia y su pasión. Entre nosotros hay quienes tuvieron el privilegio de trabajar durante años a su lado; otros pudieron conocerla y llevar adelante encargos que la involucraban. Sin embargo, la mayoría de los presentes, incluso entre los condecorados, nunca la vieron en persona. No importa: a unos y otras los une la fidelidad a eso que Mariano solía llamar el espíritu de la Casa, esa vocación propia de quienes trabajan aquí, debida no a un feliz azar, sino a un compromiso heredado de generación en generación.

Me permito la libertad y la osadía de hablar como parte de quienes reciben hoy las medallas Haydee Santamaría y Alejo Carpentier, y la Distinción por la Cultura Nacional, simplemente para expresar el agradecimiento de todas y todos, porque sé que estar hoy ante este Árbol de la vida que nos acompaña y simboliza desde hace medio siglo, es un orgullo compartido. Cuando la medalla que lleva el nombre de nuestra fundadora fue entregada por primera vez en 1989 (mañana se cumplirán exactamente 35 años), Mario Benedetti tuvo a su cargo las palabras de agradecimiento en representación de aquel grupo extraordinario. Años después evocaría a Haydee, al decir que ella “enriqueció mi vida cuando trabajábamos juntos”, y que “[e]n las conversaciones con que matizábamos el trabajo [...] habrían de madurar (al amparo de Martí, a quien ambos admirábamos) mis opiniones sobre el papel del escritor y el artista latinoamericanos ante su pueblo y ante sí mismos. Ella lo tenía bien claro, e irradiaba esa claridad”. Al influjo de esa misma claridad hemos crecido.

Aunque la Casa nació oficialmente el 28 de abril, su primera actividad pública — como es sabido— tuvo lugar poco más de dos meses después, el 4 de julio, con un concierto de dos músicos estadunidenses. Ese gesto parecería coherente con el espíritu panamericanista de las instituciones que habían coexistido hasta poco antes en este edificio y con el propio nombre de la recién nacida. Pero para entender el proceso que estaba teniendo lugar tanto en el país como dentro de estas paredes, ese hecho debe ser contrastado con lo ocurrido apenas veinte días después, cuando la Casa fue inundada por un nuevo y protagónico sujeto.

Un mes antes de que ello ocurriera, desde Caracas, Alejo Carpentier había publicado en su sección Letra y solfa, de El Nacional, un artículo en el que adelantaba: “pronto, 50 000 guajiros a caballo, con sus sombreros de guano, sus guayaberas, zapatos de vaqueta, mochilas y machetes, desfilarán —¡oh, manes del Cucalambé!— por las calles de esta jubilosa Habana de 1959, ciudad que no asistió a parecido espectáculo desde la entrada del chino Máximo Gómez, en los albores de la República”. Centenares de aquellos guajiros descritos por Carpentier pasaron por aquí. Una fotografía mucho menos célebre que El Quijote de la farola, de Korda, pero no menos evocadora, los muestra comiendo en esta misma sala; en otra, mezclada con ellos, aparece Haydee. No se entiende la tarea que la Casa estaba comenzando a asumir, si se pasa por alto que parte de su sentido fue integrarse de manera orgánica a la convulsión revolucionaria, y expandir el alcance de sus destinatarios.

Coincidiendo, por cierto, con la llegada de los guajiros a La Habana anunciada en sus palabras, Carpentier regresó definitivamente a Cuba justo a tiempo para ser testigo de la primera celebración popular del 26 de julio. De inmediato se involucró en la vida cultural del país y entre las primeras tareas que asumió estuvo su decisivo aporte en la concepción y organización de nuestro Premio Literario. Y fue tal la eficacia del concurso, que apenas un año después de iniciado, en el discurso que pronunciara en la Conferencia de Punta del Este en 1961, el Che lo mencionaría como prueba y ejemplo del modo en que Cuba propiciaba la “exaltación del patrimonio cultural de nuestra América Latina”. Desde entonces y hasta su muerte, Carpentier permanecería vinculado a la Casa. De manera que, para algunos de nosotros, recibir aquí la medalla que lleva su nombre entraña un inmenso honor.

Si bien la Casa de las Américas adquirió muy pronto vida y personalidad propias, ella expresó, en el plano de la cultura, preocupaciones y miradas afines al proyecto político de la Revolución cubana. Roberto Fernández Retamar resumió en cierta ocasión su logro mayor:

Si alguna cualidad positiva tiene la Casa que Haydee hizo, la Casa de las Américas, es la de ofrecerse como sitio de encuentro de dos líneas poderosas que atraviesan la gran nación aún despedazada que somos: la línea que reclama nuestra plena independencia y nuestra integración (es la línea de Bolívar, Sandino, Fidel o el Che), y la que, con pareja energía, anda en busca de nuestra expresión, para usar términos clásicos de Pedro Henríquez Ureña: una expresión que ya empezó a ser nuestra en viejas piezas y músicas, en el Inca Garcilaso, en Sor Juana, en el Aleijadinho. Allí donde ambas líneas se fusionan, arden obras mayores, a la cabeza de las cuales se encuentra la de José Martí.

Años antes, un crítico como Emir Rodríguez Monegal —a quien no es fácil acusar de simpatizante de la Revolución ni de la Casa—, reconocía el papel de ambas en el desarrollo del llamado boom de la narrativa latinoamericana: “A veces se olvida [...] que el triunfo de la Revolución Cubana es uno de los factores determinantes del boom”, expresaba, para añadir luego que las circunstancias políticas proyectaron al centro del ruedo internacional a la Isla y, con ella, a todo el continente. Además de afirmar que el gobierno cubano “asume una posición cultural decisiva y que tendrá incalculables beneficios para toda América Latina”, Monegal reconocía que la Casa de las Américas, “por algunos años se convertirá en el centro revolucionario de la cultura latinoamericana”, gracias a su revista, su Premio y sus libros.

Abro un pequeño paréntesis para recordar que desde sus inicios la Casa desbordó su misión cultural y nuestra área geográfica para volcarse, además, en compromisos políticos como el apoyo a Vietnam y a la descolonización de África en los años sesenta y setenta, o a Palestina ahora mismo. También ha sido notable su respaldo a causas humanitarias. Tenemos un temprano y curioso testimonio de esta solidaridad (cierto que un testimonio algo irritado), gracias a una carta del crítico Manuel Pedro González dirigida a Portuondo, entonces embajador en México. Escrita desde el Hotel Presidente, según presumo, está fechada el 26 de mayo de 1960, cuatro días después de que un devastador terremoto asolara Chile. Aunque la carta se extiende por varios párrafos, comienza así: “Querido José Antonio: // Dudo que pueda terminar estas líneas. A dos cuadras, en la Casa de las Américas, frente a mi ventana, han instalado un alto —altísimo— parlante demandando ayuda para las víctimas de Chile y es difícil concentrarse. Trataré de hacerlo”. Si bien no solemos asociar a la Casa con el bullicio urbano, del que más bien es víctima, la anécdota da fe de cierta temprana ruptura del orden cuando la ocasión lo ameritaba.

Pero volviendo a nuestro tema esencial, para que esta institución llegara a ser lo que es, contó desde sus inicios con la participación entusiasta y la colaboración generosa de escritores, artistas y, más adelante, de instituciones de esta y de otras regiones. Unos y otras contribuyeron de manera decisiva al alto grado de excelencia y la repercusión internacional de este dinámico centro, tanto como a cimentar un patrimonio artístico, documental, sonoro, bibliográfico y editorial de enorme valor. A tal punto la Casa ha desarrollado una intensa labor en el campo de la literatura, la música, el teatro y las artes plásticas, por la que es reconocida internacionalmente, que a veces se olvida que ha sido también un punto de referencia para el pensamiento latinoamericano y caribeño; e incluso el producido en sitios lejanos y en otras lenguas, como el que durante décadas encontró un centro irradiador, desde la Casa, en la revista Criterios, realizada por Desiderio Navarro. Y ha sido, al mismo tiempo, un puente y lugar de encuentro en el que se han tejido, a lo largo de estas décadas, importantes redes intelectuales y profundos afectos. El propio Benedetti, al volver de Cuba después de su primer viaje a la Isla en 1966, le escribió a Retamar una primera carta en la que confesaba: “ustedes tienen un modo muy particular de invadirle a uno el corazón y hacer que uno sienta, a los pocos días de haber llegado, la confianza y la alegría de una amistad sólidamente cimentada”; y añadía: “desde ahora todo ese mundo es también un poco el mío”.

Intentaré evitar, sin embargo, sucumbir a la embriaguez de la nostalgia, dado que es fácil en un caso como este echar mano a una historia y unos colaboradores excepcionales que justificarían por sí mismos la labor de la institución, cuando lo importante es ver un proceso, entender sus claves y evaluar su pertinencia en el mundo de hoy. Aun así, no puedo desentenderme del hecho de que por estas salas y pasillos han andado millares de los hombres y mujeres más notables de la literatura, las artes y la reflexión en la América Latina y el Caribe, y también de otros continentes, incluidos premios Nobel que todavía no lo eran como Asturias, Neruda, García Márquez, Soyinka, Cela, Darío Fo, Saramago y Vargas Llosa. De la relación con esos miles queda un aluvión de cartas que rebasan su enorme valor como manuscritos para dar fe de una época llena de pasión y de contradicciones. Por eso nos pareció involuntariamente gracioso que el año pasado, con motivo del centenario del escritor italiano Italo Calvino, alguien sugiriera colocar en algún lugar visible de este singular edificio una de esas placas en las que se lee: “Aquí estuvo...” o “Por aquí pasó.”, para señalar que la Casa fue uno de esos sitios importantes vinculados con el escritor. Aquella era una petición irrealizable porque antes hubiéramos tenido que tapizar las paredes del edificio, de arriba a abajo, con miles de placas similares.

Junto a ellos, por supuesto, también han recorrido estos espacios Martín Fierro y Blas Cubas, Doña Bárbara y Pedro Páramo, Ti Noel y Caliban, José Cemí y el Macho Camacho, Juanito Laguna y Ramona Montiel, Santa Juana de América y el Pagador de promesas, la Maga y Aureliano Buendía, Amanda y Manuel, Mafalda y Anansi, Beatriz Viterbo y Arturo Belano, así como tantísimos personajes más que nos siguen acompañando.

Otros visitantes han encontrado en la Casa un lugar de referencia a la hora de generar proyectos similares. En 1988 el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro llegó a Cuba como parte del propósito que lo llevó a otros países latinoamericanos: establecer o afianzar contactos y conseguir colecciones de arte popular, libros, discos y películas para el acervo del naciente Memorial de América Latina, que pronto se fundaría en Sao Paulo. En esa ocasión, acompañado de Eliseo Diego, visitó la Casa para formalizar la relación entre ella y el Memorial. La carta que le escribió a Retamar a su regreso a Río de Janeiro, no tiene desperdicio. Comienza con una humorada no muy adecuada a la sensibilidad de hoy, que alude a las muchas y eficientes mujeres que trabajaban en la Casa (a las que el pintor chileno Roberto Matta llamaba «las Casadas de las Américas»); no obstante la repetiré, porque está escrita desde el cariño, y porque varias de las aludidas se encuentran entre las galardonadas: “Fueron lindos mis días en Cuba. Les agradezco mucho a ti y a tu extraordinario equipo. ¿No quieres prestarme a tus muchachas? Con ellas aquí, el Memorial de América Latina podría incluso funcionar”.

El propio Matta había llegado a La Habana un cuarto de siglo antes, en febrero de 1963, invitado por la Casa. En aquel productivo viaje de varias semanas, realizó Cuba es la capital, el mural que desde entonces se encuentra a la entrada de este edificio. Al reseñar la visita, Edmundo Desnoes recordaría que cuando Matta llegó apenas habían transcurrido “cinco meses del bloqueo naval con el que Estados Unidos pretendió asfixiarnos”, lo que provocó escasez de materiales para los artistas, de modo que el pintor decidió emplear cal y “la propia tierra cubana” extraída del jardín. Contaría entonces Matta que Eusebio, el trabajador de la Casa que le llevaba los cubos llenos de tierra, le dijo que eso nunca se había visto en Cuba: “Sentí que yo [añadiría Matta] estaba abriendo una visión a otro hombre, quitándole prejuicios, mostrándole posibilidades”.

Por esas mismas fechas se encontraba entre nosotros, como jurado del Premio Literario, Julio Cortázar. Aquel viaje, confesaría después, cambió su vida y le permitió cobrar conciencia de su condición latinoamericana. En la única carta escrita desde La Habana esa vez, dirigida a su amigo Eduardo Jonquiéres y fechada el 22 de enero, le cuenta: “No te escribo largo porque la Casa de las Américas no me deja” por los compromisos y las “montañas de libros y revistas” que le entregaba. Promete hablarle más adelante sobre la Revolución, pero comenta el frenesí de los intelectuales cubanos “trabajando como locos, alfabetizando y dirigiendo teatro y saliendo al campo a conocer los problemas... Huelga decirte que me siento viejo, reseco, francés al lado de ellos”. Cortázar, que no tiene un pelo de ingenuo, añade: “no cierro los ojos a las contrapartidas, pero no son nada frente a la hermosura de este son entero de verdad”. Y da fe, entonces, del difícil momento que le correspondió ver: “Qué tipos, che, qué pueblo increíble. El bloqueo es mostruoso. No hay remedios, ni siquiera unas pastillas para la garganta. Se hacen prodigios para combinar el arroz con los boniatos y los boniatos con el arroz”.

Al recordar esos otros momentos escarpados, no puedo pasar por alto que vivimos tiempos particularmente difíciles, en los que no solo nos asedian carencias materiales de todo tipo y que el bloqueo (aquel mismo bloqueo) sigue en pie, sino también la fatiga propia de la batalla que se alarga. Por si fuera poco, el horizonte latinoamericano, para no hablar del mundial, vive días turbulentos. Es grato y es cómodo el trabajo de la Casa con el viento a favor, cuando —por ejemplo— la mayor parte de los gobiernos de la región sintonizan con la aspiración de la unidad, y se facilita el intercambio de ideas. En tiempos de crisis y de gobiernos que explícitamente intentan dinamitar la noción misma de unidad latinoamericana y caribeña, ese trabajo es más difícil pero también más necesario.

El ya citado Carpentier comentó que todo escritor y todo artista se ha preguntado alguna vez qué sentido tiene su trabajo creativo. En un mundo en el que existe tal cantidad de obras extraordinarias que no alcanza la vida de una persona para abarcarlas, ¿qué razón tiene perseverar en la tarea? Seguramente a buena parte de nosotros —en tanto representantes de una institución— nos ha asaltado una pregunta similar. Pero entonces se hace inevitable pensar que aún somos necesarios porque el arte y la literatura llevan en sí la curiosa paradoja de que nos sustraen del mundo para permitirnos entenderlo y entendernos mejor; porque el pensamiento puede angustiarnos a la vez que nos hace más libres, y porque la Casa debe seguir siendo una alternativa a lo que parece ser el sentido común de nuestro tiempo. Hay, a la vez, llamados de los que no podemos apartarnos, como el hecho —pongamos por caso— de que se cumplirá en diciembre el bicentenario de la batalla de Ayacucho, que selló la independencia hispanoamericana en territorio continental, y nos corresponde conmemorarlo, puesto que se trata de un hito (también cultural) en la larga historia que nos ha traído hasta aquí. Y en medio de la incertidumbre uno recuerda las ocasiones en que, por falta de recursos, en lugar de detener el trabajo, otros han echado mano a la tierra que nos rodea, tanto en el sentido concreto que supieron otorgarle Matta y Eusebio, como en el metafórico que le daban nuestros mambises al decir que también la tierra pelea.

Más de una vez he pensado que el principal defecto de la Casa de las Américas es quizá su mayor virtud: la ambición permanente, su irrefrenable vocación de ir siempre más allá y desbordar fronteras. No me refiero a esa recurrente inclinación a enlazar opuestos, como transitar sin tropiezos —para atenernos a un ilustrativo ejemplo de 1967— entre dos momentos excepcionales y diversos de la creación poética: de la celebración del Encuentro con Rubén Darío, homenaje a uno de los mayores poetas de la lengua, a la realización del Encuentro de la Canción Protesta, al cual debemos, por un lado, la imagen de la rosa y de la espina diseñada por Rotsgaard (quizás el más reproducido de los carteles culturales cubanos), y, por otro, el nacimiento pocos años más tarde del Movimiento de la Nueva Trova. Pero no me refiero a eso, repito, sino a algo más programático.

Ayer mismo clausuramos un Premio concebido originalmente para escritores hispanoamericanos en los géneros literarios tradicionales. Era fácil acomodarse a ello y sostener el interés de los concursantes sin arriesgar nada. Pero pronto la Casa quiso más: incluir a los autores de Brasil, adoptar el género testimonio (decisión que provocó estas palabras de Rodolfo Walsh: “creo un gran acierto de la Casa de las Américas haber incorporado el género testimonio al concurso anual. Es la primera legitimación de un medio de gran eficacia para la comunicación popular”), convocar la literatura para niños y jóvenes, asimilar a los autores caribeños no solo en las lenguas de las metrópolis sino también en los creoles de la región, aceptar como propios a los latinos residentes en los Estados Unidos, poner el foco en mujeres, negros, pueblos originarios. Y así sucesivamente, en una lógica que se repite en cada área de la Casa, en sus eventos y publicaciones. ¿Qué sentido tiene tanta locura? Pues esa locura forma parte de la capacidad de la Casa para fundar y reinventarse sin dejar de ser fiel a sí misma, y de su afán de redefinir y extender el concepto mismo de nuestra América, y de quienes hacen su cultura y su historia, más allá de los excluyentes límites que han pretendido imponérsele.

Hace exactamente treinta años, es decir, en 1994, se produjo en la Casa un inusitado recambio generacional. Por acuerdo colectivo, cuatro compañeras y un compañero que ocupaban cargos de dirección tuvieron la visión y la generosidad de dar un paso al lado y emprender nuevas tareas dentro de la Casa; cuatro de ellos, por cierto, están siendo distinguidos esta mañana. En su lugar, cinco jóvenes nacidos, y sobre todo nacidas, en los años sesenta, y que por lo tanto son más jóvenes que la Casa misma, pasaron a ocupar las direcciones de Artes Plásticas, Biblioteca, Administración, Prensa y el Centro de Investigaciones Literarias.

Esa apelación a los jóvenes no era nueva. Protagonista del entusiasmo generado por la Revolución, era lógico que la Casa lograra nuclear a la mayor parte de las figuras que, en los años sesenta, estaban realizando lo mejor de la cultura del momento. Un desafío mayor significaba mantener el contacto y la capacidad de convocatoria entre quienes entonces apenas comenzaban a dar sus primeros pasos en el ámbito cultural. Consecuencia de tal desafío fue la celebración del Encuentro de Jóvenes Artistas Latinoamericanos y del Caribe celebrado en 1983, que convocó a escritores, artistas y científicos sociales, y que, visto en perspectiva, fue el antecedente más obvio del espacio Casa Tomada.

Cinco años después de aquella renovación generacional, al pronunciar las palabras inaugurales del Premio Literario de 1999, Retamar formulaba preguntas que, naturalmente, iban mucho más allá de preocupaciones sobre el concurso mismo:

¿qué van a hacer los jóvenes con el Premio Casa de las Américas? ¿Quedará como está? ¿Desaparecerá, entendiéndose que su misión ha sido cumplida? ¿Encontrará maneras creadoras de seguir prestando servicios? [...] Hago estas preguntas en un momento de madurez de nuestro Premio y de nuestra Casa. Y, como he dicho, no anticipo contestaciones. Es más: quiero dejar las preguntas en el aire, con la certidumbre de que serán bien respondidas. Si hemos sabido ser los mismos y otros, si hemos vivido y sobrevivido a través de pruebas a menudo bien complejas, tropezando y volviendo a encontrar el paso, tenemos derecho a la confianza. Tenemos más: el derecho, y probablemente el deber, de volver a empezar.

Ha transcurrido un cuarto de siglo desde entonces. El hecho de que estemos hoy aquí significa que aquellas preguntas fueron bien respondidas y las preocupaciones encontraron adecuado cauce. Pero unas y otras se renuevan permanentemente, de manera que siguen en pie y toca a los jóvenes de hoy no olvidarlas. Como no debe olvidarse que la historia de la Casa puede ser contada como un relato de sucesos felices (más aún porque la ocasión celebratoria lo propicia), pero que también ha sido un campo de batalla erizado de pasiones y tensiones de todo tipo, donde estallaban polémicas y colisionaban puntos de vista, como inevitable corolario de su permanente toma de posición.

Premios, coloquios, exposiciones, conciertos, lecturas, debates, ediciones y espectáculos teatrales continúan con su perseverancia habitual. Escritores, artistas, pensadores y activistas de todos los sitios siguen viniendo a ella, habitándola y reconociéndola como propia. Son los hechos cotidianos que hacen de la Casa de las Américas lo que es. Mucho menos cotidiano y sí más excepcional es lo que está ocurriendo esta mañana. Deseo reiterar el agradecimiento de quienes hemos sido condecorados hoy. A todas y todos nos une el profundo vínculo con este sitio; el motivo que nos convoca permite reconocernos como miembros de la enorme familia de quienes, a partir de 1959, han sido tocados de un modo u otro por la Casa de las Américas, desde su inolvidable fundadora, hasta los hijos y nietos de aquellos guajiros que una vez, hace casi 65 años, inundaron esta sala.

Quiero concluir recordando que fue aquí mismo, en este sitio de la ciudad en que se erige el edificio que desde 1959 ocupa nuestra institución, donde se levantó la antena de 57 metros de altura que, a principios de 1905 y por primera vez en la historia de la humanidad, permitió realizar una conexión inalámbrica entre dos países, al enlazar a La Habana con Cayo Hueso, como preámbulo de sucesivas conexiones con estaciones de México, Puerto Rico y Panamá. Es difícil no sentirse tentado a leer el azaroso acontecimiento como una señal del destino porque la Casa de las Américas ha sido precisamente eso, una enorme antena para comunicarse con el mundo. Es un fortuito acto de justicia, entonces, que aquí donde nació una nueva forma universal de conectarse, creciera también una institución que hizo de ese propósito parte del sentido de su existencia.

*Palabras pronunciadas por Jorge Fornet con motivo del 65 aniversario de la Casa de las Américas. Sala Che Guevara, 27 de abril de 2024.

mayo 02, 2024

Círculo de Lectura # 181 - Mayo de 2024

Círculo de Lectura # 181 - Mayo de 2024

“José Martí y Nuestramérica”

Trabajo final de la Cátedra José Martí Participante:

Máximo Schneebeli, integrante del Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba Bariloche, Prov. de Río Negro, ARGENTINA Marzo de 2024

Parte I

José Martí Pérez

Un cubano de toda la América nuestra (1853-1895)

“El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber”.

“Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario”.

José Martí

Introducción

Quiero, en primer lugar, agradecer a los organizadores de La Cátedra José Martí por haberme permitido participar, y de esa manera ampliar y profundizar mis conocimientos acerca de José Martí, el Héroe Nacional Cubano, el Apóstol, el Maestro y el Prócer de América.

Para comprender mejor la personalidad y el pensamiento de José Martí se hace preciso tener en cuenta algunos aspectos de su vida y en el tiempo que le tocó vivir.

Nació en La Habana en el siglo XIX, el 28 de enero de 1853, y sus padres fueron Mariano Martí y Leonor Pérez, ambos naturales de España. Inicia sus estudios primarios en una escuelita de barrio, y allí conoce a Fermín Valdés Domínguez, quien fuera su mejor amigo desde la niñez.

“Tiene el leopardo un abrigo En su monte seco y pardo:

Yo tengo más que el leopardo Porque tengo un buen amigo”.

José Martí, (de los versos sencillos)

Es el autor de una vasta obra, como fuente imprescindible de inspiración, consulta y conocimientos para los cubanos y para la humanidad toda. Sus elevados principios y su vocación latinoamericana, internacionalista y antiimperialista lo sitúan como un intelectual de extensa cultura y el más grande pensador político hispanoamericano del siglo XIX.

Su accionar político comienza con sus jóvenes 15 años, hasta su paso a la eternidad con 42 años. Toda su obra escrita está publicada en 27 tomos. Podemos decir entonces que ha escrito, en promedio, un tomo por año.

Las dos fuentes que nutrieron a José Martí fueron el presbítero Félix Varela, defensor de la abolición de la esclavitud y también defensor de la independencia de Cuba, y el pedagogo y filósofo José de la Luz y Caballero, fundador además de la escuela cubana, cuyas enseñanzas le llegan al Apóstol de manera directa a través de su maestro Rafael María de Mendive, un destacado intelectual, literato, poeta y eminente educador de vasta cultura.

Las bases del pensamiento martiano están fundamentadas sobre tres pilares: la ética, el sentido de lo propio y lo autóctono, y su apego por las clases populares.

“Con los pobres de la tierra Quiero yo mi suerte echar El arroyo de la sierra Me complace más que el mar”.

José Martí, (de los versos sencillos)

A muy corta edad, en su adolescencia a los quince años, publica su primer artículo en las páginas del periódico juvenil El Diablo Cojuelo, donde deja de manifiesto su posición antiesclavista e independista, mencionando la frase “Yara o Madrid”, en alusión al inicio de la guerra por la independencia de Cuba de España, iniciada el 10 de octubre 1868 por Carlos Manuel de Céspedes en el Oriente cubano.

A lo largo del siglo XIX en Cuba se dieron diferentes corrientes que caracterizarían a las luchas políticas. Entre las más importantes se destacaron los reformistas, los anexionistas y los independentistas. Los reformistas planteaban mantenerse bajo el dominio español, donde Cuba sea una provincia de España tutelada por un gobernador español, pero aboliendo la esclavitud. Los anexionistas, que eran los más afines a las intenciones norteamericanas, pretendían que Cuba se integre como un estado más a los Estados Unidos, y conservando la esclavitud. Por último los independentistas, que propugnaban la eliminación total de la esclavitud y la independencia de Cuba con soberanía política y económica, y que luego fueron liderados por el hacendado Carlos Manuel de Céspedes quien liberó a sus propios esclavos y alzó en armas a los cubanos, considerado como el primer hecho fundacional de las Revoluciones de Liberación Nacional de Cuba.

También a los 15 años de edad José Martí publica el 23 de enero de 1869, en el primer y único número del periódico La Patria Libre que él mismo creara, su poema dramático “Abdala”, donde aborda la que sería una de las inquietudes y angustias permanentes a lo largo de toda su vida, que es el conflicto entre el amor a la madre y a la familia de origen, y el amor a la patria.

“El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca. ”

José Martí.

En el año 1870 José Martí, con tan solo 16 años de edad, fue condenado a seis años de privación de libertad con trabajo forzado, por el delito de infidencia y acusado de 'enemigo declarado de España'. Luego fue deportado a España, donde estudió Derecho, y Filosofía y Letras. Allí escribió su primer libro titulado “El presidio político en Cuba” donde relata sus experiencias como preso político en Cuba y lanza un apasionado e inteligente alegato en favor de la libertad de su pueblo.

“Dolor infinito, porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia, y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás”.

José Martí

Luego, en el año 1875 regresa nuevamente a su continente amado, radicándose en México. También vivió un tiempo en Guatemala para viajar posteriormente a los Estados Unidos, donde Martí estuvo durante quince años, la mayor parte de su vida: “Viví en el monstruo, y le conozco sus entrañas”.

El 26 de noviembre de 1891 pronuncia un discurso en Tampa, La Florida, Estados Unidos, entre los emigrados cubanos conocido como “Con todos, y para el bien de todos”, donde formula las concepciones básicas del Partido Revolucionario Cubano con la finalidad de trabajar en base a principios éticos y políticos para 'la creación de una República justa y abierta, que unifique el territorio, en el derecho, en el trabajo y en la cordialidad, levantada con todos y para bien de todos'. Decía el Apóstol que: “Es preferible el bien de muchos a la opulencia de pocos”.

En el marco de su concepción de la guerra necesaria, humanitaria y breve para contribuir con un rápido triunfo a la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico, funda entonces el 10 de abril de 1892 el Partido Revolucionario Cubano (PRC) bajo la concepción de partido único sin fines electorales, y también el periódico Patria como vocero del Partido, para difundir sus bases y sumar voluntades bajo una dirección política y militar unificada con la finalidad de vencer definitivamente al ejército español y fundar posteriormente la República de Cuba, soberana e independiente. Si bien la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes llevaba ya más de 24 años, era preciso tomarse el tiempo necesario para crear una eficiente organización política, dejando de lado las divisiones y el caudillismo. Nos decía el Maestro que: “En política, resistir vale tanto como arremeter”.

En marzo de 1895, junto al general Máximo Gómez firman en la República Dominicana el Manifiesto de Montecristi, titulado 'El Partido Revolucionario Cubano a Cuba', que es un documento político en el que se describen los objetivos y los propósitos del Partido Revolucionario Cubano, y un llamado a la nueva guerra breve y necesaria en contra del colonialismo español, en el que se convoca al combate a todos los elementos de la sociedad cubana.

En abril de 1895 el Apóstol se integra como combatiente en la guerra, y el 19 de mayo cae en combate en Dos Ríos, alcanzado por tres disparos en un inesperado encuentro con tropas realistas españolas.

El Héroe Nacional de la República de Cuba, José Martí, siempre tuvo una conciencia clara acerca de la muerte, no la temía y no la vio como algo terrible, sino como algo natural, y así lo reflejó en múltiples ocasiones en su colosal obra: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”. Al morir pasó a la eternidad para siempre, dejándonos su valiosísimo legado y siempre estará presente entre nosotros, como reza el Himno de Bayamo: “Morir por la Patria es vivir”.

“Yo quiero salir del mundo Por la puerta natural:

En un carro de hojas verdes A morir me han de llevar”.

“No me pongan en lo oscuro A morir como un traidor;

Yo soy bueno, y como bueno Moriré de cara al Sol!”

José Martí, (de los versos sencillos)

José Martí es un prócer cubano y latinoamericano con características muy particulares, ya que se trata de un hombre de un pensamiento independentista revolucionario para Cuba, y al mismo tiempo con un profundo sentido antiimperialista en general. A pesar de su rebeldía contra el gobierno colonial español, pero no contra el español honrado y bondadoso que vivía en la isla, mantuvo un marcado respeto y lealtad por la cultura española y por su idioma. El Apóstol entendió a la guerra contra el coloniaje español como una guerra necesaria, pero que debía ser breve para evitar un mayor e innecesario derramamiento de sangre. Otra característica que sobresale enormemente en él, es que además de ser un político con una visión muy amplia, era al mismo tiempo también escritor, poeta, periodista y revolucionario.

Con respecto al movimiento literario fue uno de los fundadores del Modernismo Hispanoamericano hacia los finales del siglo XIX. Sus ideales de emancipación no solo eran de carácter político, sino también de carácter cultural y ético con una proyección nacional, continental y universal.

El Apóstol nos ha dejado un enorme legado, una enorme cantidad de enseñanzas, de principios, valores y definiciones que por lo general se caracterizan por lo breves, sintéticas y de sólido y profundo contenido. Su gran vocación por la enseñanza lo sitúan junto a Simón Rodríguez entre los más grandes precursores de la pedagogía emancipadora hispano americana. La vida de Martí fue en sí misma, un acto pedagógico. Conceptos como: “Conocer es resolver”; “La intuición es un auxilio muchas veces poderoso, pero no es una vía científica e indudable para llegar al conocimiento"; “Crear en lugar de copiar”; “Hacer es la mejor manera de decir”, lo definen además en su propuesta de lucha por una educación emancipadora en el marco de la pedagogía de la independencia, de la indignación, del amor y de la justicia. Decía: “Enseñar, que es lo más bello y honroso del mundo”; “Educar es como un árbol: se siembra la semilla y se abre en muchas ramas”; “Educar es poner coraza a los males de la vida”; “Enseñar al niño, a la vez que el abecedario de las palabras, el abecedario de la naturaleza”, teniendo en cuenta que el conocimiento es el único bien que aumenta cuando se comparte. Los hijos y los nietos se parecen más a sus tiempos que a sus padres y abuelos, ya que nuestro transcurrir por la vida es un proceso en constante evolución y desarrollo del cual todos somos protagonistas, pero con la responsabilidad de transmitir lo mejor para ellos. En "Cartas de Martí", La Nación, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1886 dijo: "La enseñanza ¿quién no lo sabe? es ante todo una obra de infinito amor". Martí propone una postura anticlerical en la educación, pero respeta toda creencia religiosa y reitera: "Todo el mundo tiene derecho a su propia conciencia”. De su lección hemos de aprender todos los días para garantizar la República moral “con todos y para el bien de todos”, contribuir al “Equilibrio del mundo” y alcanzar el bien mayor del hombre, “La dignidad plena del hombre”.

La vocación de justicia del Héroe Nacional de Cuba, lo hizo convertirse desde muy temprano en un jurista justo, por realizar constantemente la justicia para lograr “la dignidad plena del ser humano”. Tengamos en cuenta que la verdadera justicia siempre es legítima, pero el Poder Judicial muchas veces suele convertirse en una estructura política corrupta a favor de los intereses de las clases dominantes. Entonces vale decir que el Apóstol es un jurista justo, atendiendo a que él es ante todo un hombre justo. Decía que: “Hacer justicia es hacérnosla”; “De la justicia no tienen nada que temer los pueblos, sino a los que se resisten a ejecutarla”; “Lo justo y lo necesario no se detienen jamás”; “La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la revolución”; “Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado”.

En su papel de periodista, escribió columnas en La Nación - de Argentina -, Opinión Nacional - de Venezuela; La América - en EEUU; y El Partido Liberal, de México. Su estricta honestidad intelectual era un complemento muchas veces “molesto” en su destacada escritura. Sus textos valían tanto por la forma como por el contenido, y las necesidades materiales que en ocasiones lo acusaban no mellaron la franqueza de sus artículos. En diversos ámbitos fue silenciado o excluido. En algunos casos, dada la valía de su pluma, el camino expeditivo era la censura parcial de sus trabajos. Nos decía José Martí: “Un hombre que no actúa como piensa, o que no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”.

“Yo soy un hombre sincero De donde crece la palma.

Y antes de morirme quiero Echar mis versos del alma”.

José Martí, (de los versos sencillos)

Su enorme curiosidad y el permanente interés de tomar conocimiento de todo lo posible, lo llevó a incursionar en los temas más diversos. En el siglo XIX se desarrollaron muchas de las tecnologías basadas en la electricidad, como por ejemplo la corriente eléctrica y la bombilla de la luz eléctrica. José Martí manifestó: “Años hace, la electricidad era fuerza rebelde, destructora y confusa. Hoy obedece al hombre, como caballo domado”; “La disposición de los objetos anuncia ya el hermoso desenvolvimiento y futura amplitud de la ciencia eléctrica”.

Entre sus obras más destacadas se pueden mencionar: “La edad de oro” y “Los versos sencillos”. La edad de oro es un libro de cuentos dedicado a los niños de América que aparece publicado en julio de 1889, y considerada la mejor literatura para niños escrita en español: “Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”. En él se refleja un proyecto con un fuerte basamento cultural de carácter emancipador, con el fin de preparar a los jóvenes para el ejercicio ciudadano cuando ellos sean mayores, considerando a la educación y la formación cultural como una inversión social a futuro. Nos decía el Maestro, el Prócer de América: “Ser culto es el único modo de ser libre”.

En octubre de 1891, en la ciudad de Nueva York, son publicados por primera vez los "Versos Sencillos" de José Martí con una enorme popularidad de ayer y para siempre, porque en esos versos inolvidables se plasman los más íntimos sentimientos del Apóstol de la Libertad.

“Cultivo una rosa blanca,

En julio como en enero,

Para el amigo sincero Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca El corazón con que vivo,

Cardo ni ortiga cultivo:

Cultivo la rosa blanca”.

José Martí, (de los versos sencillos)

“Patria” es un concepto emocional, es un sentimiento de identidad que está asociado a lo nacional y a lo cultural. No se puede defender algo que no amamos, que no apreciamos. Es por esto que debemos aprender a querer a nuestra Patria. Y la patria tiene símbolos como son la bandera, el escudo o el himno, del mismo modo como al amor se lo simboliza con la figura de un corazón. Nos decía el Maestro que: “El patriotismo es un deber santo, cuando se lucha por poner la patria en condición de que vivan en ella más felices los hombres”. Y refiriéndose a Cuba, en su discurso en conmemoración al alzamiento patriótico de Carlos Manuel de Céspedes frente al régimen colonial español, el 10 de octubre de 1889 manifestó que: “La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie”. Y en una visión más amplia, total, dijo que: “Patria es humanidad”, lo que lo convirtió en el más universal de los cubanos.

A un siglo del natalicio de José Martí se conformó en La Habana la Juventud del Centenario, que es un movimiento revolucionario de inspiración martiana, y el 28 de enero de 1953 realizaron la primera marcha de las antorchas como homenaje al Apóstol, desde las escalinatas de la Universidad de La Habana hasta La Fragua Martiana, lugar donde José Martí realizó trabajos forzados durante su presidio político. Y el 26 de julio de ese mismo año liderados por Fidel Castro, esa Juventud y Generación del Centenario tomaron por asalto el cuartel militar Moncada de Santiago de Cuba en respuesta al golpe de Estado militar perpetuado el año anterior por el dictador Fulgencio Batista. Ante el intento fallido de lograr el éxito esperado, los combatientes fueron encarcelados y enjuiciados. Fidel como abogado asume su propia defensa, pasando de ser acusado en acusador y precisamente en su alegato, de una oratoria magistral, al finalizar dice: «Condenadme, no importa, la historia me absolverá» inspirado en el pensamiento martiano: “Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército”. El alegato luego se convirtió en un texto conocido como La Historia me absolverá, un documento de carácter jurídico político. Y así se originó el Movimiento 26 de Julio que retomó una vez más las banderas revolucionarias y libertarias, ya iniciadas en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes, pero con profundas concepciones martianas, abrazando el triunfo de la Revolución victoriosa el 1ro de enero de 1959. Cuando le preguntaron a Fidel quién había sido el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada, él respondió que había sido José Martí.

Fidel Castro es el más grande de los discípulos de José Martí, ya que supo poner en práctica el pensamiento y las enseñanzas del Maestro consecuentemente a lo largo de sus noventa años de vida, y así fue como se logró el triunfo de la Revolución victoriosa y la consecuente resistencia y lucha del pueblo cubano durante 65 años frente al mayor enemigo que tienen los pueblos del mundo, que es el imperialismo norteamericano.

Decía Fidel que: «Podemos decirle a Martí que hoy más que nunca necesitamos de sus pensamientos, que hoy más que nunca necesitamos de sus ideas, que hoy más que nunca necesitamos de sus virtudes». No puede haber nada más valioso en nuestras vidas que poder contar con un referente político como es Fidel Castro y un referente filosófico como es José Martí. Es por eso que el que el PCC se denomina Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista.

Cuba nos ha enseñado la mejor definición de solidaridad basada en principios martianos: «Compartir lo que se tiene y no dar lo que te sobra» o «Repartir lo poco entre muchos, y no lo mucho entre pocos». Lo ponen en evidencia sus múltiples misiones internacionales de salud, los más de diez millones de alfabetizados en todo el mundo por método cubano “Yo, sí puedo”, el desarrollo de las vacunas cubanas contra el Covid-19, la Soberana y la Abdala donde Venezuela y Vietnam han sido uno de los primeros beneficiarios, la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) de La Habana que ha graduado a más de 29 mil jóvenes de 90 países. El Apóstol de América nos decía: “Buscamos la solidaridad no como un fin, sino como un medio, encaminado a lograr que nuestra América cumpla su misión universal. ”

El “Destino Manifiesto” es una doctrina que expresa la creencia de que Estados Unidos de América está destinado por la Autoridad Divina a expandirse hacia los territorios no conquistados de Norteamérica.

John Quincy Adams, diplomático y político estadounidense, formuló el 28 de abril de 1823 la “Teoría de la Fruta Madura” donde manifestó que hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer al suelo, así Cuba una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, será incapaz de sostenerse por sí sola, y tendrá que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana.

La “Doctrina Monroe”, que es la ‘doctrina del patio trasero’, sintetizada en la frase «América para los americanos», que también fuera elaborada por el entonces secretario de Estado John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe el 2 de Diciembre de 1823, establecía que cualquier intervención de los europeos en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de Estados Unidos, ya que consideraban a América Latina como parte de su propio territorio.

Y así fue como luego se inició la guerra contra México en 1846-48, anexándose a Estados Unidos más de la mitad de su territorio. Y en el año 1903 se produjo la separación territorial entre Panamá y Colombia, que también fue una estrategia política del gobierno de los Estados Unidos con el apoyo de la oligarquía local, para la construcción del canal que buscaba la conexión de los océanos Atlántico y Pacífico, y poder de ésta manera usufructuar de sus beneficios económicos y comerciales.

En una carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, el Apóstol le escribe: "...impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso."

Durante la segunda guerra mundial los Estados Unidos han logrado atesorar más del 80% del oro del mundo. Así fue como en el año 1944, mediante el acuerdo de Bretton Woods se creó el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional estableciéndose además el uso del dólar, con respaldo en oro físico, como moneda para la transacción comercial mundial. Luego, para financiar la guerra de Vietnam, enviaron al exterior miles de millones de dólares perdiendo una importante cantidad de sus reservas en oro y así fue como en el año 1971, bajo la administración de Nixon, el patrón oro fue suprimido, quitándole el respaldo al billete, con lo cual la ilimitada impresión de dólares se convirtió en la más grande estafa de la humanidad, ya que a partir de aquel momento el billete dólar tan solo pasó a ser un símbolo de la riqueza, como si fuera el dibujo de una manzana en lugar de la manzana misma. Y esos son los dólares que presta o “alquila” el FMI al precio de sus intereses, sometiendo así políticamente a los países endeudados. José Martí nos decía que: “El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político. ”Transcurridas dos décadas del siglo XXI, vemos como el imperio de los Estados Unidos ha gestado grandes corporaciones empresarias, que haciendo uso de las modernas tecnologías de la informática, la comunicación y la inteligencia artificial, apropiándose además de los grandes medios y las redes sociales, le han declarado una guerra cognitiva a la población, ejerciendo de esta manera el poder real sobre las políticas tanto locales como internacionales. La saturación de nuestras mentes haciendo uso de la dictadura del algoritmo, con un exceso de información y sin permitirnos el tiempo necesario para procesar tantos datos, además de falsas noticias acompañadas por el negacionismo, han provocado una alienación mental programada, una manipulación de nuestras conciencias, afectado la soberanía del pensamiento e invadiendo y colonizando nuestras mentes en una flagrante violación intelectual.

Toda la inmensa obra de José Martí está basada en su valentía, su inteligencia y su capacidad de pensamiento. Nos decía el Maestro:

De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace, ganémosla a pensamiento”; “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.

abril 11, 2024

Cine Cubano en el Sindicato de Trabajadores Judiciales

 COMUNICADO DE PRENSA

En el marco del ciclo de Cine Cubano y Videos Debate, el Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba invita a la proyección del documental:

“La dictadura del algoritmo”

Documental que analiza el impacto de las redes sociales en Cuba, desde su funcionamiento y efecto psicológico en los usuarios, hasta exponer su uso como herramienta principal en la guerra de cuarta generación que desarrolla el gobierno de los Estados Unidos para lograr una influencia política sobre la sociedad cubana.

Dirección: Javier Gómez Sánchez Duración: 52 min.

Las y los esperamos este viernes 12 de abril a las 20 hs. en el Sindicato de Trabajadores Judiciales, en calle Albarracín 1135 (casi esquina Ruiz Moreno).

Con entrada libre y gratuita.

Invita el Grupo Bariloche de Solidaridad con Cuba.


enero 09, 2024

Círculo de Lectura # 178 – Febrero de 2024

 Círculo de Lectura # 178  –  Febrero de 2024

“Hart, una Cuba cubana para siempre”

Por: Eloísa Carrera

 14 junio 2023 – Tomado de Cubadebate

http://www.cubadebate.cu/opinion/2023/06/14/hart-una-cuba-cubana-para-siempre/

El 26 de noviembre del 2017, el Dr. Armando Hart Dávalos, partió a la inmortalidad, pero ha regresado en cada uno de sus textos ante el llamado de la Martiana Revolución de Fidel, para como siempre hizo, responder entre los primeros; la publicación de esta columna de Cubadebate es una muestra de ello.

 Hart es una figura central para ver y entender la Revolución Cubana, no es una figura secundaria, “porque a través de él se mueve una corriente de pensamiento que lo emparenta con la forma más abierta, creadora, menos dogmática, más crítica y culta, así como más martiana y cubana de enfocar nuestra propia Revolución; por eso sus relaciones con el Che y Fidel, por eso su profundo conocimiento del legado martiano”.

 En las páginas escritas por el Dr. Hart, florece esa decisiva arista temática que prevalece en la obra que nos legó, de la que emerge su noción y discernimiento de una Cuba cubana, desde una perspectiva antimperialista, en cuya base y trasfondo se encuentra la esencia puramente martiana y fidelista de sus ideas y pensamientos. No olvidemos que para un hombre como él, el hilo central que caracterizó a la cultura cubana y, especialmente, a la cultura política cubana, desde su surgimiento en las postrimerías del siglo XVIII hasta hoy, es su acercamiento a una cultura política militante, de vocación latinoamericana y universal, en la que, por razones obvias, no se produjo ningún antagonismo entre lo político y lo cultural.

 Desde luego que, el Dr. Hart fue un protagonista directo de los principales sucesos revolucionarios e históricos acontecidos en el país en los últimos 70 años, lo que incluye el hecho de haber sido un destacado combatiente clandestino a lo largo de toda la lucha insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista, a partir del momento mismo del golpe de Estado el 10 de marzo de 1952. Con posterioridad al triunfo de enero, junto a Fidel dirigió la mítica Campaña de Alfabetización, creó el Ministerio de Cultura y el Programa Nacional Martiano.

 Se refugió toda la vida en el mundo de las concepciones, porque, como él decía, cuando se siente pasión por una causa, por un valor abstracto como es la Justicia, todo hombre honrado debe darse a él y es honor al que no se renuncia y deber ante el que no se debe claudicar. Cuando advertimos el entorno donde creció y se educó, encontramos los componentes que contribuyeron a su martiana formación. No olvidemos que cuando recordaba a su madre, su primera asociación era el pleno rigor y la exigencia, mezclados con el amor, la bondad y la justicia, sentimientos con los que también relacionaba a su padre, además del estricto cumplimiento de la Ley. Siempre les agradeció infinitamente la educación brindada, la cual empezó con la prédica de su intachable ejemplo. De sus padres conservó siempre vivencias entrañables, de ellos aprendió los estrechos vínculos entre el derecho y la moral, principios que sustentaron la educación que Marina y Enrique brindaron a sus hijos; por ello recordaba que, en su hogar, cuando querían distinguir a alguien por sus cualidades, decían, esa es una persona decente y honesta.

 Ese es un detalle clave para entender a esta familia, el origen de sus ideas y actuación en la vida, porque como bien él afirmó: “si entendí la Revolución Cubana, el socialismo y tomé partido por las causas justas, fue porque he aspirado siempre a ser una persona decente y honesta”.

 Soñaba que debía trabajar para transformar la realidad a partir de la ética y la justicia. Eligió la carrera de Derecho porque pensaba que de esa forma podría encauzar sus ingentes inquietudes políticas y su vocación de lucha por la justicia y la moral. Deseaba ejercer una Cátedra como profesor universitario de Derecho Constitucional, lo que no llegó a realizar porque pasó directamente a servir a la patria, en la primera línea de la lucha insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista.

 Cuando se conoce su trayectoria ideológica y política, resulta muy elocuente su afirmación: “Mi integración al Movimiento 26 de Julio fue el resultado de un proceso natural. El Programa del Moncada materializó el sentimiento ético que estaba profundamente arraigado en la martiana tradición patriótica cubana”. Desde los inicios la lucha tuvo para él un contenido profundamente ético,  al punto que llegó a afirmar: “Para mí todo empezó como una cuestión de carácter moral”. Esa frase demuestra el enorme peso que tuvo la ética en la formación de su carácter y a lo largo de toda su vida. Para él, el tema de la Ética es el tema central de la política.

 Con una tenaz insistencia recordaba la identidad de la lucha por el bien y la justicia social y en ese sentido afirmaba que la humanidad en su conjunto está necesitada de una reflexión educativa y cultural profunda, sugiriendo la imprescindible urgencia del conocimiento del pensamiento martiano para poder contribuir a la salvaguarda de nuestra supervivencia. Subrayaba que ante la quiebra de los valores culturales, éticos y jurídicos de la civilización, es necesaria la ciencia, la ética y también la utopía, en un mundo en el que las instituciones educacionales tienen que empeñarse en reafirmar los valores espirituales, jurídicos y los paradigmas éticos que demanda la Humanidad, para lograr salvarse de un desastre de proporciones incalculables.

 El electivismo filosófico cubano en la fuente de sus ideas

 Para comprender el contenido y alcance de la Martiana Revolución de Fidel, a la que él entrego su vida, es imprescindible ir a los orígenes del pensamiento filosófico, político y pedagógico de más de dos siglos de historia que, desde el padre Caballero, Varela, Luz y luego Martí, han conducido a las ideas que hicieron síntesis en el carácter singular de este proceso.

 A mediados del siglo XX, el pensar y el hacer de la Generación del Centenario, surgió de la práctica política, inspirada en el electivismo filosófico cubano, fundamentado en el cuerpo de ideas y pensamientos de los principales representantes de la tradición electiva, de su contenido profundamente antidogmático y científico, ético, patriótico, nacionalista, independentista, liberador, democrático-popular, autóctono y creativo, de pura inspiración cubana. En ese sentido el Dr. Hart afirmaba que para él, el propósito de “elegir” estaba orientado a hacer prevalecer la integralidad de la cultura para orientar el camino hacia la práctica de la justicia; asimilando lo mejor del pensamiento universal, para conformar un paradigma propio, diferente y creativo, que fuera capaz de encontrar respuestas propias a nuestras necesidades y urgencias como nación y país.

 Como sus ilustres Maestros, estimaba que las ideas no se debían cerrar en un sistema filosófico concreto, por eso ratificó que en su credo lo más importante era no adscribirse a ninguna Escuela o Sistema determinado, sino seguir aquel agudo aforismo: “todos los Sistemas y ningún Sistema, ¡He ahí el Sistema!”. De igual modo, consideró como aspecto central de su concepción filosófica, la práctica de educar y mejorar al hombre mediante la acción social y política, orientada hacia la transformación ético moral por medio de la Educación, la Ciencia y la Cultura, con el objetivo de prepararlo para la vida y ponerlo en consonancia con las necesidades de su pueblo. Por eso subrayó, si el método electivo en la búsqueda del conocimiento y los caminos de la acción los relacionamos con el principio del Maestro Luz y Caballero “la justicia es el sol del mundo moral” y con el propósito del Apóstol, de echar su suerte “con los pobres de la tierra” y sus ideas en relación con el “equilibrio del mundo”, tendremos un núcleo central del pensar filosófico cubano de incalculable valor para fundamentar el quehacer pedagógico y la política culta en defensa de nuestro pueblo. Por eso pudo decir: “Caballero nos enseñó a pensar, Varela nos enseñó el camino; Luz nos enseñó a estudiar y conocer y Martí, con su inmensa sabiduría, descubrió los secretos del hacer y, por tanto Martí nos enseñó a actuar y Fidel a vencer”. Debo recordar que para Hart, justamente es Fidel,  el guía insuperable y el principal heredero, discípulo y continuador del Apóstol cubano y de todo lo que representa.

 José Martí, centro de su paradigma

 En la Historia cubana contamos con el paradigma martiano, en el que se destaca la importancia de la Educación y la Cultura, en la transformación revolucionaria y moral de la sociedad, recordemos aquellos planteamientos centrales del Apóstol cubano: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre”; “no hay mejor Sistema de Educación que aquel que prepara al niño a aprender por sí”, “se debe enseñar conversando, como Sócrates de aldea en aldea, de campo en campo, de casa en casa”.Y es que Martí da continuidad a esa línea de pensamiento independentista, anticolonialista y soberano, que nace de las entrañas más profundas de nuestra América, de los grandes próceres y pensadores cubanos y latinoamericanos. De la cual la Generación del Centenario es también heredera, discípula y continuadora, porque esa Generación hunde sus raíces en esa noble y fecunda historia.

 Esa corriente tiene entre sus principales planteamientos, su acendrado espíritu antiimperialista, su denuncia y enfrentamiento al capitalismo y al imperialismo en el terreno económico y cultural; la defensa de la soberanía, la independencia nacional y la identidad cultural de nuestros pueblos, así como la unidad latinoamericana. Para Hart, precisamente, esa tradición del pensamiento radical latinoamericano, responde a lo que él denominó: una Cultura de Liberación. Ese concepto, también fue llamado por él: Cultura de Hacer política, Cultura de Baraguá o Cultura de Liberación Nacional, Social y de Resistencia. En definitiva se trata de la Cultura patriótica, que viene de la tradición que se gestó en el proceso de independencia nacional, latinoamericanista y antiimperialista, de vocación universal que tuvo lugar en nuestra Patria desde el siglo XIX, en cuyas raíces está la tradición del pensamiento radical latinoamericano y fue forjada en el combate por la transformación del mundo en favor de la justicia y ha estado volcada hacia la acción. En ella se articulan los conceptos ética, política y cultura y las aspiraciones humanistas a favor de la justicia para los pobres y los explotados.

 En la Cultura de Liberación, lo primero y esencial es la decisión de luchar por conquistar la liberación humana, el amor a la libertad y la independencia nacional. Asimismo, forman parte de esa noción la idea de la rebeldía, la disciplina, el sentimiento de eticidad que constituyen elementos que definitorios de una cubanía consecuente, como expresión de la acción política. Se trata en fin, de una Cultura que tiene entre sus atributos fundamentales, la opción ética que está en la “médula y el corazón de la Cultura Cubana y Latinoamericana, que para Armando es la Cultura de esencia e inspiración martiana”.

 Estas ideas se tornan imprescindibles en el mundo de hoy y vienen a tener en José Martí a su guía y máximo inspirador, porque de él parte toda una línea de pensamiento que llega al siglo XX, la cual está integrada por una numerosa nómina de hombres enteros, herederos directos del paradigma martiano, que podemos simbolizar en los inolvidables Comandantes Hugo Chávez y Fidel Castro.

 Tras el triunfo de enero, con solo 28 años de edad, le tocó ocupar la cartera de Ministro de Educación del Primer Gabinete del Gobierno Revolucionario y desde esa misión continuó con lealtad martiana la obra de Fidel; contribuyendo con modestia a la realización de objetivos que tuvieron como principios aquella certera definición del Comandante, cuando dijo: “No le decimos al pueblo, cree, le decimos, lee”. Recordemos que desde entonces, el joven Ministro colocó como lema central de la educación cubana el principio martiano, ya citado en este texto, Ser cultos es el único modo de ser libres.

 Al igual que Martí, diferenciaba la instrucción de la educación, considerando el valor y el peso que tiene en la formación del pensamiento y los sentimientos. También para él, la educación es el pilar central del enriquecimiento y la superación del ser humano; proceso en el cual se adquiere el conocimiento que le permitirá asegurar su mejoramiento permanente.

 Su ideario educativo quedó plasmado en su histórico “Mensaje Educacional al pueblo de Cuba”. Documento crucial, en el que por su contenido y carácter, está implícita una Filosofía de la Educación, en la que se definen los principios de la Nueva Política Educacional, la proyección de la Reforma General de la enseñanza e incluso contiene de forma explícita, los ideales en los que se asentó la revolución educacional a partir de 1959.

 Para entender la magnitud de la presencia martiana en sus concepciones educativas, hay que empezar por recordar el cardinal tema martiano de la utilidad de la virtud, que trae en esencia el tema de la ética. Asimismo, la ética martiana presente en el ideario educativo de Hart, establece una relación íntima entre la inteligencia, la bondad y la felicidad, porque para él, igual que para el Apóstol cubano, no hay felicidad mayor que la de hacer un bien a los demás; del mismo modo que para Martí, Hart asegura que la maldad conduce inevitablemente a la infelicidad, recordemos que tanto en La Edad de Oro como en otros textos y documentos martianos se tiende a establecer ese vínculo moral.

 Hart, de igual modo, tomó de las ideas martianas el hecho de que en la práctica política tiene que haber principios y fines de carácter ético―moral. Esto es posible porque la definición martiana de la ética viene dada por el postulado lucista, de que la Justicia es el sol del mundo moral y, obviamente, el fin de la práctica política martiana es la justicia. En Martí defender la justicia como objetivo esencial de la política se vincula también con los más altos principios del derecho.

 La Cultura de hacer política, es otro aspecto decisivo que los une, porque como Martí, Hart subraya que se debe saber diferenciar y, a su vez, relacionar de un lado la ideología entendida como producción de ideas o como ciencia del estudio de las ideas y de otro, la práctica política concreta, porque la primera, inspira y orienta a la segunda, pero no es ella. La segunda promueve y desarrolla materialmente la acción política hacia los fines y objetivos que se propone. La confusión en diferenciar ambos conceptos ─dice Hart─ puede conducir al dogmatismo y, al mismo tiempo, no relacionar adecuadamente estas concepciones puede llevar a la dispersión y a la anarquía. En el equilibrio entre las formas de hacer política y los objetivos que se propone, está la esencia del pensamiento martiano en el que Hart se inspiró. También afirmó que debemos entender la práctica política, como las acciones que se producen para lograr alcanzar los objetivos de la movilización de las personas a favor de tal o cual fin o aspiración.

 Cada día que pasa la figura del Apóstol se agiganta y su pensamiento adquiere una dimensión más universal, porque cada vez es más necesario su legado para las presentes y venideras generaciones, para que triunfen definitivamente entre nosotros el mejoramiento humano, la utilidad de la virtud y el equilibrio del mundo.

 En Crónicas… seguimos la huella de su martiana y fidelista impronta

 Crónicas… es un macroproyecto sociocultural que tiene la misión de conservar, para investigar, estudiar y promover, por distintas vías y medios, el pensamiento, la historia y la cultura cubanas desde la cosmovisión del Dr. Hart, a partir de su Fondo Personal de Archivo; el que viene a ser el sistema nervioso central de Crónicas… Por lo que Crónicas… es, un Fondo de Archivo y Documentación y a su vez es, un espacio de investigación, desarrollo y promoción sociocultural, que presta un servicio a Cuba y al mundo desde la comunidad en la que se encuentra.

 La humanidad atraviesa la crisis más aguda por la que ha pasado la llamada cultura occidental en toda su historia; bien conocemos que en este tiempo lo que se ha globalizado en el mundo es el materialismo vulgar y ramplón, al que se ha sumado la plena inseguridad, incertidumbre y el desajuste por la covid-19. Como consecuencia han quebrado los principios éticos, políticos, jurídicos y las ideas filosóficas que tras larga evolución sirvieron de fundamento al propio sistema capitalista.

 En esta situación ha emergido un nuevo tipo de lumpen de origen cubano, desclasado y amoral; para el que es natural la descarnada grosería, la obscenidad, la chabacanería, la indecencia, la vulgaridad, la liviandad, la mentira, capaz de cualquier bajeza, con una narrativa canallesca y soez, que representan lo peor del vale todo. Esos son hoy nuestros adversarios y enemigos y justamente para enfrentar esta Guerra cultural y el combate contra la ignorancia, estamos obligados a blindarnos de ideas y cultura, a armarnos de la razón, la verdad y la ética y para ello la brújula que nos ofrece el pensamiento, la vida y la obra de Armando, es de gran valor, provecho y utilidad. Se deberá tener en cuenta que la cultura y la ética son hoy más necesarias que nunca antes y son la bandera esencial en la salvaguarda de nuestros pueblos, tal como nos lo confirma el Dr. Hart en la totalidad de sus textos.

 

Cuando el caos y la inmoralidad, reinan por doquier; con nuestras labores en Crónicas…, nos empeñamos en contribuir con el bastión antimperialista que es Cuba, nuestra amada patria y para ello se requiere de una reflexión liberadora de la conciencia humana que nos permita ser más eficaces en el cumplimiento de nuestros objetivos y principios. Y en esa batalla en Crónicas… seguimos fieles a la idea que se convirtió en una obsesión para Hart desde principios de los años noventa, porque él estaba seguro de que se trataba de una propuesta que mucho contribuiría al país en aquellas difíciles circunstancias. Recordemos que, aquellos fueron los años del derrumbe del socialismo en Europa Oriental y la URSS y el comienzo del embarazoso Período Especial; circunstancias en las que se intensificó la necesidad de defender el original pensamiento de la Revolución Cubana. De igual modo, ya se veía con claridad, el veleidoso dominio sobre los poderosos medios de comunicación, el desarrollo de las tecnologías cada vez más sofisticadas operando con una profunda distorsión y disociación en toda la gigantesca superestructura del mundo contemporáneo; la manipulación de la subjetividad en favor de la enajenación de los individuos y la atomización de las colectividades al punto de haber perdido por completo hasta el más mínimo resorte ético.

 No puedo olvidar que, a la tensa situación ya descrita, se incorporaron los infaustos resultados de las elecciones legislativas que tuvieron lugar en Estados Unidos en el propio año 1994. Porque ese fue el momento en el que los republicanos tomaron el control de ambas cámaras del Congreso en Washington y ello propició que se incrementara el poder de los grupos anticubanos de extrema derecha, en su afán de aumentar las presiones y sanciones de todo tipo contra nuestro país. Y por eso a partir de febrero de 1995, se interpuso el proyecto de la ignominiosa Ley Helms-Burton, con la cual creció de manera ostensible la hostilidad anticubana. Con posterioridad y basado en ese engendro, cada una de las administraciones norteamericanas, han venido atacando al pueblo cubano de forma creciente, abyecta, indigna y despreciable. No podemos olvidar que cada segundo que transcurre crece la agresión de los reaccionarios de extrema derecha contra nuestro pueblo y gobierno, ello hace que se multiplique la vergüenza de los cubanos dignos por defender la patria, al precio de nuestras propias vidas, si fuera necesario.

 Desde la superpotencia imperial se lleva a cabo una política guerrerista e intervencionista que pone en peligro la existencia no solo de la humanidad sino de todas las especies. Y en los textos de Hart se insiste en que en esta batalla a favor de la vida y de la paz, solo se ganará con las ideas y la cultura y que nuestra región latinoamericana y caribeña con su tradición intelectual puede y debe hacer una contribución esencial al propósito de salvar a la humanidad, porque es la región del orbe que posee los elementos de cultura necesarios para ello.

 De igual modo, nos recordó siempre que tenemos por delante el reto permanente de aprender del pasado, porque allí está la historia de nuestra cultura y, con ella la de nuestra nacionalidad. Estudiar el pasado es una forma de comprender el presente y también una manera de proyectar el futuro. Desde esa perspectiva le abrió paso a la investigación histórica de la cultura y a la práctica científica que se deberá llevar a cabo en esa área del conocimiento humano.

 La Cultura de Emancipación Liberadora que nos propone Hart, siguiendo la huella de martí y de Fidel, es una forma de encontrar el camino y la vía que de paso a un pensamiento revolucionario y de acción política que en la actualidad nos pueda asegurar la posibilidad de enfrentar la encrucijada colosal en la que nos encontramos, tal y como muestran los combativos textos del Dr. Hart; no olvidemos que para él, los sueños de principios del siglo XIX, de Varela, de Martí, de todo nuestro pueblo, bajo la guía insuperable de Fidel, se harán realidad y seguirán adelante si nos inspiramos en estas ideas.

 Entre Fidel y Hart se dieron hermosas coincidencias, porque ambos sintieron la Política como su mayor motivación. Con enorme placer recordaba que su vida  estaba dividida en dos etapas fundamentales: antes y después de conocer a Fidel. De quien siempre afirmó, “ese es el hombre que lleva en su conciencia toda la ética y la sabiduría política que faltó en el siglo XX y aun en el XXI.”

 Por lo que la obra que llevamos adelante en Crónicas… tal y como él deseó siempre, es también una contribución al análisis que estamos urgidos en el contradictorio momento presente. No olvidemos aquella afirmación suya, que en tantas oportunidades reiteró: “el hilo central que caracterizó la cultura cubana y, especialmente, la cultura política cubana desde su surgimiento en las postrimerías del siglo XVIII y hasta hoy, es su acercamiento  a una cultura política militante de vocación latinoamericana y universal, en la que, por razones obvias, no se produjo antagonismo entre lo político y lo cultural”. De manera que, el pensamiento de Hart, en toda su obra, se enfrenta a la nueva mentalidad plattista sin Enmienda, que en su opinión, es la misma de siempre, por su rancia esencia injerencista y neocolonialista.

 En cada una de sus páginas, Hart nos sitúa en el bando de los que aman y construyen con la verdad, en la guerra de pensamiento que se nos hace y en la que se juega a la desmemoria de las más jóvenes generaciones de cubanos que no vivieron y aún desconocen determinadas etapas de la Revolución.

 Hart fue un ser que amanecía y terminaba el día lleno de proyectos, no conoció el tedio, la monotonía o la rutina jamás, porque era creativo, tenaz, perseverante y esforzado, inquieto e hiperquinético. Practicó en su actuar diario, la filosofía de la ética y el optimismo revolucionario unido a su vocación de servicio a la patria y a la Revolución, lo cual significaba estar allí donde hacía más falta, en el momento oportuno para desbrozar del arribismo y la mediocridad el camino a la luz. Aparecían entonces su ternura, paciencia, mirada profunda y reflexiva, siempre dispuestas al diálogo de lo esencial y a la exposición de la verdad. Pero por encima de todas esas cosas él fue un hombre bueno, fue un ser bondadoso en la profundidad total de esta cálida y tierna palabra. Su vida estuvo bordada de sencillez, humildad y modestia, al punto que jamás reparó en el hecho de que, como dijera el poeta Miguel Barnet, su nombre ya estaba no solo en los museos, sino también en la leyenda.

 Vivió convencido que gracias a nuestra cultura el pueblo cubano sabrá vencer cualquier dificultad que se presente por gigantesca que esta sea, tal y como supieron hacer los hombres de Baraguá ante las dificultades que tuvieron entonces; con su obra Hart nos invita a sumarnos a la ofensiva de su propuesta cubana, fidelista y martiana, latinoamericana y antiplattista, para que no solo defendamos, sino que desarrollemos una Cuba cubana para siempre.♦